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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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Poco antes de las seis de la mañana arranqué la última cuartilla de la máquina y suspiré derrotado y con la sensación de tener un avispero por cerebro. Escuché los pasos lentos y pesados de don Basilio, que había emergido de una de sus siestas controladas y se aproximaba con parsimonia. Cogí las páginas y se las entregué, sin atreverme a sostener su mirada. Don Basilio tomó asiento en la mesa contigua y prendió la lamparilla. Sus ojos patinaron arriba y abajo sobre el texto, sin traicionar expresión alguna. Entonces dejó por un instante el cigarro sobre el extremo de la mesa y, mirándome, leyó en voz alta la primera línea.

– ”Cae la noche sobre la ciudad y las calles llevan el olor a pólvora como el aliento de una maldición.”

Don Basilio me miró de reojo y me escudé en una sonrisa que no dejó un solo diente a cubierto. Sin decir más, se levantó y partió con mi relato en las manos. Le vi alejarse hacia su despacho y cerrar la puerta a su espalda. Me quedé allí petrificado, sin saber si echar a correr o esperar el veredicto de muerte. Diez minutos más tarde, que me supieron a diez años, la puerta del despacho del subdirector se abrió y la voz atronadora de don Basilio se dejó oír en toda la redacción.

– Martín. Haga el favor de venir.

Me arrastré tan lentamente como pude, encogiendo varios centímetros a cada paso que daba hasta que no tuve más remedio que asomar la cara y levantar la mirada. Don Basilio, el temible lápiz rojo en mano, me miraba fríamente. Quise tragar saliva, pero tenía la boca seca. Don Basilio tomó las cuartillas y me las devolvió. Las tomé y me di la vuelta rumbo a la puerta tan rápido como pude, diciéndome que siempre habría sitio para un limpiabotas más en el lobby del hotel Colón.

– Baje eso al taller y que lo entren en plancha -dijo la voz a mis espaldas.

Me volví, creyendo que era objeto de una broma cruel. Don Basilio abrió el cajón de su escritorio, contó diez pesetas y las colocó sobre la mesa.

Eso es suyo. Le sugiero que con ello se compre otro modelito, que hace cuatro años que le veo con el mismo y aún le viene unas seis tallas grande. Si quiere, vaya a ver al señor Pantaleoni a su sastrería de la calle Escudellers y dígale que va de mi parte. Le tratará bien.

– Muchas gracias, don Basilio. Así lo haré.

– Y vaya preparándome otro cuento de éstos. Para éste le doy una semana. Pero no se me duerma. Y a ver si en éste hay menos muertos, que al lector de hoy le va el final meloso en el que triunfa la grandeza del espíritu humano y todas esas bobadas.

– Sí, don Basilio.

El subdirector asintió y me tendió la mano. La estreché.

– Buen trabajo, Martín. El lunes le quiero ver en la mesa que era de Junceda, que ahora es suya. Le pongo en sucesos.

– No le fallaré, don Basilio.

– No, no me fallará. Me dejará tirado, tarde o temprano. Y hará bien, porque usted no es periodista ni lo será nunca. Pero tampoco es todavía un escritor de novelas policíacas, aunque lo crea. Quédese por aquí una temporada y le enseñaremos un par de cosas que nunca están de más.

En aquel momento, con la guardia baja, me invadió tal sentimiento de gratitud que tuve el deseo de abrazar a aquel hombretón. Don Basilio, la máscara feroz de nuevo en su sitio, me clavó una mirada acerada y señaló la puerta.

– Sin escenitas, por favor. Cierre al salir. Por fuera. Y feliz Navidad.

– Feliz Navidad.

El lunes siguiente, cuando llegué a la redacción dispuesto a ocupar por primera vez mi propio escritorio, encontré un sobre de papel de estraza con un lazo y mi nombre en la tipografía que había pasado años mecanografiando. Lo abrí. En el interior encontré la contraportada del domingo con mi historia enmarcada y con una nota que decía:

“Esto sólo es el principio. En diez años yo seré el aprendiz y tú el maestro. Tu amigo y colega, Pedro Vidal.”

Mi debut literario sobrevivió al bautismo de fuego, y don Basilio, fiel a su palabra, me ofreció la oportunidad de publicar un par más de relatos de corte similar. Pronto la dirección decidió que mi fulgurante carrera tendría periodicidad semanal, siempre y cuando siguiera desempeñando puntualmente mis labores en la redacción por el mismo precio. Intoxicado de vanidad y agotamiento, pasaba mis días recomponiendo textos de mis compañeros y redactando al vuelo crónicas de sucesos y espantos sin cuento, para poder consagrar luego mis noches a escribir a solas en la sala de la redacción un serial por entregas bizantino y operístico que llevaba tiempo acariciando en mi imaginación y que bajo el título de Los misterios de Barcelona mestizaba sin rubor desde Dumas hasta Stoker pasando por Sue y Féval. Dormía unas tres horas al día y lucía el aspecto de haberlas pasado en un ataúd. Vidal, que nunca había conocido esa hambre que nada tiene que ver con el estómago y que se le come a uno por dentro, era de la opinión de que me estaba quemando el cerebro y de que, al paso que iba, celebraría mi propio funeral antes de los veinte años. Don Basilio, a quien mi laboriosidad no escandalizaba, tenía otras reservas. Me publicaba cada capítulo a regañadientes, molesto por lo que consideraba un excedente de morbosidad y un desafortunado desaprovechamiento de mi talento al servicio de argumentos y tramas de dudoso gusto.

