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READ-E-BOOK » Эзотерика » Una Realidad Aparte

Электронная книга - «Una Realidad Aparte». Краткое содержание книги:

En estas nuevas conversaciones con su maestro, el brujo yaqui Juan Matus, Carlos Castaneda reanuda su pugna por asimilar el conocimiento arcaico que hace del mundo un lugar pletórico de maravillas y misterios, poblado por entidades extrañas -imágenes arquetípicas, concreciones de energía telúrica-, y que permite al iniciado vivir una vida verdadera y ganar poder sobre las cosas. La batalla del aprendiz es doble, pues además de enfrentar peligros mortales en sus contactos con la 'otra' realidad debe vencerse a sí mismo y superar moldes de pensamiento inculcados desde la infancia. Pasado el estupor de la primera inmersión en lo desconocido, narrada en 'Las enseñanzas de don Juan', este segundo aspecto de la lucha crece en importancia; el relato se vuelve más personal, más inmediato, y se amplía también la visión del ámbito social en el que don Juan se mueve.
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Don Juan me miró con ojos penetrantes. Se levantó, miró a Eligio y luego a Lucio. Se encajó el sombrero en la cabeza, palmeándolo en la copa.

– Es posible insistir, insistir como es debido, aunque sepamos que lo que hacemos no tiene caso -dijo, sonriendo-. Pero primero debemos saber que nuestros actos son inútiles, y luego proceder como si no lo supiéramos. Eso es el desatino controlado de un brujo.

V

El 5 de octubre de 1968 regresé a casa de don Juan con el único propósito de interrogarlo sobre los hechos en torno a la iniciación de Eligio. Al releer el recuento de lo que tuvo lugar entonces, se me había ocurrido una serie de dudas casi interminables. Como buscaba explicaciones muy precisas, preparé de antemano una lista de preguntas, eligiendo cuidadosamente las palabras más adecuadas.

Empecé por preguntarle:

– ¿Vi aquella noche, don Juan?

– Estuviste a punto.

– ¿Vio usted que yo veía los movimientos de Eligio?

– Sí. Vi que Mescalito te permitía ver parte de la lección de Eligio; de otro modo habrías estado mirando un hombre allí sentado, o quizás allí tirado. En el último mitote no notaste que los hombres hicieran nada, ¿o sí?

En el último mitote, yo no había advertido que ninguno de los participantes realizara movimientos fuera de lo común. Le dije que podía asegurar con certeza que todo cuanto había registrado en mis notas era que algunos se levantaban para ir a los matorrales más a menudo que otros.

– Pero casi viste toda la lección de Eligio -prosiguió don Juan-. Piensa en eso. ¿Entiendes ahora lo generoso que es contigo Mescalito? Mescalito jamás ha sido tan bueno con nadie, que yo sepa. Con nadie. Y tú, sin embargo, no tienes en cuenta su generosidad. ¿Cómo puedes volverle la espalda tan de golpe? O quizá debería decir: ¿a cambio de qué le vuelves la espalda a Mescalito?

Sentí que don Juan me acorralaba de nuevo. Me resultaba imposible responder su pregunta. Siempre había creído haber renunciado al aprendizaje para salvarme, pero no tenía idea de qué era aquello de lo que me salvaba, ni para qué. Quise cambiar de inmediato el sentido de nuestra conversación, y para tal fin abandoné la intención de proseguir con mis preguntas premeditadas y expuse mi duda más importante.

– Acaso podría usted decirme más acerca de su desatino controlado -dije.

– ¿Qué quieres saber de eso?

– Dígame por favor, don Juan, ¿qué es exactamente el desatino controlado?

Don Juan rió fuerte y produjo un sonido chasqueante golpeándose el muslo con la mano ahuecada.

– ¡Esto es desatino controlado! -dijo, y nuevamente rió y golpeó su muslo.

– ¿Qué quiere usted decir…?

– Estoy feliz de que, al cabo de tantos años, finalmente me hayas preguntado por mi desatino controlado, y sin embargo no me hubiera importado en lo más mínimo si nunca hubieras preguntado. Pero he decidido sentirme feliz, como si me importara que preguntases, como si importara que me importara. ¡Eso es desatino controlado!

Ambos reímos con ganas. Lo abracé. Su explicación me resultaba deliciosa, aunque no acababa de comprenderla.

Como de costumbre, estábamos sentados en el área frente a la puerta de su casa. Mediaba la mañana. Don Juan tenía delante una pila de semillas y les estaba quitando la basura. Yo había ofrecido ayudarlo pero él rehusó; dijo que las semillas eran un regalo para uno de sus amigos en Oaxaca y que yo no tenía el poder suficiente para tocarlas.

