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Crímenes imperceptibles

Электронная книга - «Crímenes imperceptibles». Краткое содержание книги:

Pocos días después de haber llegado a Oxford, un joven estudiante argentino encuentra el cadáver de una anciana que ha sido asfixiada con un almohadón. El asesinato resulta ser un desafío intelectual lanzado a uno de los lógicos más eminentes del siglo, Arthur Seldom, y el primero de una serie de crímenes. Mientras la policía investiga a una sucesión de sospechosos, maestro y discípulo llevan adelante su propia investigación, amenazados por las derivaciones cada vez más riesgosas de sus conjeturas.
Crímenes imperceptibles, que conjuga a los sombríos hospitales ingleses con los juegos de lenguaje de Wittgenstein, al teorema de Godel con los arrebatos de la pasión y a las sectas antiguas de matemáticos con el arte de los viejos magos, es una novela policial de trama aparentemente clásica que, en el sorprendente desenlace, se revela como un magistral acto de prestidigitación.
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Petersen alzó una ceja y dejó de lado el diccionario para volver al informe; echó una ojeada silenciosa a la segunda página antes de pasarla por alto, y recorrió rápidamente los primeros párrafos de la tercera página.

– Recién aquí el informe vuelve a lo que nos interesa. La psiquiatra asegura que no estamos ante un psicópata. Lo característico del comportamiento del psicópata es la falta de remordimientos y una exacerbación progresiva de la crueldad que tiene que ver con un elemento de nostalgia: la búsqueda de un hecho que pueda conmoverlo. En este caso, lo que se manifiesta hasta ahora es, por el contrario, cierta delicadeza, una preocupación por hacer el mínimo daño posible… La doctora, como usted -dijo, levantando por un instante la vista a Seldom-, parece encontrar este detalle particularmente fascinante. En su opinión, fue el capítulo de su libro sobre los crímenes en serie lo que recreó para M la "segunda oportunidad". Nuestro hombre vuelve a la vida. M busca a la vez venganza y admiración, admiración de ese grupo al que siempre quiso pertenecer y del que fue injustamente expulsado. Y aquí al menos ella sí arriesga una interpretación posible para los signos. M, en sus raptos megalómanos, se siente un creador, M quiere dar nombre otra vez a las cosas. Se perfecciona y perfecciona su creación: los símbolos dan cuenta, como en el Eclesiastés, de las etapas de una evolución. El próximo símbolo, sugiere, podría ser un ave.

Petersen reagrupó las hojas y miró a Seldom.

– ¿Coincide esto con lo que usted estaba pensando?

– No en cuanto al símbolo. Todavía creo que si los mensajes están dirigidos a los matemáticos, la clave también debería ser, en algún sentido, matemática. ¿Hay en el informe alguna explicación sobre esta característica de "levedad" en las muertes?

– Sí -dijo Petersen, volviendo hacia atrás a las páginas que había salteado-, lo lamento: la psiquiatra considera que los crímenes son una forma de cortejo hacia usted. En M se mezcla el deseo genérico de venganza con el deseo, mucho más intenso, de pertenecer al mundo que usted representa, de recibir admiración, aunque sea horrorizada, de los mismos que lo han rechazado. Por eso elige por ahora una forma de matar que, supone, aprobaría un matemático, con una mínima cantidad de elementos, aséptica, sin crueldad, casi abstracta. M trata a su modo, como en la primera etapa de un enamoramiento, de serle grato; los crímenes son, también, ofrendas. La psiquiatra se inclina a pensar que M es un homosexual reprimido que vive solo, pero no descarta que pueda haberse casado y que aún ahora tenga una vida familiar convencional, que enmascare estas actividades secretas. Agrega que a esta primera etapa de seducción puede sucederle, si no obtiene ningún signo de respuesta, una segunda etapa colérica, con crímenes más sanguinarios, o dirigidos a personas mucho más próximas a usted.

– Bueno, esta chica casi parece conocerlo personalmente, sólo falta que nos diga si tiene un lunar en la axila izquierda -exclamó Seldom, y no pude distinguir si lo que había en su tono era sólo ironía o un asomo de irritación contenida. Me pregunté si le habría chocado la referencia homosexual-. Me temo que los matemáticos sólo podemos hacer conjeturas mucho más modestas. Pero, de todas maneras, volví a pensar en lo que me dijo y quizá deba dejarle saber mi idea… -Buscó su libretita en el bolsillo, tomó prestada del escritorio una lapicera fuente y garabateó un par de trazos que no alcancé a ver. Arrancó la hoja, la dobló en dos y se la extendió a Petersen-: ahora tiene usted dos posibles continuaciones para la serie.

