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La verdad sobre el caso Savolta

Электронная книга - «La verdad sobre el caso Savolta». Краткое содержание книги:

«Le tengo un gran cariño porque recuerdo su elaboración como una época especialmente intensa de mi vida literaria, llena de ilusiones, de esfuerzos angustiosos y resultados sorprendentes, de decisiones que en mi inexperiencia eran trascendentales. Podría decir que me jugaba el todo por el todo, o que puse toda la carne en el asador, dos frases hechas cuyo significado no acabo de entender muy bien.» Eduardo Mendoza En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.
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»Dentro de los partidos, la disciplina es inexistente. Los miembros se pelean entre sí, se zancadillean y tratan de desprestigiarse los unos a los otros en una carrera disparatada por el poder que perjudica a todos y no beneficia a nadie.

»Estos dos partidos, sin base popular y sin el apoyo de la clase media moderada, están condenados al fracaso y conducirán al país a la ruina.

A Lepprince le conté mi vida solitaria, mis proyectos y mis ilusiones.

Hice señas a Pajarito de Soto y nos retiramos a un rincón de la librería.

– ¿Quién es? -pregunté por lo bajo.

– El mestre Roca, un maestro de escuela. Da clases de Geografía, Historia y Francés. Vive solo y dedica su existencia a la programación de la Idea. Cuando termina su jornada en la escuela viene a este local y habla del anarquismo y los anarquistas. A las nueve en punto se retira, prepara él mismo su cena y se acuesta.

– ¡Qué vida más triste! -dije sin poder evitar un estremecimiento.

– Es un apóstol. Hay muchos como él. Acerquémonos.

El mestre Roca fue uno de los pocos anarquistas a los que llegué a ver antes de la irrupción violenta del 19. El anarquismo era una cosa, y los anarquistas, otra muy distinta. Vivíamos inmersos en aquél, pero no teníamos contactos con éstos. Por aquel entonces, y así siguió siendo durante algunos años, tenía yo una visión bien pintoresca de los anarquistas: hombres barbados, cejijuntos y graves, ataviados con faja, blusón y gorra, hechos a la espera callada tras una barricada de muebles destartalados, tras los barrotes de una celda de Montjuic, en los rincones oscuros de las calles tortuosas, en los tugurios, en espera de que llegase su momento para bien o para mal y el ala cartilaginosa de un murciélago gigantesco y frío rozase la ciudad. Hombres que aguardaban agazapados, estallaban en furia y eran ejecutados al amanecer.

FICHA POLICIAL DE ANDRÉS NIN PÉREZ, REVOLUCIONARIO ESPAÑOL DE QUIEN SE SOSPECHA PUEDA TENER RELACIÓN DIRECTA O INDIRECTA CON EL CASO OBJETO DEL PRESENTE EXPEDIENTE

Documento de prueba anexo n. ° 31

(Se adjunta traducción al inglés del intérprete jurado Guzmán Hernández de Fenwick)

En la parte superior de la ficha, en los ángulos izquierdo y derecho respectivamente, figuran sendas fotografías del individuo fichado. Las dos fotografías son casi idénticas. En ambas el fichado aparece de frente. La foto de la izquierda lo muestra con la cabeza descubierta. La de la derecha, tocado con un sombrero de ala ancha. La corbata y la camisa son idénticas y la expresión y el sombreado tan iguales que hacen pensar que se trata de la misma fotografía, siendo el sombrero un hábil retoque de laboratorio. Un examen más detallado permite apreciar que en la segunda fotografía (la de la derecha) el fichado lleva gabán, difícil de distinguir de la chaqueta que lleva en la primera fotografía (la de la izquierda) porque tanto el color como las solapas (única parte visible de ambas prendas) son muy parecidos. Posiblemente se trate de dos fotografías hechas el mismo día en el mismo lugar (con seguridad un centro policial). En tal caso, habrían hecho ponerse al fichado sus prendas de abrigo (sombrero y gabán) para facilitar su identificación en la calle. El fichado es un hombre joven, flaco, de rostro alargado, mandíbula angulosa, mentón prominente, nariz aguileña, ojos oscuros entornados (probablemente miope), pelo negro y lacio. Lleva gafas ovaladas, sin aro, de varillas flexibles. (Datos suministrados por el Departamento de Análisis Fotográfico de la Oficina de Investigación Federal de Washington, D. C.)

