Asuntos de un hidalgo disoluto
- Автор: Faciolince Hector Abad
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Asuntos de un hidalgo disoluto». Краткое содержание книги:
Por benignidad de Alfaguara, al cuarto de hora de conversación, alcanzó el alto cargo de mayordomo de palacio. El vizconde dijo, pues, otra frase, muy distinta a la de arriba: "Bien, Medina, el puesto de mayordomo es suyo. Quiero presentarle una mujer que aprecia los temperamentos humildes y serviles". Tocó una campanilla y poco después hizo su aparición Ángela Pietragrúa, su concubina.
No recuerdo ninguna otra mujer que me haya impresionado tanto desde el primer encuentro de los ojos. Cuando la vi no pude mantener más que un instante su mirada. Miré su talle y sus manos, pero tampoco pude sostener mis ojos en parte alguna de su cuerpo. Una corriente dolorosa me arrugó la garganta y me hizo sentir una especie de vacío en los riñones. Si alzaba los ojos era peor, pero sólo con escucharla ya yo sabía que estaba por entero en sus manos y que para siempre haría lo que ella me ordenara.
¿Seré capaz de describir a la mujer de mi vida? El amor, creo, no tiene nada que ver con la cadera, con el color de la piel o la estatura. En el deslumbramiento del amor a primera vista intervienen factores que desconocemos. Angela Pietragrúa tenía voz clara y suave, despacioso movimiento, manos largas y pelo menos largo. Bah, soy incapaz de describirla, así como ni siquiera era capaz de mirarla. El amor a primera vista es ciego, no mira, no tiene vista.
Ella, como si me conociera desde siempre, empezó a hablarme en su lengua, el italiano, y quizá me recuperé un poco ya que por un instante me sentí menos endeble al pasar del castellano al toscano. Había oído al vizconde dirigirse a una camarera y había podido notar que las consonantes dobles de Alfaguara daban grima, para no hablar de su caótica conjugación de los verbos italianos. Frente a Ángela, aunque sin mirarla, pude desplegar las virtudes de un italiano hablado con acento casi nativo.
Pero aquel noble empedernido tampoco me dejó gozar la dicha de esta superioridad lingüística ya que con un latigazo de su lengua apuntó que hablar sin acento los idiomas foráneos era señal inconfundible de menguado carácter. De aquí, tal vez, el pecado original que nunca conseguí expiar frente a Ángela Pietragrúa: ante ella fui siempre un perdedor.
XIII
En el que se dedican largas y desaforadas páginas al amor inaudito por Ángela Pietragrúa
Bah, puaj, grr, egh, tss, chss, brr, rrrg. Gruñir en un libro es hacer el ridículo; quedar como personaje menor de película cómica. Pero a veces de lo único que quedan ganas es de refunfuñar. Se quedan cortas las onomatopeyas para que mi secretaria y mujer pueda apuntar las erupciones de desagrado que emito por la boca cuando recuerdo mis primeros encuentros con Ángela Pietragrúa, en esos días en que yo era el lameculos del vizconde de Alfaguara. Es difícil escribirlo todo. Por eso no estoy de acuerdo con esos noveles premios Nobel cuya receta consiste en censurar posibilidades de la lengua escrita. No comparto su desprecio visceral por los adverbios; o por el punto y coma, o por los puntos suspensivos o por la exclamación. Son tan escasos los signos de la escritura, que prescindir de ellos es castrarse aún más. Y eso que en castellano, todavía, se pueden transcribir preguntas sorprendidas: "¡Cómo, has nombrado de mayordomo a un joven perseguido político? ¿Y si nos sale revolucionario!" Esto fue lo que Ángela Pietragrúa exclamó o preguntó al vizconde de Alfaguara, su amante oficial, cuando éste la hizo partícipe de mi nuevo cargo. Me vi obligado a explicar con humildad los términos de la carta de recomendación del cardenal Uzbizarreta. No era verdad que me estuvieran persiguiendo por peligroso en mi tierra. Me humillé hasta decir que eran malentendidos, puros malentendidos, lo que me había obligado a abandonar el muy violento país de la paloma.