– ¿Con quiénes practica usted el desatino controlado, don Juan? -pregunté tras un silencio largo.

El chasqueó la lengua.

– ¡Con todos! -exclamó, sonriendo.

– Entonces, ¿cuándo decide usted practicarlo?

– Cada vez que actúo.

En ese punto sentí necesidad de recapitular, y le pregunté si desatino controlado significaba que sus actos no eran nunca sinceros, sino sólo los actos de un actor.

– Mis actos son sinceros -dijo-, pero sólo son los actos de un actor.

– ¡Entonces todo lo que usted hace debe ser desatino controlado! -dije, verdaderamente sorprendido.

– Sí, todo -dijo él.

– Pero no puede ser cierto -protesté- que cada uno de sus actos sea únicamente eso.

– ¿Por qué no? -replicó con una mirada misteriosa.

– Eso significaría que nada tiene caso para usted y que nada ni nadie le importan en verdad. Yo, por ejemplo. ¿Quiere usted decir que no le importa si yo me convierto o no en hombre de conocimiento, o si vivo, si muero, si hago cualquier cosa?

– ¡Cierto! No me importa. Tú eres como Lucio, o como cualquier otro en mi vida, mi desatino controlado.

Experimenté una peculiar sensación de vacío. Obviamente no había en el mundo razón alguna para que yo hubiera de importarle a don Juan, pero a la vez yo tenía casi la certeza de que se preocupaba por mi en lo personal; pensaba que no podía ser de otro modo, pues siempre me había dedicado su atención completa durante cada momento que yo había pasado con él. Se me ocurrió que acaso don Juan sólo decía eso por estar molesto conmigo. Después de todo, yo abandoné sus enseñanzas.

– Siento que no estamos hablando de lo mismo -dije-. No debía haberme puesto como ejemplo. Lo que quise decir es que debe haber algo en el mundo que a usted le importe en una forma que no sea desatino controlado. No creo que sea posible seguir viviendo si nada nos importa en realidad.

– Eso se aplica a ti -dijo-. Las cosas te importan a ti. Tú me preguntaste por mi desatino controlado y yo te dije que todo cuanto hago en relación conmigo mismo y con mis semejantes es precisamente eso, porque nada importa.

– La cosa es, don Juan, que si nada le importa, ¿cómo puede usted seguir viviendo?

Rió, y tras una pausa momentánea, en la que pareció deliberar si responderme o no, se levantó y fue al traspatio de su casa. Lo seguí.

– Espere, espere, don Juan -dije-. De veras quiero saber; debe usted explicarme lo que quiere decir.

– A lo mejor no es posible explicar -dijo él-. Ciertas cosas de tu vida te importan porque son importantes; tus acciones son ciertamente importantes para ti, pero para mí, ni una sola cosa es importante ya, ni mis acciones ni las acciones de mis semejantes. Pero sigo viviendo porque tengo mi voluntad. Porque he templado mi voluntad a lo largo de toda mi vida, hasta hacerla impecable y completa, y ahora no me importa que nada importe. Mi voluntad controla el desatino de mi vida.

Se acuclilló y pasó los dedos sobre unas hierbas que había puesto a secar al sol en un gran trozo de arpillera.

Me hallaba desconcertado. Jamás habría podido anticipar la dirección que mi interrogatorio había tomado. Tras una larga pausa, pensé en un buen punto. Le dije que en mi opinión algunos actos de mis semejantes tenían importancia suprema. Señalé que una guerra nuclear era definitivamente el ejemplo más dramático de un acto así. Dije que, para mí, destruir la vida en toda la faz de la tierra era un acto de enormidad vertiginosa.

– Crees eso porque estás pensando. Estás pensando en la vida -dijo don Juan con un brillo en la mirada-. No estás viendo.

– ¿Me sentiría distinto si pudiera ver? -pregunté.

– Una vez que un hombre aprende a ver, se halla solo en el mundo, sin nada más que desatino -dijo don Juan en tono críptico.

Hizo una pausa y me miró como queriendo juzgar el efecto de sus palabras.

– Tus acciones, así como las acciones de tus semejantes en general, te parecen importantes sólo porque has aprendido a pensar que son importantes.

Puso una inflexión tan peculiar en la palabra "aprendido" que me forzó a inquirir a qué se refería con ella.

– Aprendemos a pensar en todo -dijo-, y luego entrenamos nuestros ojos para mirar al mismo tiempo que pensamos de las cosas que miramos. Nos miramos a nosotros mismos pensando ya que somos importantes. ¡Y por supuesto tenemos que sentirnos importantes! Pero luego, cuando uno aprende a ver, se da cuenta de que ya no puede uno pensar en las cosas que mira, y si uno no puede pensar en lo que mira todo se vuelve sin importancia.

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