Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Juguete Rabioso - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Juguete Rabioso

Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:

El juguete rabioso es la m?s autobiogr?fica de sus novelas. Est? dividida en cuatro partes que muestran a su protagonista Silvio Astier en diferentes situaciones en las que fracasa sistem?ticamente. En el primer cap?tulo `Los ladrones`, Silvio forma un club con el objetivo de efectuar robos en el barrio, los intentos son frustrados y el club se disuelve. En el segundo, `Los trabajos y los d?as` el protagonista es dependiente de una librer?a pero luego de intentar un incendio, fracasa y debe huir. En el tercero, `El juguete rabioso` Astier ingresa en la Escuela de Aviaci?n como aprendiz, pero lo expulsan. El cap?tulo culmina cuando intenta suicidarse y fracasa. En la parte final, llamadas `Judas Iscariote`, Silvio, ya mayor, entabla amistad con un rengo que es un cuidador de carros, muy humilde, en Flores. El Rengo le cuenta que quiere robar la casa del ingeniero Vitri. El protagonista lo delata y comenta que desea irse al sur.
1 ... 15 16 17 18 19 20 21 22 23 ... 31
Перейти на страницу:

– Entiendo… Está bien… Pero usted debe saber esto: de acuerdo con el calibre de los proyectiles, su peso y la clase del grano de pólvora, se calcula el grosor, diámetro y longitud del cañón. Es decir, que a medida que la pólvora se va inflamando, el proyectil por presión de los gases avanza en el cañón, de forma que cuando ha llegado a la boca de éste, el explosivo ha rendido su máximo de energía.

"En su invento ocurre todo lo contrario. Se efectúa la explosión y el proyectil se desliza por la barra y los gases, en vez de seguir presionándolo, se pierden en el aire, es decir, que si la explosión tiene que seguir actuando durante un segundo de tiempo, usted lo reduce a un décimo o a un milésimo. Es lo contrario. A mayor diámetro, menos uniformidad, más resistencia, a menos que usted haya descubierto una balística nueva, que es medio difícil."

Y terminó agregando:

– Usted tiene que estudiar, estudiar mucho, si quiere ser algo.

Yo pensaba, sin atreverme a decirlo: "Cómo estudiar, si tengo que aprender un oficio para ganarme la vida."

Proseguía:

– Estudié muchas matemáticas; lo que le falta a usted es la base, discipline el pensamiento, aplíquelo al de las pequeñas cosas prácticas, y entonces podrá tener éxito en sus iniciativas.

– ¿Le parece, mi capitán?

– Sí, Astier. Usted tiene condiciones innegables, pero estudie, usted cree que porque piensa lo ha hecho todo, y pensar no es nada más que un principio.

Y yo salía de allí, estremecido de gratitud hacia ese hombre que conocía serio y melancólico y que a pesar de la disciplina, tenía la misericordia de alentarme.

Eran las dos de la tarde del cuarto día de mi ingreso en la Escuela Militar de Aviación.

Estaba tomando mate cocido en compañía de un pelirrojo apellidado Walter, que con entusiasmo conmovedor me hablaba de una chacra que tenía su padre, un alemán, en las cercanías del Azul.

Decía el pelirrojo con la boca llena de pan:

– Todos los inviernos carneamos tres chanchos para la casa. Los demás se venden. Así a la tarde cuando hacía frío, entraba y me cortaba un pedazo de pan, después con el Ford me iba a recorrer…

– Drodman, venga -me gritó el sargento. Detenido frente a la cuadra me observaba con seriedad inusitada.

– Ordene, mi sargento.

– Vístase de particular y entrégueme el uniforme, porque está usted de baja.

Le miré atento.

– ¿De baja?

– Sí, de baja.

– ¿De baja, mi sargento? -temblaba todo al hablarlo. El suboficial me observó apiadado. Era un provinciano de procederes correctos, y hacía pocos días que había recibido el brevet de aviador.

– Pero si yo no he cometido ninguna falta, mi sargento, usted lo sabe bien.

– Claro que lo sé… Pero qué le voy a hacer… la orden la dio el capitán Márquez.

– ¿El capitán Márquez? Pero eso es absurdo… El capitán Márquez no puede dar esa orden… ¿No habrá equivocación?

– Así es, en el detall me dijeron Silvio Drodman Astier… Aquí no hay otro Drodman Astier que usted, creo, ¿no?, así que es usted, no hay vuelta de hoja.

– Pero esto es una injusticia, mi sargento.

