Viaje A Ixtlán
- Автор: Кастанеда Карлос Сезар Арана Сальвадор
- Серия: На испанском языке #3
- Год: 1973
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Viaje A Ixtlán». Краткое содержание книги:
Es por el ánimo de formar parte de una tesis doctoral que Viaje a Ixtlán retoma el encuentro entre el autor y don Juan desde su inicio, pero con la suficiente habilidad como para contar nuevas historias y ver lo sucedido desde un distinto ángulo, hecho que convierte el libro en perfectamente válido para las personas que conozcan las anteriores entregas de la serie. Esto, unido a la amenidad de los relatos y la excepcional capacidad del autor para describir situaciones y adentrarse en estados de ánimo propios y ajenos, convierten este libro en uno de los relatos más atractivos de la literatura espiritual y popular de los últimos tiempos. De hecho, una de las características de estos libros es la facilidad con la que el lector se identifica con el personaje encarnado por el autor, participando de las enseñanzas y contrastando sus estados de ánimo con lo que va aconteciendo en los libros.
En relación a las plantas maestras -como el peyote o el honguito-, Castaneda inicia en este libro un suave distanciamiento, reconociendo en la introducción que Don Juan le había contado que los alucinógenos eran sólo uno de los posibles caminos para adentrarse en el arte de percibir la realidad desde un ángulo distinto al habitual. Así, las enseñanzas expuestas en este volumen cuentan con menos relaciones de viajes enteogénicos, y toman un sendero más poético y espiritual, con la narración de un diálogo más completo entre alumno y maestro. Así, en estas conversaciones, nos enfrentamos al camino y a la mística del guerrero, y a la estrategia del cazador -el ser humano que vive sin rutinas, imprevisible para las acepciones de los demás, fluyendo con el momento (hay quien ha querido ver en esto paralelismos con las enseñanzas orientales del zen, y de hecho existe un libro que analiza estas similitudes). El cenit de estas enseñanzas es el arte de parar el mundo, que le conduce nuestro autor a Ixtlán: un aprendizaje para concebir el acontecer como una emanación de espíritu y no como un juego de la materia (que es como nuestra mente representa al mundo).
– Tienen muy buenos ojos -dijo don Juan-. Sólo debes moverte cuando vayan corriendo; por eso, debes aprender a predecir cuándo y dónde van a pararse, para que tú también te pares al mismo tiempo.
Me concentré en vigilarlas, y tuve lo que habría sido un día provechoso para cazadores, pues localicé muchas. Y finalmente, podía predecir sus movimientos casi sin fallar.
Luego, don Juan me mostró cómo hacer trampas para capturarlas. Explicó que un cazador debía tomarse tiempo para observar los sitios donde comían o anidaban, con el fin de determinar la colocación de las trampas; luego las instalaba durante la noche, y al día siguiente todo lo que tenía que hacer era asustar a los roedores para que éstos se dispersaran y cayesen en los artefactos.
Reunimos algunas varas y nos pusimos a construir las trampas. Yo tenía la mía casi terminada y me preguntaba con excitación si funcionaría o no, cuando de pronto don Juan se detuvo y miró su muñeca izquierda, como consultando un reloj qué nunca había tenido, y dijo que era la hora del almuerzo. Yo tenía en las manos una vara larga y trataba de doblarla en círculo para convertirla en aro. Automáticamente la puse a un lado con el resto de mis arreos de caza.
Don Juan me miró con expresión de curiosidad. Luego hizo el sonido ululante de una sirena de fábrica a la hora del almuerzo. Reí. Su sonido de sirena era perfecto. Caminé hacia él y noté que me miraba con fijeza. Meneó la cabeza de lado a lado.
– Con una chingada -dijo.
– ¿Qué pasa? -pregunté.
Volvió a hacer el ulular de un silbato de fábrica.
– Se acabó el almuerzo -dijo-. Regresa a trabajar.
Por un instante me sentí confundido, pero luego pensé que don Juan estaba bromeando, acaso porque en realidad no había nada con que preparar el almuerzo. Me había concentrado en los roedores al grado de olvidar que no teníamos provisiones. Recogí nuevamente la vara y traté de doblarla. Tras un momento, don Juan hizo sonar otra vez su "sirena".
– Hora de irse a la casa -dijo.
Examinó su reloj imaginario y luego me miró y guiñó el ojo.
– Son las cinco en punto -dijo con el aire de quien revela un secreto.
Pensé que de repente se había hartado de cazar y estaba desistiendo del asunto. Simplemente dejé todo y empecé a prepararme para irnos. No lo miré. Supuse que también preparaba sus cosas. Al acabar, alcé la cara y lo vi sentado a unos metros, con las piernas cruzadas.
– Ya acabé -dije-. Podemos irnos cuando sea.
Se levantó para trepar a una roca. Parado allí, a más de metro y medio sobre el suelo, me miró. Puso las manos a ambos lados de la boca y emitió un sonido muy prolongado y penetrante. Era como una sirena de fábrica, amplificada. Girando, describió un círculo completo mientras producía el ulular.
– ¿Qué hace usted, don Juan? -pregunté.
