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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

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Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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Dedan cogió unas botas y una coraza mejor que la suya. También reclamó para sí una baraja de cartas y un juego de dados de marfil.

Hespe tomó un caramillo de pastor y metió casi una docena de puñales en el fondo de su macuto con la esperanza de venderlos más adelante.

Hasta Tempi encontró algunos objetos que le interesaron: una piedra de afilar, una cajita de latón para guardar la sal y unos pantalones de lino que se llevó al arroyo y tiñó de color rojo sangre.

Yo cogí menos cosas que los demás. Un puñal pequeño para sustituir al que se me había roto y una navaja de afeitar con el mango de cuerno. En realidad no necesitaba afeitarme muy a menudo, pero me había aficionado a hacerlo en la corte del maer. Me habría gustado seguir el ejemplo de Hespe y quedarme también con algunos puñales, pero mi macuto ya pesaba mucho, pues dentro llevaba la caja del maer.

Quizá todo esto os parezca macabro, pero así es la vida. Los saqueadores acaban siendo saqueados, y el tiempo nos hace mercenarios a todos.

Capítulo 94

Sobre rocas y raíces

Decidimos fiarnos del mapa que habíamos encontrado y atajar en línea recta hacia el oeste atravesando el bosque en dirección a Crosson. Aunque no diéramos con el pueblo, de una manera o de otra saldríamos al camino y nos ahorraríamos muchos kilómetros.

La pierna herida de Hespe nos obligaba a avanzar despacio, y el primer día solo recorrimos diez o doce kilómetros. Durante uno de los numerosos descansos que nos tomamos, Tempi empezó a enseñarme el Ketan en serio.

Yo, insensato de mí, creía que Tempi ya había iniciado la instrucción, cuando en realidad lo único que había hecho hasta ese momento había sido corregir mis errores más espantosos porque le fastidiaban. De la misma manera que a mí me habrían dado ganas de afinarle el laúd a alguien que lo estuviera tocando desafinado.

Aquella instrucción era completamente diferente. Empezábamos por el principio del Ketan y Tempi corregía mis errores. Todos mis errores. Solo en el primer movimiento ya detectó dieciocho, y el Ketan lo componen más de cien movimientos. Enseguida empecé a tener dudas sobre aquel aprendizaje.

Por mi parte, yo empecé a enseñar a Tempi a tocar el laúd. Tocaba notas sueltas mientras caminábamos, y le enseñaba sus nombres; luego le mostraba algunos acordes. El camino parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para empezar.

Esperábamos llegar a Crooson el día siguiente a mediodía. Pero a media mañana encontramos un tramo pantanoso, lóbrego y hediondo, que no estaba marcado en el mapa.

Y allí empezó una jornada de lo más deprimente. Teníamos que comprobar cada paso que dábamos, y avanzábamos muy lentamente. Dedan se sobresaltó y se resbaló, cayéndose y salpicándonos a los demás de agua apestosa. Dijo que había visto un mosquito más grande que su pulgar con una ventosa del tamaño de una horquilla. Le sugerí que quizá fuera un sorbicuelo. Él me sugirió varias cosas desagradables y antihigiénicas que podía hacer yo cuando quisiera.

A medida que avanzaba la tarde, abandonamos la idea de llegar al camino y nos concentramos en cosas más urgentes, como hallar un palmo de terreno seco donde pudiéramos sentarnos sin hundirnos. Pero solo encontramos más ciénagas, hoyas y nubes de mosquitos entusiastas y moscas hambrientas.

El sol empezó a ponerse antes de que hubiéramos salido del pantano, y el tiempo pasó de ser caluroso y bochornoso a frío y húmedo. Continuamos avanzando hasta que por fin el terreno empezó a ascender. Y aunque estábamos todos cansados y empapados, decidimos por unanimidad seguir andando y poner un poco de distancia entre nosotros y los insectos y el olor a plantas podridas.

