El puente de los asesinos
- Автор: Перес-Реверте Артуро
- Серия: La flotte perdue: Par-delà la frontière #7
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические приключения
Электронная книга - «El puente de los asesinos». Краткое содержание книги:
«Diego Alatriste bajó del carruaje y miró en torno, desconfiado. Tenía por sana costumbre, antes de entrar en un sitio incierto, establecer por dónde iba a irse, o intentarlo, si las cosas terminaban complicándose. El billete que le ordenaba acompañar al hombre de negro estaba firmado por el sargento mayor del tercio de Nápoles, y no admitía discusión alguna; pero nada más se aclaraba en él.»
Nápoles, Roma y Milán son algunos escenarios de esta nueva aventura del capitán Alatriste. Acompañado del joven Íñigo Balboa, a Alatriste le ordenan intervenir en una conjura crucial para la corona española: un golpe de mano en Venecia para asesinar al dogo durante la misa de Navidad, e imponer por la fuerza un gobierno favorable a la corte del rey católico en ese estado de Italia.
Para Alatriste y sus camaradas -el veterano Sebastián Copons y el peligroso moro Gurriato, entre otros-, la misión se presenta difícil, arriesgada y llena de sorpresas. Suicida, tal vez; pero no imposible.
Cada uno de nosotros, observé, esperaba según era. Ignorantes de lo que nos deparaba el destino, seguros por lo que había contado el capitán de que la encamisada sería de las de echarlo todo a doce, pasábamos el rato a vueltas con el vino y nuestros pensamientos. A nadie escapaba que caer en manos de los venecianos, antes o después de incendiar el Arsenal, podría suponer uno de esos malos trances en los que, por un sí o por un no, reniegas de la madre que te puso en el mundo. Y en ésas, aunque entre nosotros no faltaba la charla mesurada, con las inquietudes lógicas del destino que nos aguardaba bajo el mítico nombre de Venecia, lo que predominaba eran los silencios.
Callaba el moro Gurriato, como solía. Sin probar el cáramo, cerca del fuego que le hacía danzar sombras y reflejos en el cráneo rapado, los aros de plata de las orejas y el brazalete de la muñeca, engrasaba el cuero de su talabarte con la rutina del soldado profesional en que se había convertido. La luz rojiza acentuaba lo bermejo de su barba y permitía apreciar la extraña cruz, con rombos en las puntas, tatuada en su mejilla izquierda. Era la primera vez que el mogataz visitaba el septentrión italiano, o ponía los pies en una plaza tan espesamente fortificada como lo era el Milán de la monarquía católica, y estaba impresionado. No era nuestro amigo hombre de muchos verbos, aunque sí de ésos observadores y sentenciosos que, a manera de viejos campesinos, son capaces de resumir complejos pensamientos en breves dichos, fruto de una experiencia que no está en los libros sino en la vida, el paisaje y el corazón del hombre. Como guerrero profesional que era, Aixa Ben Gurriat admiraba en Milán, más todavía que en Orán o Nápoles, el poderoso ejército de la nación a la que servía, nuestra puntual disciplina y los enormes respaldos de toda clase, desde intendencia a postas y correos, que mantenían aceitada la vasta máquina militar.
Sentado junto al moro Gurriato, sorbía su vino toscano mirando el fuego Sebastián Copons, a quien de antiguo conocen vuestras mercedes: pequeño, flaco, sufrido, duro como un ladrillo, sobrio de pensamiento y maneras, fiable y leal hasta el sacrificio. Era el más viejo camarada del capitán Alatriste, con quien su vida soldadesca venía cruzándose casi treinta años, desde el coletazo final del siglo viejo en Flandes, cuando el asedio y combate de Bomel, la defensa del fortín de Durango, los motines de las tropas mal pagadas y la impasible retirada del tercio de Cartagena entre las dunas de Nieuport. Quizá calculaba, pensé observándolo, cuánto la empresa veneciana podría significarle al fin, tras una larga vida de trabajos, peligros y zozobras. La única ambición confesa que conservaba el aragonés, perdidas todas las demás en campos de batalla de Europa y el Mediterráneo, era un talego de oro con el que conseguir una casa, una mujer y una silla confortable desde la que ver ponerse el sol en las peñas altas de los mallos de Riglos, en su tierra de Huesca, envejeciendo sin que el redoble del tambor, las órdenes, el resonar del acero, el polvo del interminable caminar de la infantería, fuesen más que recuerdos lejanos. Sin preguntarse cada día a quién iba a degollar o por quién podría ser degollado.