En el modo de doblar el papel al entregárselo hubo algo confidencial que Petersen pareció registrar. Abrió el papel, le dio una mirada y se quedó en silencio por un momento antes de volver a doblarlo y guardarlo en un cajón de su escritorio, sin preguntar nada. Quizás en el pequeño duelo que habían sostenido los dos hombres Petersen se conformaba por ahora con haberle arrancado el símbolo y no quería forzar a Seldom con más preguntas, o quizá, más simplemente, prefiriera conversar luego en privado con él. Se me ocurrió que tal vez debiera levantarme para dejarlos a solas, pero fue Petersen el que se incorporó en ese momento para despedirnos con una sonrisa inesperadamente cordial.

– ¿Tuvieron los resultados de la segunda autopsia? -preguntó Seldom mientras nos dirigíamos a la puerta.

– Ese es también un pequeño misterio interesante -dijo Petersen-; los forenses estaban al principio desconcertados: no encontraron en el organismo rastros de ninguna sustancia conocida, creyeron incluso que podría tratarse de una droga invisible muy reciente, de la que yo no había escuchado nunca. Pero esto por lo menos creo haberlo resuelto -dijo, y por primera vez vi en sus ojos algo parecido al orgullo-: él puede creerse muy inteligente, pero nosotros también pensamos un poco cada tanto.

CAPITULO 14

Salimos en silencio del departamento de Policía y caminamos de regreso por St. Aldates hasta Carfax Tower sin intercambiar una palabra.

– Necesito comprar tabaco -dijo Seldom-, ¿me acompañaría al Covered Market?

Asentí con la cabeza y doblamos en High Street sin que yo hubiera vuelto a hablar. Seldom se sonrió para sí.

– Está molesto porque no compartí el símbolo con usted. Pero créame que tengo una razón.

– ¿Una razón distinta de lo que me contó ayer en el parque? Ahora que ya se lo enseñó a Petersen no alcanzo a ver por qué las consecuencias de que yo lo conozca podrían ser peores.

– Podrían ser… otras-dijo Seldom-, pero no es ése exactamente el motivo. Lo que quiero evitar es que mis conjeturas interfieran con las de usted. Es lo mismo que hago con mis alumnos de doctorado: trato de no adelantarme a ellos con mis propios razonamientos. Lo más valioso en el pensamiento de un matemático es el momento solitario de la primera intuición. Aunque no lo crea confío más en usted que en mí para que encuentre la idea correcta: usted estuvo allí en el principio y el principio, como diría Aristóteles, es la mitad del todo. Usted, estoy seguro, registró algo, aunque todavía no sepa qué, y sobre todo, usted no es inglés. En ese primer crimen está la matriz, ese círculo es como el cero de los números naturales, un símbolo de máxima indeterminación, sí, pero que a la vez lo determina todo.

Habíamos entrado en el mercado y Seldom se demoró en elegir su mezcla de tabaco en la cigarrería de una mujer india. La mujer, que se había incorporado de un taburete para atenderlo, llevaba un vestido largo y envolvente de seda y una insignia en la frente de un verde esmeralda. De su oreja izquierda pendía un aro de plata como una cinta circular. En realidad, mirando con más atención, vi que era una serpiente enroscada. Recordé de pronto lo que había dicho Seldom sobre el uróboro de los gnósticos y no pude resistirme a preguntarle sobre el símbolo.

– Shunyata -me dijo, tocando levemente la cabeza de la serpiente-: el vacío y la totalidad. El vacío de cada cosa por separado, la totalidad que las abraza. Difícil, difícil de entender. La realidad absoluta, por encima de todas las negaciones. La eternidad, lo que no tiene principio ni fin… la reencarnación.

Pesó con cuidado en una balanza de precisión las hebras de tabaco y cambió un par de palabras más con Seldom mientras le entregaba el vuelto. Salimos por el laberinto de puestos hacia la calle y en la arcada, de pie, nos encontramos a Beth junto a una pequeña mesa de la orquesta del Sheldonian, repartiendo unos volantes de propaganda. Estaban organizando una función benéfica y los músicos de la orquesta -nos contó- se turnaban para ofrecer las entradas. Seldom alzó uno de los programas.

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