Había luna llena, de modo que teníamos luz de sobra para encontrar el camino entre los árboles. Aunque había sido un día penoso, todos empezamos a animarnos. Hespe había acabado lo bastante cansada para apoyarse en Dedan, y cuando el mercenario, cubierto de barro, la rodeó con un brazo, ella le dijo que hacía meses que no olía tan bien. Dedan replicó que tendría que rendirse ante el criterio de una mujer tan elegante.

Me puse en tensión, convencido de que sus bromas no tardarían en volverse amargas y sarcásticas. Pero mientras avanzaba detrás de ellos vi el cuidado con que Dedan abrazaba a Hespe. Hespe se apoyaba en él casi con dulzura, lo cual no ayudaba mucho a su pierna herida. Miré a Marten, y el viejo rastreador sonrió mostrando unos dientes muy blancos a la luz de la luna.

Al poco rato encontramos un riachuelo de agua clara y pudimos librarnos del hedor y del barro. Lavamos la ropa y nos pusimos mudas secas. Yo saqué mi capa gastada y raída del macuto y me la ceñí con la vana esperanza de protegerme un poco del frío nocturno.

Estábamos terminando cuando oí cantar a alguien corriente arriba. Todos aguzamos el oído, pero el murmullo del agua nos impedía oír con claridad.

Pero una canción significaba gente, y gente significaba que estábamos llegando a Crosson, o quizá incluso a la posada La Buena Blanca, si el pantano nos había desviado demasiado hacia el sur. Hasta una granja sería preferible a otra noche a la intemperie.

Así que, pese a lo cansados y doloridos que estábamos, la promesa de una cama blanda, una comida caliente y una bebida fría nos dio energías para recoger nuestros fardos y seguir caminando.

Seguimos el curso del riachuelo. Dedan y Hespe todavía caminaban juntos. Oíamos la canción y la perdíamos. Con la lluvia de los días anteriores, el riachuelo iba muy cargado, de modo que el ruido del agua al fluir sobre rocas y raíces bastaba a veces para ahogar incluso el sonido de nuestros propios pasos.

Al final, el riachuelo empezó a ensancharse y se remansó; al mismo tiempo, la maleza se hizo menos espesa y dio paso a un amplio claro.

Ya no se oía cantar. Tampoco veíamos el camino, ni una posada, ni el resplandor de una hoguera. Solo un amplio claro iluminado por la luz de la luna. El riachuelo se ensanchaba hasta formar una reluciente laguna. Y sentada en una roca lisa a orillas de esa laguna…

– Señor Tehlu, protégeme de los demonios de la noche -dijo Marten con voz monótona. Pero su voz sonó más reverente que asustada. Y no desvió la mirada.

– Es… -dijo Dedan-. Es…

– Yo no creo en hadas -intenté decir en voz alta, pero apenas me salió un débil susurro.

Era Felurian.

Capítulo 95

Persecución

Nos quedamos los cinco paralizados. Las lentas ondulaciones de la laguna se reflejaban en la hermosa figura de Felurian, que, desnuda a la luz de la luna, cantaba:

caelanion luhial

di mari felanua

kreata tu ciar

tu alaran di.

dirella. amauen.

loesi an delian

tu nia vor ruhlan

Felurian thae.

Su voz tenía un sonido extraño. Era suave y dulce, y demasiado débil para que pudiéramos oírla al otro extremo del claro. Demasiado tenue para que pudiéramos oírla por encima del rumor del agua y el susurro de las hojas. Y sin embargo, yo la oía. Sus palabras eran claras y tiernas como las notas ascendentes y descendentes de una flauta a lo lejos. Me recordó a algo que no supe identificar.

Era la misma canción que había cantado Dedan cuando nos había contado aquella historia. No entendí ni una sola palabra, salvo su nombre en el verso final. Aun así, sentí su atracción, inexplicable e insistente. Como si una mano invisible se hubiera metido en mi pecho y tirara de mi corazón hacia el claro.

Me resistí. Desvié la mirada y apoyé una mano en el tronco de un árbol cercano para sostenerme.

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