La Naranja Mecánica
- Автор: Берджесс Энтони
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Naranja Mecánica». Краткое содержание книги:
Porque La naranja mecánica trata principalmente de la libertad del individuo contrapuesta al bien del colectivo, o más bien se plantea hasta qué punto es legítimo que el colectivo, a través de sus representantes (¿o son los representantes los que deciden en última instancia por el colectivo?), destruya al individuo en función del interés general.
Aquí podríamos insertar el comentario de que el libro no ha perdido interés y que explora un tema de rabiosa actualidad. Eso es innecesario y superfluo: se trata de un tema universal, como tal, La naranja mecánica se puede calificar como obra imperecedera.
¿Quién hay que no conozca el argumento de la obra del músico y escritor Anthony Burgess, a través de la mítica película de Stanley Kubrick? Parece ser que el que suscribe estas líneas y pocos más. Esto permite abordar el argumento distanciándose de la violencia explícita de las imágenes y centrándose en el transfondo de la novela.
¿Por qué, a pesar de ser pieza fundamental, no es la violencia de Alex, el nadsat protagonista (no de Álex, el crítico ya no tan adolescente), tan atractiva y tan repulsiva a los ojos occidentales, el eje central de la narración? Porque Burgess (y así lo aclara en el prólogo de esta edición, el author`s cut que proclamaría la moda fatua de reeditar grandes éxitos del séptimo arte, pero tan necesaria en este caso) pone en manos (y boca) del adolescente y su panda de drugos una forma de entender la diversión que no está viciada por el moralismo monoteísta. La crueldad, tan común en el ser humano desde sus primeros estadios, aparece como una fórmula más a escoger para su esparcimiento, una opción válida según los cánones aprehendidos del entorno hiperindividualista y desestructurado en el que viven, donde otras preocupaciones (vivienda, trabajo, dinero) priman sobre una familia y una educación decadentes o inexistentes, incapaz de atajar los instintos agresivos en sus primeras manifestaciones.
Juventud y violencia: rasgos reconocibles, lugares comunes muy visitados en nuestra sociedad. Como ven, la realidad no anda demasiado lejos.
Burgess habla en su prólogo de elección moral, de esa libertad primigenia del ser humano que lo distingue de las bestias: la capacidad de percibir, razonar y decidir sobre sí mismo, sus acciones y su futuro. Alex es eminentemente un ser libre y como tal se expresa, rasreceando lo que hay a su alrededor en el puro ejercicio de su libre albedrío. Destrucción, pero también creación: los más débiles deben sucumbir para que los más fuertes vivan, o Alex es capaz de violar a dos niñas tontas que no entienden lo sublime de la música de Beethoven (¡por el gran Bogo!, que diría Alex).
Cuando Alex comete un crimen (es decir, cuando el Estado tutelar establece que ha rebasado el límite impuesto por el colectivo al que representa) su libertad se ve brutalmente amputada. No sólo eso, sino también su identidad (ahora será el recluso 6655321, un golpe de efecto algo burdo pero efectivo por parte del autor) y, posteriormente, su capacidad de decidir: es condicionado para rechazar cualquier forma de violencia, una suerte de `naranja mecánica` incapaz de manifestar su condición humana. Ya no puede escoger entre el bien y el mal, algo que Bogo (o Dios) reprobaría (`Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien`, según el capellán de la prisión en que es internado Alex).
Así volvemos a la pregunta planteada al principio: ¿es la sociedad violenta con sus miembros? ¿Justifica el bien de la sociedad la violencia de Estado? En palabras del responsable de la técnica empleada sobre el nadsat: `No nos interesan los motivos, la ética superior. Sólo queremos eliminar el delito…`. La observación del Ministro del Interior es harto indicativa: `Y aliviar la espantosa congestión de las prisiones`. Lo que conduce, inevitablemente, a la legitimidad del Estado como representante del colectivo. Aunque este punto no centra el interés del autor, sobre el que pasa de puntillas.
La necesidad de recuperar su humanidad, y a partir de ahí ser libre para escoger libremente, serán las bases del desenlace, en el que un Alex abocado a la madurez contempla su pasado con una mirada crítica y sabia. Llega la hora de decidir, y de decidir correctamente. El camino es lo de menos, lo importante es que uno mismo conduzca sus pasos por el camino que quiere la voluntad.
Esta obra, que en manos de un autor con menos talento hubiese dado lugar a un texto zafio cuyos objetivos hubieran quedado diluidos por los golpes de efecto, la narra hábilmente un Alex vital y desmedido, imprimiendo a La naranja mecánica cotas de verosimilitud raramente leídas en primera persona. Por otra parte, el uso de la jerga nadsat, creada por Burgess mezclando el habla coloquial de los jóvenes rusos con el dialecto cockney londinense, es un hallazgo usado con inteligencia y mesura, que otorga la identificación de Alex a un grupo del que nos excluye, habladores del lenguaje estándar, no nadsat. Descubrimos que su voz es la adecuada como canal de expresión de las inquietudes de Burgess, pues nos hace saltar al otro lado, al lado del que sufre en sus carnes el Estado todopoderoso, en el que su estructura sirve para aplastar al que no encaja en él. Aunque sea porque es un criminal.
Un libro realmente joroschó, que no pueden dejar de leer.
Álex Vidal
Uno de los pocos libros que he sido capaz de leer en los últimos años.