Es difícil, ahora, entender mi estado de ánimo de entonces. He dicho que el Medina de esos días era un perro azotado, colita entre las piernas, cero ladrido y puro chillido, nada de mordiscos. Tenía dinero suficiente para ponerme casa, comprar coche (como me obligaba a decir mi amo, furibundo con mis carros criollos) y contratar mayordomo español. Habría podido invitar a Alfaguara a cenar a mi casa con más de dieciséis cubiertos por comensal (¡qué incomodidad, joder!) y platos más exquisitos que los de su palacio. Pero yo era un perro azotado y como tal quería sentirme. Serví, serví, y sirviendo me di cuenta de que más indigno que servir es que nos sirvan. Por eso, si me hubieran nombrado empleado de aseo encargado de limpiar los sanitarios de palacio, habría aceptado dando gracias infinitas. Yo me sentía el último de los mortales y como tal quería que me trataran. Ya el cargo de mayordomo me parecía un encumbrado privilegio que no merecía.
En ese momento de oscura depresión conocí a Angela Pietragrúa, la única mujer que he amado. Para decirlo con una frase horrible, diré que ella era una mujer llena de perfecciones corporales, es cierto, pero con un espíritu o un alma (como no hubiera dicho yo ni siquiera en ese entonces) que la hacían digna de todas las atenciones y afectos. De su cuerpo me quedan inocentes limosnas de Mnemósine -recuerdos, pues, si quieren-: un abanico andaluz que ventilaba sus gotitas de agosto en la nariz, un hoyuelo perdido en algún sitio de la cara y la curva del cuello que tanto la inquietaba cuando la recorría mi aliento. Su boca húmeda de estar callada, en mis labios resecos por hablar. Eso digo (mal dicho) del cuerpo. Del alma de Pietragrúa puedo decir que tenía la cualidad insuperable de estar llena de libros. Ángela no desamparaba los libros ni de noche ni de día, como una obsesa leía, y su cabeza estaba llena de citas y personajes librescos. El aspecto, la actitud o las palabras de cualquier persona que encontraba, eran para ella memorandos de alguna obra leída. ¿No te parece, Rodrigo (este era el nombre de pila del vizconde), que la condesa Archibugi es idéntica a madame Verdurin? ¿No es cierto que el mayordomo parece copiado de una novela de Walser?
Es demasiado larga y atormentada la historia de mi amor por Ángela Pietragrúa. Para no hacerla interminable materia de todo un libro, me voy a limitar a lo esencial. La conocí, pues, desde el puesto más ínfimo que ha conocido mi interminable existencia. El vizconde, un falangista con pinta de carnicero untuoso, había dejado su Toledo natal en tiempos de la guerra civil, como contacto italiano con las milicias fascistas que se iban a ayudar a Franco a combatir el comunismo. Y en Turín se había ido quedando, rodeado de un grupo de nostálgicos de la monarquía, cada vez más aporreados por las consultas electorales que favorecían a los republicanos. ¿Pero esto a quién le importa? El vizconde Rodrigo Alfaguara era un facho tenebroso, eso es todo, y trataba a Pietragrúa como a su puta privada y a mí como a su privado. En fin, ella y yo estábamos en condiciones de parecida esclavitud, con la diferencia de que ella a mí me mandaba.
Por muchos meses nuestro único contacto fue el típico intercambio jerárquico entre amo y sirviente. A las órdenes yo respondía con obediencia, a los regaños con humildad. Yo lo hacía todo bien y si alguna vez llegué a cometer errores en mis menesteres, creo que lo hice aposta, pues en ese entonces me hubiera encantado que el vizconde me pegara frente a doña Angela. Lo cual no llegó a suceder sino una vez, y ya al final, cuando mi sumisión llegó al colmo y al mismo tiempo al culmen.