La Provincia Del Hombre
- Автор: Канетти Элиас
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:
No debemos ocuparnos inmediatamente de las cosas con demasiada profundidad. No se saca nada tratando el momento como algo que agota. Puede ser muy bien que a veces lo sea, pero él no debe saberlo. El momento vano es un momento perdido. En su inocencia está su belleza y su fuerza. Los momentos dispersos, dispersos a lo largo de los años, aquellos que valen para la contemplación de un objeto, se suman de un modo misterioso, y luego, de repente, todo adquiere unidad y profundidad.
Podemos amar apasionadamente a varios hombres a un tiempo, y con cada uno de ellos va ocurriendo todo como si él fuera el único, y no regateamos nada, ni miedo, ni afán, ni cólera, ni tristeza, y de vez en cuando el todo empieza a crecer y crecer hasta que llega a una violencia tal que, de repente, actuamos como varios hombres, cada uno con su sentido propio, pero todos a un tiempo; y lo que luego va a resultar de esto no lo sabe nadie.
Los profetas predicen lo antiguo en medio de lamentaciones.
El que los dioses mueran hace a la muerte todavía más insolente.
Los dioses, nutridos de adoración, muertos de inanición en el anonimato, recordados en los poetas, y luego – no antes – eternos.
Entre dos juicios sobre el hombre – básicos y a la vez contrapuestos – se mueve hoy en día todo lo que ocurre en el mundo:
1. Todo el mundo es aún demasiado bueno para la muerte.
2. Todo el mundo es justo lo suficientemente bueno para la muerte.
Entre estas dos opiniones no hay conciliación. Una u otra vencerá. En modo alguno está decidido cuál va a vencer.
Lo más difícil de todo: descubrir una y otra vez lo que uno, de todos modos, ya sabe.
Los psicoanalistas creen que tienen el hilo de Ariadna del laberinto al cual nos llevan. Lo que tienen son sólo los nudos con los que vuelven a atar este hilo, que se ha roto miles de veces; entre nudo y nudo no tienen nada. Laberintos los hay en número incontable; ellos creen que es siempre el mismo.
El movimiento es, sin duda alguna, un remedio para la paranoia incipiente. La intensidad de este tipo de perturbación tiene que ver con lo estético. Uno se comporta como si un lugar concreto estuviera amenazado, el lugar en el que uno está, y por nada del mundo puede uno moverse de allí. La sobrevaloración de este lugar de asentamiento resulta a menudo una verdadera ridiculez; puede ser un sitio mal escogido y carente de todo valor. Uno estaría mucho mejor y más seguro en otra parte. Pero se obliga a estar exactamente allí donde está; a defenderse en todos los puntos de este ámbito concreto; a no ceder nada de él; a recurrir a todos los medios para esta defensa, a los más desesperados y despreciables: uno se comporta, en una palabra, como un pueblo que está defendiendo su territorio. Llama la atención la semejanza que existe entre esta situación particular y la política de un Estado. La unidad de un pueblo consiste fundamentalmente en que, en determinadas circunstancias, puede actuar como un individuo que padece manía persecutoria. Tanto en un caso como en el otro lo que está en juego es un trozo de suelo, la base que necesita uno para asentar sus pies a fin de que éstos le mantengan erguido. Esta especie de enraizamiento, que puede llegar a ser tan peligroso, a menudo se salva en el momento en el que uno, de un modo rápido y enérgico, lo destruye; y, según esto, deberíamos decirnos que, justamente estas migraciones forzosas de pueblos enteros – que detestamos o lamentamos -, en circunstancias favorables, pueden llegar incluso a la curación de su paranoia patriótica.
Es esperanzador que la tierra entera se llame como cada trozo de ella.
Alemania, destruida al empezar el año como jamás un país ha sido nunca destruido. Y si es posible destruir así un país. ¿Cómo es posible que esta no vaya más allá de Alemania?
Las ciudades mueren, los hombres se meten todavía más en la tierra.
En muchas de las ciudades que hoy están destruidas estuve yo cuando se encontraban en un mejor momento, pero en muchas otras ciudades, que fueron destruidas también, no he estado; así que, hoy en día, todo el mundo tiene cosas que no podrá ver en su vida, a ningún precio, cosas que de un modo rápido, repentino, inmisericorde han dejado de ser visibles.
Las cosas mejorarán ¿Cuándo? Cuando manden los perros.
En Alemania han ocurrido todas las posibilidades históricas que aún tienen los humanos. Todo lo pretérito se ha revelado a un tiempo. De repente, lo sucesivo apareció como simultáneo. No quedó nada excluido; no quedó nada olvidado. A nuestra generación se le reservó la posibilidad de enterarse de que los mejores esfuerzos del hombre son inútiles. Lo malo, dicen los acontecimientos de Alemania, es la vida misma. La vida no olvida nada, lo repite todo, y uno no sabe ni siquiera cuándo. La vida tiene distintos humores, en esto estriban sus más grandes miedos. Pero por lo que hace al contenido, a la esencia concentrada de los siglos, no hay posibilidad alguna de influir sobre la vida; a quien la estruja demasiado le salen gotas de pus en la cara.
El hundimiento de los alemanes nos toca más de cerca de lo que queremos admitir. Son las dimensiones del engaño en que han vivido, lo gigantesco de su engaño, la inmensa ceguera de su fe desesperada lo que no nos deja en paz. Hemos detestado siempre a aquellos que han pegado con cola los trozos de esta fe repugnante, a los pocos realmente responsables cuyo espíritu pudo llegar justamente hasta ahí; pero todos los demás que no han hecho otra cosa que creer, en pocos años, con una pasión concentrada tan grande como la que los judíos lograron reunir a lo largo de siglos, que tuvieron vida y apetencias suficientes como para querer realmente un paraíso en la tierra, un dominio sobre el mundo entero, como para querer matar, en aras de este empeño, todo lo que quedara fuera de él, como para morir ellos mismos por este empeño, todo en el más breve tiempo posible; estos incontables conejillos de indias de la fe, en la flor de su vida, rebosantes de salud, sencillos, marcando el paso, condecorados para la fe, adiestrados para la fe, adiestrados como jamás lo estuvo un mahometano ¿qué son ahora realmente si su fe se viene abajo? ¿Qué queda de ellos? ¿Qué les habían preparado además de esto? ¿Qué otra vida podrían empezar ahora? ¿Qué son cuando les falta su terrible fe militar? ¿Cómo sienten su impotencia, porque para ellos no había nada más que poder? ¿En qué pueden caer aún? ¿Qué puede recogerles?
Tal vez porque entre esta guerra y la siguiente ni siquiera se nos permitirá respirar profundamente, ésta no va a llegar nunca.
Un invento que falta todavía: hacer reversibles las explosiones.
Dos tipos de personas: a unos les interesa lo estable de la vida, la posición que es posible alcanzar, como esposa, director de escuela, miembro de consejo de administración, alcalde; tienen siempre la vista fija en este punto que un día se metieron en la cabeza; incluso a los demás hombres no los pueden ver si no es rodeando este punto; y no hay más que posiciones, todo lo demás que está alrededor no cuenta y lo pasan por alto sin enterarse siquiera de que existe. El otro tipo de personas quieren libertad, sobre todo libertad frente a lo establecido. Les interesa el cambio; el salto en el que lo que está en juego no son escalones, sino aberturas. No pueden resistir ninguna puerta ni ninguna ventana y su dirección es siempre hacia afuera. Saldrían corriendo de un trono del cual, en caso de que estuvieran sentados en él, ninguno de los del primer grupo sería capaz de levantarse ni un milímetro.