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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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— Nosotros también queremos comenzar el mundo otra vez. ¡Llévanos ante tu cabecilla!

Y él regresaría corriendo al campamento, riendo y gritando, exclamando que había encontrado a otros seres humanos, a una tribu entera de hombres y mujeres, de niños y niñas, con nombres como Migg-wungus, y Kik-kik-kik, y…

Se detuvo de pronto, la nariz le aleteaba. Tenía el órgano sensitivo erecto y vibrante. Algo andaba mal.

En la quietud de la noche percibió los sonidos de otra tribu. Esta vez con suma claridad. Eran sonidos muy extraños. Un chillido muy agudo mezclado con un grueso resoplar… un sonido peculiar… un sonido desagradable…

No eran sonidos de otra tribu. No.

No eran sonidos humanos:

Hresh lanzó su segunda vista tal como le había enseñado Thaggoran. Durante un instante, todo fue confuso y borroso. Pero luego — afinó la percepción con mayor claridad y el entorno adquirió nitidez. Al otro lado de las rocas había una docena de criaturas. Tenían el tamaño de un hombre, pero se movían a gatas, y los miembros tenían un aspecto veloz y poderoso. Los ojos, rojos y encendidos, eran pequeños, brillantes y feroces, y tenían largos dientes afilados que emergían de los hocicos puntiagudos como dagas. Tenían el cuerpo cubierto de tupido vello gris, y los órganos sensitivos se sacudían en sus espaldas como lagos látigos delgados, rosados y casi sin pelo.

No. No eran humanos. En absoluto.

Se movían en círculo, y daban vueltas de modo vacilante y furtivo. De vez en cuando se detenían para olisquear el aire. Hresh no comprendía el lenguaje en que hablaban, pero el significado de las palabras se recortó con toda claridad ante su segunda vista:

— Carne… carne… carne… comer… comer… comer… comer carne…

El hjjk había dicho que en el valle se congregaban los zorros-rata. Os quitarán el pellejo, porque vosotros sois de carne y ellos están muy hambrientos. Koshmar no se había mostrado muy alarmada al oírlo. Tal vez creía que el hjjk mentía; tal vez pensaba que los zorros-rata no existían. Pero, ¿qué otras criaturas podían ser aquellos seres resoplantes de largos dientes y ojos rojos, sino los zorros-rata de los que el hjjk había querido prevenirlos?

Hresh dio medía vuelta y echó a correr.

Corrió desesperadamente, rodeando agudos colmillos de roca, dejando atrás lomos arenosos, internándose en el lecho seco del lago… arañando en la oscuridad, perdiendo en la premura su cesta de yesca, luchando por llegar al campamento de la tribu. Le asaltó la cualidad ignota de la oscuridad. Algo grande, con alas y ojos saltones de color amarillo verdoso, zumbó alrededor de su cabeza. Lo apartó de un manotazo y siguió corriendo. Cien pasos más allá, ante él se irguió otro ser parecido a tres largas cuerdas negras paralelas, que se enroscaba y mecía bajo la fría y pálida luz de las estrellas. Hresh salió disparado hacia un lado y no volvió la vista atrás.

Sin aliento, jadeante, se abalanzó sobre el campamento.

— ¡Los zorros-rata! — gritó, señalando hacia la noche —. ¡Los zorros-rata! ¡Los he visto! — Y corrió tropezando, exhausto, casi hasta los mismos pies de Koshmar.

Temía que no le creyesen. Él era sólo el salvaje Hresh, Hresh, el de las preguntas, Hresh, el de los, problemas, ¿no era así? Pero por una vez le prestaron atención.

— ¿Dónde estaban? — le preguntó Koshmar, imperiosa — ¿Cuántos? ¿De qué tamaño?

Harruel comenzó a entregar espadas a todos excepto a los niños más pequeños. Thaggoran, acuclillado ante el fuego, apuntó su órgano sensitivo hacia el lago seco para captar las emanaciones de los zorros-rata.

— Se acercan! — gritó el anciano —. ¡Los percibo, se dirigen hacia aquí!

Koshmar, Torlyri y Harruel, espadas en mano tomaron posiciones hombro con hombro en el sector occidental del campamento. Qué imponentes se ven, pensó Hresh: la cabecilla, la sacerdotisa, el gran guerrero. Detrás de ellos se alzaban nueve más, y luego otra hilera de a nueve. En medio, quedaban protegidos los niños y las mujeres embarazadas.