WILLIAM BURROUGHS
Empecé a bajar la escalera, lento y silencioso, admirando en el descenso grasñas imágenes de otros tiempos -débochcas con pelo largo y cuello alto, cosas del campo con árboles y caballos, el santo veco barbado todo nago colgando de la cruz. Había un vono realmente mohoso a gatitos y a pescado y a polvo starrio en este domo, diferente de lo que se olía en los edificios de viviendas. Y cuando llegué a la planta baja pude videar el cuarto iluminado del frente, donde ella había estado sirviendo moloco a los cotos y las cotas. Más, pude ver las grandes scotinas bien rellenas que iban y venían ondulando la cola y como frotando el piso con la barriga. Sobre un arcón de madera, en el vestíbulo oscuro, había una bonita y malenca estatua que brillaba a la luz de modo que decidí crastarla para mí: era una débochca delgada y joven, de pie sobre una noga con las rucas extendidas; en seguida vi que era de plata. De modo que la tenía en la mano cuando me metí en el cuarto iluminado, diciendo: -Ja, ja, ja. Al fin nos encontramos. Nuestra breve goborada por el agujero de las cartas no fue, digamos, satisfactoria, ¿sí? Reconozcamos que no, oh ciertamente no lo fue, hedionda y starria vieja filosa. -Tuve que frotarme los ojos cuando vi el cuarto y a la vieja ptitsa . Había cotos y cotas por todas partes, yendo y viniendo sobre la alfombra, y mechones de pelo amontonados, y las scotinas gordas eran de diferentes formas y colores, blanco, negro, moteado, jengibre, carey, y también de todas las edades, así que había cachorritos que jugaban, y gatos crecidos, y otros realmente starrios y de muy mal carácter. La dueña, la vieja ptitsa, me miró agresiva como un hombre, y dijo:
– ¿Cómo entró? Mantenga la distancia, perverso joven, o me veré obligada a pegarle.
No tuve más remedio que smecar realmente joroschó, videando que ella tenía en la ruca venosa un bastón de madera oscura que alzó, amenazante. Así que mostrándole los subos blancos me le acerqué un poco más, sin prisa, y en eso vi sobre un estante una veschita hermosa, la cosa malenca más linda que un málchico aficionado a la música como yo hubiese podido videar con los propios glasos, pues era la golová y los plechos del propio Ludwig van, lo que llaman un busto, una vesche como de piedra, con largos cabellos de piedra y los glasos ciegos, y la corbata suelta y ancha. Me le eché encima sin pensarlo, mientras decía: -Bueno, qué hermoso y todo para mí. -Pero al acercarme, los glasos clavados en la vesche, y la ruca hambrienta extendida, no vi los platos en el suelo, metí el pie en uno y casi pierdo el equilibrio.- Huuup -dije, tratando de enderezarme, pero la viejita ptitsa se había acercado por detrás sin que yo la notara, con mucho scorro para su edad, y ahí comenzó a hacer crac crac sobre la golová con el palo. Y entonces me encontré apoyado en las rucas y las rodillas, tratando de incorporarme y diciendo: -Mala, mala, mala. -Y ella seguía crac crac, gritando:- Perverso piojo de albañal, metiéndose en las casas de la gente auténtica. -No me gustaba el crac crac crac, así que tomé un extremo del palo cuando volvió a bajarlo sobre mi golová, y ella perdió el equilibrio y quiso apoyarse en la mesa, pero entonces se vino abajo el mantel con la jarra y la botella de leche, y se oyó splosh splosh en todas direcciones, y la vieja ptitsa cayó al suelo gruñendo y gritando: -Maldito seas, muchacho, esto me lo pagarás. -Ahora todos los gatos comenzaron a spugarse , y corrían y saltaban aterrorizados, y se agarraban entre ellos, y había tolchocos de gatos con mucha movida de lapas , y ptaaaaa y grrrr y craaaaaarc. Me enderecé sobre las nogas y ahí estaba la maligna y vengativa forella starria con los pelos alborotados y gruñendo mientras trataba de levantarse del suelo, de modo que le di un malenco puntapié en el litso, y no le gustó nada, y gritó: -Guaaaaaah -y se podía videar que el litso venoso y manchado se le ponía púrpura donde yo había aplicado la vieja noga.
Cuando retrocedí después de encajarle la patada, seguramente le pisé la cola a uno de los gatos crichantes y dratsantes , porque slusé un gronco yauuuuuuu y descubrí que un montón de pelos, dientes y garras se me había aferrado a la pierna, y de pronto me encontré lanzando maldiciones y tratando de sacudirme el coto, mientras sostenía la malenca estatua de plata en una ruca y procuraba pasar sobre la vieja ptitsa en el suelo para alcanzar al hermoso Ludwig van que me miraba con enojo de piedra. Y aquí metí el pie en otro plato lleno de moloco cremoso, y así salí volando de nuevo, y toda la vesche era realmente muy graciosa si uno podía imaginarse que le sluchaba a cualquier otro veco, y no a Vuestro Humilde Narrador. Y entonces la starria ptitsa del suelo extendió la ruca pasando por encima de todos los gatos dratsantes y maullantes, y me agarró la noga, sin dejar de gritar -Guaaaaaah-, y como yo casi había perdido el equilibrio, ahora me fui de veras al suelo, en medio del moloco derramado y los cotos scraicantes, y la vieja forella empezó a darme puñetazos en el litso -los dos estábamos en el suelo- al mismo tiempo que crichaba: -Denle látigo, péguenle, arránquenle las uñas, es una chinche venenosa -y sólo hablaba a sus gatitos; y entonces, como obedeciendo a la vieja ptitsa starria, un par de cotos se me arrojó encima y comenzaron a arañarme como besuños. Así que, hermanos, yo mismo me puse verdaderamente besuño, y repartí algunos tolchocos, pero la bábuchca dijo: -Escuerzo, no toques a mis gatitos -y me arañó la cara. De modo que yo criché: -Sumca vieja y hedionda -y alcé la malenca estatua de plata y le di un buen tolchoco en la golová, y así la callé realmente joroschó .