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Электронная книга - «Quiz? Nos Lleve El Viento Al Infinito». Краткое содержание книги:

Quiz? Nos Lleve el Viento al Infinito: La historia del capit?n de nav?o a quien la OTAN encomienda una delicada misi?n, de Irina, una agente sovi?tica, y del cient?fico que, recluido en un sanatorio, se asemeja a un personaje literario, puede leerse como un apasionante relato policiaco, de espionaje y aventuras. Pero tambi?n encierra una met?fora de la d?bil l?nea que separa lo real de lo verdadero e imaginario, as? como una visi?n de las falsedades o inverosimilitudes de la Historia y de las servidumbres del progreso cient?fico y de otros mitos contempor?neos.
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2

Una mañana me llamó a su despacho el general segundo jefe: llamada que esperaba al menos desde el día anterior. Me recibió y saludó con su habitual simpatía, con su campechanía de agricultor del Medio Oeste, de donde procedía y, aproximando su boca a mi oído derecho, me susurró algo así como esto: «Sígame sin decir palabra, sin la menor pregunta», y echó a andar hacia la puerta de la terraza, adonde le seguí. Pareció vacilar un instante; después dijo: «No pueden haber instalado micrófonos en todas las baldosas», y me encaminó hacia la escalinata que conducía al jardín. Al seguirle, mi cara mostraba la más absoluta indiferencia compatible con la más rigurosa disciplina, pero, en mi interior, me divertía con las congojas del señor general segundo jefe, quien, de pronto se sacó la pipa de la boca, se volvió a mí, y me preguntó:

– ¿Cree usted que también pueden haber instalado un micrófono en el interior de mi pipa?

– Mi general -le respondí-, según mis informes, la técnica soviética ha obtenido resultados asombrosos en la escala de los macro, aunque no en la de los micro, y no he recibido informes de que ninguna marca japonesa trabaje para los soviets, al menos hasta ahora.

– ¿Cree entonces que puedo seguir fumando mientras hablo con usted?

– Sí, pero le ruego que procure echar el humo hacia el lugar adonde se dirige el viento, bien entendido que yo estaré hacia el lado opuesto.

Debiera haber usado, en este caso, la terminología idónea, pero comprendí a tiempo que un agricultor del Middle West ignora por lo común lo que quieren decir barlovento y sotavento. Estábamos en una plazoleta bastante amplia. Miró a su alrededor.

– Yo creo que podemos hablar sin miedo alguno.

– Lo mismo creo, señor.

– Pues bien, me bastarán dos palabras para enterarle de que el Plan Estratégico para la Defensa de los Países del Este nos ha sido robado.

– Yo mismo vi cómo ardía, señor. Unos folios tras otros, hasta el final.

– Había un duplicado.

– ¿Clandestino?

– Por supuesto, y eso nos confina, al menos por un período de diez años, en la más irreparable situación de inferioridad ante las fuerzas del Pacto de Varsovia, salvo si ciertos experimentos con el Rayo Láser resultan. A usted no se le oculta que el Plan elaborado por los rusos, referido a Occidente, revelaba que, al menos en un punto, somos vulnerables, pero también sabe que, según nuestro estudio, los Países del Este serán absolutamente invulnerables… en el caso de que logren hacerse con el texto de nuestro Plan y lo pongan en práctica. Pues bien: ese texto existe y está en venta.

Yo simulé una meditación y fingí un discreto asombro.

– ¿Se sospecha de alguien? -pregunté.

– De todos y de nadie, como es lógico; de nosotros como de los demás. Y le aseguro que al sospechar de mí mismo me armo un lío mental bastante grande, porque estoy convencido de que yo no tuve arte ni parte en el asunto, pero, por razones de método, no puedo dejar de contarme entre los sospechosos.

– ¿Qué piensa de mí, señor?

– Lo mismo que de mí, más o menos. No veo razón alguna para excluirle de la sospecha general. Sonreí.

– ¡Cómo me tranquilizan esas palabras, señor! Que nadie sospechase de mí, que yo fuera el único libre de sospechas, sería lo mismo que acusarme.

El general segundo jefe me miró con cierta curiosidad y con cierta arruga de incomprensión encima de los ojos: posiblemente a su pragmático caletre de cultivador de maíces híbridos, mi respuesta resultase algo abstracta. La arruga sólo duró unos instantes.

– Tengo la obligación de decirle, Monsieur De Blacas, que debe usted, sin pérdida de tiempo, poner en funcionamiento la integridad de su sistema, aunque de momento haya de operar en el vacío, pero no puedo menos de confesarle mi convicción de que, a partir de este momento, el enemigo estará mejor informado que nosotros mismos.