Oyó que Koshmar invocaba los nombres de los Cinco Celestiales, la vio hacer las Cinco Señales, y luego, repetidas veces, la señal de Yissou, el Protector.

También él murmuró una plegaria a Yissou. De toda su tribu solo él había visto a los zorros-rata, a los largos hocicos, los feroces ojos diminutos, las aguzadas hojas de los dientes.

— Durante un intervalo interminable, nada sucedió. Los guerreros que custodiaban el acceso al campamento caminaban en círculos impacientes. Hresh comenzó a preguntarse si no habría soñado los zorros-rata allí en la oscuridad. Se preguntó, también, con qué severidad lo reprendería Koshmar, en caso de que resultara ser una falsa alarma.

Pero entonces, de repente, el enemigo cayó sobre ellos. Hresh oyó unos terribles chillidos agudos, y percibió un extraño olor nauseabundo; un instante más tarde, el campamento quedó invadido.

— ¡Yissou! — exclamó Koshmar —. ¡Dawinno!

Los zorros-rata se abalanzaban desde todos los puntos a la vez, saltando, rechinando, rugiendo, mostrando los dientes.

Las mujeres comenzaron a gritar, y también algunos de los hombres. Nadie había visto jamás animales como ésos, animales que comían carne y utilizaban los dientes como armas. Y nadie había luchado nunca antes de ese modo: era una lucha de verdad, no sólo una trifulca social entre amigos. Era una batalla por la supervivencia. Todo había sido tan cómodo en el capullo… tan protegido, Pero ya no estaban en el capullo.

La horda de zorros-rata los cercaba, como si buscara dispersarlos para dar con los miembros más débiles de la tribu. El olor fétido que despedían saturaba el aire. Bajo la vacilante luz del fuego, Hresh atisbó sus ojos redondos y rojos, los órganos sensitivos largos y desnudos. Eran tal como los había percibido con su segunda vista hacía un momento, pero tal vez más repulsivos. ¡Qué seres espantosos, qué monstruos!

Se replegó hacia el centro del grupo, sosteniendo la espada que Harruel le había dado, sin estar muy seguro de qué hacer con ella. Había que tomarla por aquí, ¿verdad? Y lanzarla… ¿hacia arriba? Que se acerque uno de esos zorros-rata y lo sabría al instante, se dijo.

La inmensa figura de Harruel se recortaba contra la oscuridad, propinando golpes, gritando, golpeando de nuevo… Y allí estaba la valiente Torlyri, manteniendo a raya a puntapiés a una de las bestias mientras atravesaba a otra con la punta de la espada. Lakkamai luchaba bien, y también Konya y Staip. Salaman, quien no era mucho mayor que el mismo Hresh, abatió a dos con sucesivos golpes de espada. Koshmar parecía estar en todas partes al mismo tiempo, empleando no sólo el afilado extremo de la espada, sino también el mango, lanzándolo con regocijo sediento de sangre a la dentada boca de un zorro-rata tras otro. Hresh escuchaba unos aullidos pavorosos. Los zorros-rata se gritaban entre sí en lo que sólo podía ser una especie de idioma: «Matar… matar… matar… carne… carne…» Y alguien, un humano, emitía un grave murmullo de temor.

Entonces, tan rápidamente como comenzó, la batalla pareció terminar.

Al cabo de un momento todo quedó inmóvil. Harruel permanecía de pie, reclinado sobre la espada, respirando con dificultad y limpiando un hilo de sangre que le corría por el muslo. Torlyri estaba de rodillas, temblando de terror y repitiendo una y otra vez el nombre de Mueri. Koshmar, con la espada preparada, buscaba más agresores, pero habían desaparecido. Por todas partes se veían zorros-ratas muertos, ya casi rígidos, más espantosos en muerte que en vida.

— ¿Hay alguien herido? — preguntó Koshmar —. Responded cuando oigáis vuestro nombre. ¿Thaggoran?

Silencio.

— ¿Thaggoran? — repitió con intranquilidad, pero no se escuchó respuesta alguna —. Búscalo — ordenó a Torlyri. ¿Harruel?

— Sí.

— ¿Konya?

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