El hombre frunció el ceño y en voz baja confidenció:

– ¿Qué quiere que le haga? Claro que no está bien… creo… no, no lo sé… me parece que el capitán tiene un recomendado… así me han dicho, no sé si es verdad, y como ustedes no han firmado contrato todavía, claro, sacan y ponen al que quieren. Si hubiera contrato firmado no habría caso, pero como no está firmado, hay que aguantarse.

Dije suplicante:

– ¿Y usted mi sargento, no puede hacer nada?

– ¿Y qué quiere que haga, amigo? ¿Qué quiere que haga?, si soy igual a usted; se ve cada cosa.

El hombre me compadecía.

Le di las gracias, y me retiré con lágrimas en los ojos.

– La orden es del capitán Márquez.

– ¿Y no se le puede ver?

– No está el capitán.

– ¿Y el capitán Bossi?

– El capitán Bossi no está.

En el camino, el sol de invierno teñía de una lúgubre rojidez el tronco de los eucaliptus.

Yo caminaba hacia la estación.

De pronto vi en el sendero al director de la escuela.

Era un hombre rechoncho, de cara mofletuda y colorada como la de un labriego. El viento le movía la capa sobre las espaldas, y hojeando un infolio respondía brevemente al grupo de oficiales que en círculo le rodeaba.

Alguien debió comunicarle lo sucedido, pues el teniente coronel levantó la cabeza de los papeles, me buscó con la mirada, y encontrándome, me gritó con voz destemplada:

– Vea amigo, el capitán Márquez me habló de usted. Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.

Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires, con estos gritos adentrados en el alma.

"¡Cuando mamá lo sepa!"

Involuntariamente me la imaginaba diciendo con acento cansado:

– Silvio… pero no tienes lástima de nosotros… que no trabajas… que no quieres hacer nada. Mira los botines que llevo, mira los vestidos de Lila, todos remendados, ¿qué piensas, Silvio, que no trabajas?

Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.

Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda… y súbitamente todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad.

"¿Qué será de mí?"

En ese instante, sobre el alma, el cuerpo me pesaba como un traje demasiado grande y mojado.

Ahora, cuando vaya a casa, mamá quizás no me diga nada. Con gesto de tribulación abrirá el baúl amarillo, sacará el colchón, pondrá sábanas limpias en la cama y no dirá nada. Lila, en silencio, me mirará como reprochándome.

– ¿Qué has hecho, Silvio? -y no agregará nada.

"¿Qué será de mí?"

¡Ah, es menester saber las miserias de esta vida puerca, comer el hígado que en la carnicería se pide para el gato, y acostarse temprano para no gastar el petróleo de la lámpara!

Otra vez me sobrevino el semblante de mamá, relajado en arrugas por su vieja pena; pensé en la hermana que jamás profería una queja de disgusto y sumisa al destino amargo empalidecía sobre sus libros de estudio, y el alma se me cayó entre las manos. Me sentía arrastrado a detener a los transeúntes, a coger de las mangas del saco a las gentes que pasaban y decirles: "Me han echado del ejército así porque si, ¿comprenden ustedes? Yo creía poder trabajar… trabajar en los motores, componer aeroplanos… y me han echado así… porque sí.

Me decía:

"Lila, ¡ah!, ustedes no la conocen, Lila es mi hermana; yo pensaba, sabía que podríamos ir alguna vez al biógrafo; en vez de comer hígado, comeríamos sopa con verduras, saldríamos los domingos, la llevaría a Palermo. Pero ahora…

"¿No es una injusticia, digan ustedes, no es una injusticia?…

"Yo no soy un chico. Tengo dieciséis años, ¿por qué me echan? Iba a trabajar a la par de cualquiera, y ahora… ¿Qué dirá mamá? ¿Qué dirá Lila? Ah, si ustedes la conocieran. Es seria: en la Normal saca las mejores calificaciones. Con lo que yo ganara comerían mejor en casa. Y ahora, ¿qué voy a hacer yo?…"

Noche ya, en la calle Lavalle, cerca del Palacio de Justicia me detuve frente a un carteclass="underline"

PIEZAS AMUEBLADAS POR UN PESO

Entré al zaguán iluminado débilmente por una lámpara eléctrica, y en una garita de madera aboné el importe. El dueño, hombre gordo, en mangas de camiseta a pesar del frío, me condujo a un patio lleno de macetas pintadas de verde, y señalándome al mucamo, le gritó:

1 ... 15 16 17 18 19 20 21 22 23 ... 31
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)