La ficha adjunta dice:

Andrés NIN Pérez

propagandista peligroso

maestro de escuela

Nació en Tarragona en 1890

Perteneció a las Juventudes Socialistas de Barcelona, las que dejó (sic) para ingresar en el Sindicalismo, siendo con Antonio Amador Obón y otros, los organizadores del Sindicato Único de Profesiones Liberales.

Asistió como delegado al 2. ° Congreso Sindicalista celebrado en Madrid en diciembre de 1919.

Fue detenido el día 12 de enero de 1920 en el Centro Republicano Catalán de la calle del Peu de la Creu, en reunión clandestina de delegados del Comité Ejecutivo, para promover la huelga general revolucionaria, siendo conducido al castillo de Montjuic.

En libertad el día 29 de junio de 1920.

En marzo del 1921, al ser detenido Evelio Boal López, se hizo cargo de la secretaría general de la Confederación Nacional del Trabajo, pero, ante la persecución de que fue objeto por la policía de Barcelona, huyó a Berlín, en donde fue detenido por la policía alemana en octubre del mismo año.

– Sigamos con el experimento perceptivo -dijo Lepprince.

Me había invitado a la fiesta de Fin de Año que se celebraba, como era costumbre, en la mansión de los señores de Savolta. Era ésta una casa-torre situada en Sarriá. Pasé a recoger a Lepprince por su domicilio. Estaba terminando de vestirse y al verle comprendí lo que quería decir Cortabanyes cuando me advirtió de que los ricos eran de otro mundo y de que nosotros jamás nos pareceríamos a ellos, ni les entenderíamos ni les podríamos imitar.

Lepprince me advirtió que asistirían a la fiesta todos los miembros del consejo de administración de la empresa Savolta.

– No se te ocurra perseguirles con el cuento de la muerte de Pajarito de Soto -me reconvino en broma.

Le prometí comportarme sabiamente. Fuimos hasta la casa en su coche. Lepprince me presentó a Savolta, a quien yo ya conocía por haberle visto la noche en que acudí a la fábrica en pos de Pajarito de Soto. Era un hombre de cierta edad, pero no viejo. Sin embargo, tenía una mirada macilenta, mal color y gestos y voz temblorosos. Supuse que alguna enfermedad le roía. Claudedeu, en cambio, rebosaba vitalidad; por todas partes se oía su vozarrón y por todas partes se veía su cuerpo de gigante de cuento infantil. Poseía el don de la carcajada contagiosa. Me fijé en su mano enguantada y en el ruido metálico que producía contra los objetos al chocar y me volvió la imagen del colérico Claudedeu apostrofando a Pajarito de Soto y golpeando la mesa de juntas. También reconocí a Parells, que la noche aciaga ocupaba un asiento cercano a Savolta. Me impresionó la expresión de inteligencia que abarcaba, no sólo los ojos, sino cada rasgo de su cara de vieja. Lepprince me había explicado que desempeñaba el cargo de asesor financiero y fiscal de la empresa. Su padre había sido fusilado por los carlistas en Lérida durante la última guerra y Pere Parells había heredado del difunto una honda devoción por el liberalismo. Se vanagloriaba de ser librepensador y ateo, pero acompañaba cada domingo a su mujer a misa porque «por el hecho de haber contraído matrimonio, ella había adquirido el derecho social de ser acompañada». Diré también que las mujeres de estos señores y de otros a las que fui presentado me parecieron todas cortadas por el mismo patrón y que confundí sus nombres y sus fisonomías apenas hube besado convencionalmente sus manos.

La fiesta se desarrolló en su primera mitad bajo el signo del pacífico cotilleo. Los hombres fumaban en la biblioteca; se hablaba en frases cortas, mordaces, y se reían los ocultos significados y las maliciosas alusiones. Las mujeres, en el salón, comentaban sucesos con aire grave y pesimista, escasamente reían y su conversación se componía de monólogos alternos a los que las oyentes asentían con gestos afirmativos y nuevos monólogos que corroboraban o repetían lo antedicho. Algunos hombres jóvenes compartían los corrillos femeninos. También adoptaban un aire circunspecto y se limitaban a manifestar conformidad o acuerdo sin intervenir.

En un rincón distinguí a una linda niña, la única joven de la reunión, que conversaba con Cortabanyes. Luego me la presentaron y supe que se trataba de la hija de Savolta, que vivía interna en un colegio y que había venido a Barcelona a pasar las Navidades con sus padres. Parecía muy asustada y me confesó sus ansias por regresar junto a las monjas a las que tanto quería. Me preguntó que qué era yo y Cortabanyes dijo:

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