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Cincuenta Sombras De Grey

Электронная книга - «Cincuenta Sombras De Grey». Краткое содержание книги:

Cuando la estudiante de literatura Anastasia Steele acude para hacerle una entrevista al joven y exitoso empresario Christian Grey para el periódico universitario en el que colabora, se encuentra con un hombre que le resulta atractivo, enigmático y tremendamente intimidante. Completamente convencida de que su encuentro ha sido todo un fracaso, intenta olvidarse de Grey… hasta que a él se le ocurre aparecer por la tienda de informática en la que Ana trabaja a tiempo parcial.
La idealista e inocente Ana se queda asombrada cuando se da cuenta de que desea con todas sus fuerzas a ese hombre, y el que él la advierta de que se mantenga alejada sólo hace que su desesperación por estar con él aumente.
Incapaz de resistirse a la inteligencia y serena belleza de Ana y a su espíritu independiente, Grey termina por admitir que también la desea… pero con sus propias condiciones.
Consternada, aunque excitada, por las preferencias sexuales de Grey, Ana duda sobre si entablar con él una relación o no. A pesar de todos su éxitos -tanto en el ámbito profesional como en el familiar-, Grey es un hombre lleno de demonios interiores, dominado por la necesidad de tomar el control. Y cuando ambos se embarcan en una apasionada relación física, Ana se da cuenta de que está aprendiendo más sobre sus propias y secretas necesidades de lo que se imaginaba.
¿Podrá esa relación trascender de la pasión física? ¿Podrá Ana someterse a un Amo como Christian? Y, si lo hace, ¿le gustará?
[El argumento de «Cincuenta sombras de Grey» es una fantasía erótica de manual. Anastasia Steele una universitaria virgen y risueña, conoce al atractivo y multimillonario Christian Grey, y tras un intenso tira y afloja, inician una relación sadomasoquista descrita por la autora con pelos, señales, azotes y esposas a lo largo de tres volúmenes de unas 500 páginas.]
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Lo miro. Christian está como siempre, correcto y ligeramente distante.

No entiendo nada.

Arranca el motor y abandona su plaza de parking. Enciende el equipo de música. El dulce y mágico sonido de dos mujeres cantando invade el coche. Uau… Mis sentidos están alborotados, así que me afecta el doble. Los escalofríos me recorren la columna vertebral. Christian conduce de forma tranquila y confiada hacia la Southwest Park Avenue.

– ¿Qué es lo que suena?

– Es el «Dúo de las flores» de Delibes, de la ópera Lakmé. ¿Te gusta?

– Christian, es precioso.

– Sí, ¿verdad?

Sonríe y me lanza una rápida mirada. Y por un momento parece de su edad, joven, despreocupado y guapo hasta perder el sentido. ¿Es esta la clave para acceder a él? ¿La música? Escucho las voces angelicales, sugerentes y seductoras.

– ¿Puedes volver a ponerlo?

– Claro.

Christian pulsa un botón, y la música vuelve a acariciarme. Invade mis sentidos de forma lenta, suave y dulce.

– ¿Te gusta la música clásica? -le pregunto intentando hacer una incursión en sus gustos personales.

– Mis gustos son eclécticos, Anastasia. De Thomas Tallis a los Kings of Leon. Depende de mi estado de ánimo. ¿Y los tuyos?

– Los míos también. Aunque no conozco a Thomas Tallis.

Se gira, me mira un instante y vuelve a fijar los ojos en la carretera.

– Algún día te tocaré algo de él. Es un compositor británico del siglo XVI. Música coral eclesiástica de la época de los Tudor. -Me sonríe-. Suena muy esotérico, lo sé, pero es mágica.

Pulsa un botón y empiezan a sonar los Kings of Leon. A estos los conozco. «Sex on Fire.» Muy oportuno. De pronto el sonido de un teléfono móvil interrumpe la música. Christian pulsa un botón del volante.

– Grey -contesta bruscamente.

– Señor Grey, soy Welch. Tengo la información que pidió.

Una voz áspera e incorpórea que llega por los altavoces.

– Bien. Mándemela por e-mail. ¿Algo más?

– Nada más, señor.

Pulsa el botón, la llamada se corta y vuelve a sonar la música. Ni adiós ni gracias. Me alegro mucho de no haberme planteado la posibilidad de trabajar para él. Me estremezco solo de pensarlo. Es demasiado controlador y frío con sus empleados. El teléfono vuelve a interrumpir la música.

– Grey.

– Le han mandado por e-mail el acuerdo de confidencialidad, señor Grey.

Es una voz de mujer.

– Bien. Eso es todo, Andrea.

– Que tenga un buen día, señor.

Christian cuelga pulsando el botón del volante. La música apenas ha empezado a sonar cuando vuelve a sonar el teléfono. ¿En esto consiste su vida, en contestar una y otra vez al teléfono?

– Grey -dice bruscamente.

– Hola, Christian. ¿Has echado un polvo?

– Hola, Elliot… Estoy con el manos libres, y no voy solo en el coche.

Christian suspira.