Dijo que estaba dando la señal para que todo el mundo se fuera a su casa. Yo me hallaba completamente desconcertado. No podía saber si don Juan bromeaba o si sencillamente había perdido la razón. Lo observé con atención y traté de relacionar lo que hacía con algo que hubiera dicho antes. Apenas si habíamos hablado en toda la mañana, y no pude recordar nada de importancia.
Don Juan seguía parado encima de la roca. Me miró, sonrió y guiñó de nuevo él ojo. De pronto me alarmé. Don Juan puso las manos a los lados de la boca y dejó oír otro largo sonido de silbato.
Dijo que eran las ocho de la mañana y que volviera a disponer mis arreos, porque teníamos un día entero por delante.
Para entonces, me encontraba hundido en la confusión. En cuestión de minutos, mi temor se convirtió en un deseo irresistible de salir corriendo. Pensé que don Juan estaba loco. Me disponía a huir cuando él se deslizó al suelo y vino a mí, sonriente.
– Crees que estoy loco, ¿no? -preguntó.
Le dije que su inesperado comportamiento me estaba sacando de mis casillas.
Respondió que estábamos a mano. No comprendí a qué se refería. Me preocupaba hondamente la idea de que sus acciones parecían totalmente insanas. Explicó que con la pesadez de su conducta inesperada había tratado a propósito de sacarme de mis casillas, porque yo mismo lo estaba desquiciando con la pesadez de mi conducta esperada. Añadió que mis rutinas eran igual de locas como su ulular de silbato.
Sobresaltado, afirmé que en realidad no tenía ninguna rutina. De hecho, dije, creía que mi vida era un lío a causa de mi carencia de rutinas saludables.
Don Juan rió y me hizo seña de sentarme junto a él. Toda la situación había vuelto a cambiar misteriosamente. Mi miedo se desvaneció al empezar don Juan a hablar.
– ¿Cuáles son mis rutinas? -pregunté.
– Todo cuanto haces es una rutina.
– ¿No somos todos así?
– No todos. Yo no hago cosas por rutina.
– ¿A qué viene todo esto, don Juan? ¿Qué cosa hice o dije para que usted actuara como actuó?
– Te estabas preocupando por el almuerzo.
– Yo no le dije nada; ¿cómo supo usted que me preocupaba por el almuerzo?
– Te preocupas por comer todos los días a eso de las doce, y a eso de las seis de la tarde, y a eso de las ocho de la mañana -dijo con una sonrisa maliciosa-. A esas horas te preocupas por comer, aunque no tengas hambre.
"Para mostrar tu espíritu de rutina, me bastó con tocar mi silbato. Tu espíritu está entrenado para trabajar con una señal."
Se me quedó viendo con una pregunta en los ojos. No pude defenderme.
– Ahora te dispones a convertir la caza en una rutina -prosiguió-. Ya has marcado tu paso en la cacería; hablas a cierta hora, comes a cierta hora, y te quedas dormido a cierta hora.
Yo no tenía nada que decir. La forma en que don Juan había descrito mis hábitos alimenticios era la norma que yo usaba para todo lo de mi vida. Sin embargo, sentía vigorosamente que mi vida era menos rutinaria que las de casi todos mis amigos y conocidos.
– Ya conoces mucho de caza -continuó don Juan-. Te será fácil darte cuenta de que un buen cazador conoce sobretodo una cosa: conoce las rutinas de su presa. Eso es lo que lo hace buen cazador.
"Si recuerdas el modo como te he ido enseñando a cazar, tal vez entiendas lo que digo. Primero te enseñé a hacer y a instalar tus trampas, luego te enseñé las rutinas de los animales que perseguías, y luego probamos las trampas contra sus rutinas. Esas partes son las formas externas de la caza.
"Ahora tengo que enseñarte la parte final, y definitivamente la más difícil. Tal vez pasarán años antes de que puedas decir que la entiendes y que eres un cazador."
Don Juan hizo una pausa como para darme tiempo. Se quitó el sombrero e imitó los movimientos de aseo de los roedores que habíamos estado observando. Me resultó muy gracioso. Su cabeza redonda lo hacía parecer uno de tales roedores.
– Ser cazador es mucho más que sólo atrapar animales -prosiguió-. Un cazador digno de serlo no captura animales porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas. Esa es su ventaja. No es de ningún modo cómo los animales que persigue, fijos en rutinas pesadas y en caprichos previsibles; es libre, fluido, imprevisible
Lo que don Juan decía me sonaba a idealización arbitraria e irracional. No podía yo concebir una vida sin rutinas. Quería ser muy honesto con él, y no sólo estar de acuerdo o en desacuerdo con sus pareceres. Sentía que la idea que él tenía en mente no era realizable ni por mí ni por nadie más.
– No me importa lo que sientas -dijo-. Para ser cazador debes romper las rutinas de tu vida. Has progresado en la caza. Has aprendido rápido y ahora puedes ver que eres como tu presa, fácil de predecir.
Le pedí especificar y darme ejemplos concretos.
– Estoy hablando de la caza -dijo calmadamente-. Por tanto, me interesan las cosas que los animales hacen; los sitios donde comen; el sitio, el modo, la hora en que duermen; dónde anidan; cómo andan. Éstas son las rutinas que te estoy señalando para que tú puedas darte cuenta de ellas en tu propio ser.