Aquella noche en el castillo milanés procuré asimismo estudiar a los otros camaradas, pues con ellos iba a compartir peligros, y de su temple o sus flaquezas dependería mi suerte. El único al que conocía, y me dejaba más que tranquilo por ese lado, era Juan Zenarruzabeitia, que había sido caporal con la infantería embarcada a bordo de la Caridad Negra, y uno de los pocos vizcaínos de la compañía del capitán Machín de Gorostiola que habían sobrevivido al sangriento combate de las bocas de Escanderlu. Aunque en la milicia, como en el resto de España, a todos los vascongados, incluso a los que como yo éramos nacidos en Guipúzcoa, nos daban el nombre común de vizcaínos, Zenarruzabeitia era de verdad de Vizcaya, alumbrado en Durango, y su apariencia no desmentía la patria del apellido: nariz fuerte, una sola ceja negra de sien a sien, barba cerrada, manos grandes, aire taciturno y un habla castellana que, si en lo reposado era casi tan correcta como la mía, cuando la usaba en caliente y espada en mano salía recortada a tijeretazos, con el orden de las palabras puesto como Dios daba a entender:
– Turcos de hembra son, o así de puta, como lo cuentas tú, vizcaíno -le habíamos oído decir en Escanderlu cuando saltó a la Mulata de los últimos y trayéndose la bandera del rey, sin resuello, con la espada partida por la mitad, roja de sangre, y su galera hundiéndose detrás.
Manuel Pimienta y Pedro Jaqueta mataban el tiempo escurriendo lo que quedaba en las garrafas y sobando una baraja que, de tan usada, no tenían sus naipes esquinas. Eran lo contrario de Copons y el capitán Alatriste: locuaces, alegres, bienhumorados, campechanos, con apariencia de soldadotes de amontonada valentía, muy desgarrados a lo Cristo me lleve. Manejaban la descuadernada como tahúres, haciéndose trampas el uno al otro con absoluta desvergüenza, sin recato ninguno.
– A mí, pardiez, que las vendo.
– Serán flores. Así que menos lobos conmigo, señor soldado.
– ¿No os lo dije? Ecomi, compaño… Alzo por el as y envido las veintiuna… Pagad.
– ¡Cuerpo del mundo y de la putaña!… Por mi fe de cordobés, que antes me vuelvo moro.
– Ya estáis a medio camino.
– ¡Voto al dio y a las barbas de su padre!
Los dos eran morochos de aspecto, rizados de pelo grasiento y negro, patilludos, con aretes de oro en las orejas y mostachos fieros de los que se mordían las puntas. Llevaban las espadas en anchos tahalíes de cuero repujado, solían vestir de buen paño, cada uno con su escapulario, su crucifijo de oro y su agnusdéi de plata colgados al cuello, y se persignaban con la misma soltura que blasfemaban. Por las facciones parecían hermanos, aunque no lo eran -de leche de daifa, decían ellos-. Pimienta era cordobés, joya natural del barrio del Potro, y Jaqueta pregonaba la fama del no menos ilustre Perchel de Málaga; aunque ninguno habría hecho mala estampa en las almadrabas del duque de Medina Sidonia, en la cárcel de Sevilla o al remo de una galera. Sonrientes, bromistas, rápidos, peligrosos y acuchilladizos, ceceaban igual que bellacos y tenían maneras de bravos de contaduría, de los que salen más diestros de lengua que de temeraria; pero infeliz quien así lo creyera. Eran liberales, de bolsa escotada. Sus hojas de servicio resultaban impresionantes y los situaban en las antípodas de esos fanfarrones que arrastraban la espada y hablaban alto en garitos y mancebías, tornilleando al granizar sobre los arneses. Habían estado en las tomas de Larache y La Mámora, en las galeras de España y de Sicilia, en la guerra de la Valtelina y en las batallas de Hoechst y Fleurus, antes de pasar a Nápoles.
– ¿Echa voacé una manita, señor Quartanet?
– Otro día. Mersi.
El sexto miembro del grupo era el catalán Jorge Quartanet, tirando a rubio, treintañero largo, educado de parola, seco de trato, hombre de cuajo y fiar en malos trances, a quien el capitán Alatriste había elegido por conocerlo también de antiguo. Juntos habían estado en la batalla de la Montaña Blanca y el sitio de Berg-op-Zoom. Procedía de una familia de campesinos de las montañas de Lérida, de donde salió de muchacho para seguir las banderas del rey. Era escueto y sufrido al uso de su tierra, y hecho a batirse. De los que asientan los pies en el suelo, desenvainan, cierran la boca, y no los mueves del sitio sino cuando ha terminado todo; y eso para darles sepultura pocos pasos más allá. Caso insólito entre los soldados españoles, Quartanet no gastaba en quínolas, hembras ni colar ermitas, y era de los pocos que en mi vida conocí con ahorrillos en el petate. En la Montaña Blanca, donde siete años atrás había peleado, como el capitán Alatriste, en la compañía del capitán Bragado y bajo las órdenes de los señores Bucquoi y Verdugo, fue él quien apresó al joven príncipe de Anhalt después de que la caballería católica cogiese de flanco a sus caballos corazas y los arrojara en desorden sobre la infantería bohemia, que vacilaba desamparada y a punto de retirarse. Fue en ese momento, viendo herido en mitad del combate al mozo Anhalt, por tierra y apresada una pierna en el flanco del caballo, cuando Quartanet se abrió paso hasta él y le puso la espada en la canal maestra, intimándolo en lengua catalana, que el otro comprendió de maravilla -no hay mejor trujimán que un acero desnudo-, a entregársele a discreción o verse despachado como un cochino.