– Mi general -le dije con afectada severidad-, eso equivale, más o menos, a considerarme la única persona capaz de suministrar al enemigo esa información.

Se asustó, me miró asustado.

– ¿Es eso lo que se infiere de mis palabras, coronel?

– Sí, mi general, ni más ni menos.

– Le ruego que me excuse. Lo que yo quería decir…

Tranquilicé su escrúpulo creciente con una carcajada.

– Lo sé, mi general. Que tenemos razones para no fiarnos ni de nosotros mismos.

Se le cayó la preocupación del rostro, al mismo tiempo que la pipa de la boca. Al inclinarse para recogerla, pude observar que llevaba descosida la costura de los fondillos del pantalón, de lo cual deduje (o inferí) la miopía de su mujer.

– Eso es lo que quería decir. Pero usted no desconfiará de mí, ¿verdad?

– Me lo impide la ley, señor.

– Y, ¿si la ley no lo impidiera?

– En ese caso, señor, me lo impediría la confianza ilimitada que tengo en usted.

– ¡Ah, De Blacas, De Blacas, qué susto me había dado!

Y, después de abrazarme, me invitó a tomar una cerveza en el bar, pero yo habría preferido una copa de vino.

3

El Consejo de Guerra secreto acordó retrasar la información a los Estados componentes de la NATO hasta que al resultado de las investigaciones pudiera acompañar la mera noticia con el complemento de que se había recuperado la seguridad, o, por lo menos, la conciencia de estar seguros. Yo, previamente, había tomado la precaución de enterar, por medios bastante tortuosos, a los primeros ministros, de manera que aún no había concluido el Consejo, y ya todos los teléfonos repiqueteaban y todos los embajadores anunciaban su llegada inmediata, obedecientes a órdenes urgentes. El Segundo General en Jefe, en funciones de Mando Supremo a causa de la dimisión que el Mando Supremo acababa de presentar, no sólo estaba perplejo, sino que había enmudecido, y ocultaba tras el humo de la pipa su absoluta incomprensión de lo que sucedía, bastante más complejo que los problemas del cultivo de los maíces híbridos en que con toda seguridad había estado pensando durante la sesión. Quizás el General en Jefe no hubiese adelantado en el razonamiento muchas pulgadas más que su inmediato subordinado, pero, al menos, se había atrevido a decirlo, y lo que recurriera en su conversación, casi monólogo, como un leit-motiv, era la pregunta de qué se proponía quien fuese, y de si también habría sido informada la Prensa acerca de la situación y de su alcance, porque, en tal caso, o se verían obligados a aplicar medidas excepcionales a la libertad de expresión, o a hacer frente a un escándalo no sabía si inimaginable o incalculable. Porque lo menos que se preguntarían los periodistas era si los medios de investigación de que disponen los organismos de defensa estaban al servicio de los países implicados o del enemigo, quien, además, se habría beneficiado de ellos sin esfuerzo alguno; sobre todo, sin esfuerzo económico y sin arriesgar la vida de un solo agente. Habría sido muy difícil hacer comprender a los periodistas y a algunos parlamentarios, sobre todo de las extremas derechas, que los gabinetes de estudio, al igual que los jugadores de ajedrez, si quieren ser de verdad eficaces, tienen que mantener en vigilante ejercicio dos cerebros contrapuestos y a veces contradictorios: no en vano ha dicho alguien que la Historia es la obra de un esquizofrénico, y los Estados Mayores, tienen al menos teóricamente, la obligación de comprenderla. ¡Ah, si aquellos portadores del pensamiento y de la voluntad populares llegasen a saber que nuestro sistema de defensa, durante cierto tiempo inevitable, sería el mismo que habían elaborado los Estados Mayores enemigos…! Pero estas sutilezas no las comprenderán jamás ni la Prensa ni los Parlamentarios. Con objeto de evitar una catástrofe mental aproximadamente colectiva, simbólicamente al menos, suspendí mi juego durante algunos días, empleados en dirigir la investigación más exquisita y también más inúticlass="underline" docenas de especialistas en el contraespionaje, lo más fino del personal a mis órdenes, desfilaron por mi despacho a confesarme su fracaso. Todos dijeron «Nada», menos el que dijo «Lo de siempre». A éste le ordené que volviera al día siguiente, y lo llevé conmigo a dar un paseo en automóvil, en el mío, donde con toda seguridad nadie había instalado micrófonos ni otra clase de delatores.

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