– ¿Quién va contigo?

Christian mueve la cabeza.

– Anastasia Steele.

– ¡Hola, Ana!

¡Ana!

– Hola, Elliot.

– Me han hablado mucho de ti -murmura Elliot con voz ronca.

Christian frunce el ceño.

– No te creas una palabra de lo que te cuente Kate -dice Ana.

Elliot se ríe.

– Estoy llevando a Anastasia a su casa -dice Christian recalcando mi nombre completo-. ¿Quieres que te recoja?

– Claro.

– Hasta ahora.

Christian cuelga y vuelve a sonar la música.

– ¿Por qué te empeñas en llamarme Anastasia?

– Porque es tu nombre.

– Prefiero Ana.

– ¿De verdad?

Casi hemos llegado a mi casa. No hemos tardado mucho.

– Anastasia… -me dice pensativo.

Lo miro con mala cara, pero no me hace caso.

– Lo que ha pasado en el ascensor… no volverá a pasar. Bueno, a menos que sea premeditado -dice él.

Detiene el coche frente a mi casa. Me doy cuenta de pronto de que no me ha preguntado dónde vivo. Ya lo sabe. Claro que sabe dónde vivo, porque me envió los libros. ¿Cómo no iba a saberlo un acosador que sabe rastrear la localización de un móvil y que tiene un helicóptero?

¿Por qué no va a volver a besarme? Hago un gesto de disgusto al pensarlo. No lo entiendo. La verdad es que debería apellidarse Enigmático, no Grey. Sale del coche y lo rodea caminando con elegancia hasta mi puerta, que abre. Siempre es un perfecto caballero, excepto quizá en raros y preciosos momentos en los ascensores. Me ruborizo al recordar su boca pegada a la mía y se me pasa por la cabeza la idea de que yo no he podido tocarlo. Quería deslizar mis dedos por su pelo alborotado, pero no podía mover las manos. Me siento, en retrospectiva, frustrada.

– A mí me ha gustado lo que ha pasado en el ascensor -murmuro saliendo del coche.

No estoy segura de si oigo un jadeo ahogado, pero decido hacer caso omiso y subo los escalones de la entrada.

Kate y Elliot están sentados a la mesa. Los libros de catorce mil dólares no siguen allí, afortunadamente. Tengo planes para ellos. Kate muestra una sonrisa ridícula y poco habitual en ella, y su melena despeinada le da un aire muy sexy. Christian me sigue hasta el comedor, y aunque Kate sonríe con cara de habérselo pasado en grande toda la noche, lo mira con desconfianza.

– Hola, Ana.

Se levanta para abrazarme y al momento se separa un poco y me mira de arriba abajo. Frunce el ceño y se gira hacia Christian.

– Buenos días, Christian -le dice en tono ligeramente hostil.

– Señorita Kavanagh -le contesta en su envarado tono formal.

– Christian, se llama Kate -refunfuña Elliot.

– Kate.

Christian asiente con educación y mira a Elliot, que se ríe y se levanta para abrazarme él también.

– Hola, Ana.

Sonríe y sus ojos azules brillan. Me cae bien al instante. Es obvio que no tiene nada que ver con Christian, pero, claro, son hermanos adoptivos.

– Hola, Elliot.

Le sonrío y me doy cuenta de que estoy mordiéndome el labio.

– Elliot, tenemos que irnos -dice Christian en tono suave.

– Claro.

Se gira hacia Kate, la abraza y le da un beso interminable.

Vaya… meteos en una habitación. Me miro los pies, incómoda. Levanto los ojos hacia Christian, que está mirándome fijamente. Le sostengo la mirada. ¿Por qué no me besas así? Elliot sigue besando a Kate, la empuja hacia atrás y la hace doblarse de forma tan teatral que el pelo casi le toca el suelo.

– Nos vemos luego, nena -le dice sonriente.

Kate se derrite. Nunca antes la había visto derritiéndose así. Me vienen a la cabeza las palabras «hermosa» y «complaciente». Kate, complaciente. Elliot debe de ser buenísimo. Christian resopla y me mira con expresión impenetrable, aunque quizá le divierte un poco la situación. Me coge un mechón de pelo que se me ha salido de la coleta y me lo coloca detrás de la oreja. Se me corta la respiración e inclino la cabeza hacia sus dedos. Sus ojos se suavizan y me pasa el pulgar por el labio inferior. La sangre me quema las venas. Y al instante retira la mano.

– Nos vemos luego, nena -murmura.

No puedo evitar reírme, porque la frase no va con él. Pero aunque sé que está burlándose, aquellas palabras se quedan clavadas dentro de mí.

– Pasaré a buscarte a las ocho.

Se da media vuelta, abre la puerta de la calle y sale al porche. Elliot lo sigue hasta el coche, pero se vuelve y le lanza otro beso a Kate. Siento una inesperada punzada de celos.

– ¿Por fin? -me pregunta Kate con evidente curiosidad mientras los observamos subir al coche y alejarse.

– No -contesto bruscamente, con la esperanza de que eso impida que siga preguntándome.

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