Los místenos de Barcelona pronto alumbraron a una pequeña estrella de la ficción por entregas, una heroína que había imaginado como sólo se puede imaginar a una femmefatale a los diecisiete años. Cloe Permanyer era la princesa oscura de todas las vampiresas. Demasiado inteligente y todavía más retorcida, Cloe Permanyer vestía siempre las más incendiarias novedades de corsetería fina y oficiaba como amante y mano izquierda del enigmático Baltasar Morel, cerebro del inframundo que vivía en una mansión subterránea poblada de autómatas y macabras reliquias cuya entrada secreta estaba en los túneles sepultados bajo las catacumbas del Barrio Gótico. El método predilecto de Cloe para acabar con sus víctimas era seducirlas con una danza hipnótica en la que se desprendía de su atavío, para luego besarlas con un pintalabios envenenado que les paralizaba todos los músculos del cuerpo y las hacía morir de asfixia en silencio mientras ella las miraba a los ojos, para lo cual previamente se bebía un antídoto disuelto en Dom Pérignon de fina reserva. Cloe y Baltasar tenían su propio código de honor: sólo liquidaban escoria y limpiaban el mundo de matones, sabandijas, santurrones, fanáticos, cazurros dogmáticos y todo tipo de cretinos que hacían de este mundo un lugar más miserable de la cuenta para los demás en nombre de banderas, dioses, lenguas, razas o cualquier basura tras la que enmascarar su codicia y su mezquindad. Para mí eran unos héroes heterodoxos, como todos los héroes de verdad. Para don Basilio, cuyos gustos literarios se habían aposentado en la edad de oro del verso español, aquello era un disparate de dimensiones colosales, pero a la vista de la buena acogida que tenían las historias y del afecto que a su pesar me tenía, toleraba mis extravagancias y las atribuía a un exceso de calentura juvenil.

– Tiene usted más oficio que buen gusto, Martín. La patología que le aflige tiene un nombre y ese nombre es grand gwgnol, que viene ser al drama lo que la sífilis es a las vergüenzas. Su obtención tal vez es placentera, pero de ahí en adelante todo es cuesta abajo. Tendría que leer a los clásicos, o al menos a don Benito Pérez Galdós, para elevar sus aspiraciones literarias.

– Pero a los lectores les gustan los relatos -argumentaba yo.

– El mérito no es de usted. Es de la competencia, que de tan mala y pedante es capaz de sumir a un burro en estado catatónico en menos de un párrafo. A ver si madura de una puñetera vez y se cae ya del árbol de la fruta prohibida.

Yo asentía fingiendo contricción, pero secretamente acariciaba aquellas palabras prohibidas, grand gutgnol, y me decía que cada causa, por frivola que fuera, necesitaba de un campeón que defendiese su honra.

Empezaba a sentirme el más afortunado de los mortales cuando descubrí que a unos cuantos compañeros del diario los incomodaba que el benjamín y mascota oficial de la redacción hubiera empezado a dar sus primeros pasos en el mundo de las letras cuando sus propias aspiraciones y ambiciones literarias languidecían desde hacía años en un gris limbo de miserias. El hecho de que los lectores del diario leyesen con avidez y apreciasen aquellos modestos relatos más que cualquier otro contenido publicado en el rotativo en los últimos veinte años sólo empeoraba las cosas. En apenas unas semanas, vi cómo el orgullo herido de quienes hasta hacía poco había considerado mi única familia los transformaba en un tribunal hostil que empezaba a retirarme el saludo, la palabra y se complacía en afinar su talento despechado en dedicarme expresiones de sorna y desprecio a mis espaldas. Mi buena e incomprensible fortuna se atribuía a la ayuda de Pedro Vidal, a la ignorancia y estupidez de nuestros suscriptores y al extendido y socorrido paradigma nacional que estipulaba sin reservas que alcanzar cierta medida de éxito en cualquier ámbito profesional era prueba irrefutable de incapacidad y falta de merecimiento.

A la vista de aquel inesperado y ominoso giro de los acontecimientos, Vidal trataba de animarme, pero yo empezaba a sospechar que mis días en la redacción estaban contados.

– La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo sólo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu, mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá.

– Amén -convenía don Basilio-. Si no hubiese usted nacido rico debería haber sido cura. O revolucionario. Con sermones así se desploma contrito hasta un obispo.

– Sí, ríanse ustedes -protestaba yo-. Pero al que no pueden ver ni en pintura es a mí.

Pese al abanico de enemistades y recelos que mis esfuerzos me estaban labrando, la triste realidad era que, a pesar de mis ínfulas de autor popular, mi sueldo no me alcanzaba más que para subsistir por los pelos, comprar más libros de los que tenía tiempo de leer y alquilar un cuartucho en una pensión sepultada en un callejón junto a la calle Princesa regentada por una gallega devota que respondía al nombre de doña Carmen. Doña Carmen exigía discreción y cambiaba las sábanas una vez al mes, por lo cual se aconsejaba a los residentes que se abstuviesen de sucumbir a las tentaciones del onanismo o de meterse en la cama con la ropa sucia. No era necesario restringir la presencia de féminas en las habitaciones porque no había una sola mujer en toda Barcelona que hubiese accedido a entrar en aquel agujero ni bajo amenaza de muerte. Allí aprendí que casi todo se olvida en la vida, empezando por los olores, y que si a algo aspiraba en el mundo era a no morir en un lugar como aquél. En horas bajas, que eran la mayoría, me decía que si algo iba a sacarme de allí antes de que lo hiciese un brote de tuberculosis, era la literatura, y si a alguien le picaba en el alma o en las vergüenzas, por mí podía rascárselas con un ladrillo.

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