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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– A pesar de todo, voy a ir.

Y se encaminó hacia la puerta abierta, dándose de bruces contra un hombre alto y bien parecido hacia quien Racheli alzó la vista, y aun en aquella situación, pensó con desaliento, hasta se fijó en sus ojos oscuros, que escrutaban a los ocupantes del despacho. Luego dijo con voz serena y autoritaria:

– Discúlpenme, ¿ha informado alguno de ustedes de una muerte? Somos de la policía.

– Sígame -le repuso Klein, y esperó unos segundos al policía, que echó un último vistazo a la habitación, demorándose, según advirtió Racheli, en la contemplación de Yael, quien permanecía quieta en su silla, como si su espíritu estuviera vagando por otros parajes.

5

El superintendente Michael Ohayon no dudaba que a Shaul Tirosh le habría horrorizado la sola idea de ofrecer aquel aspecto. Por lo que al hedor se refería, el pañuelo pulcramente planchado que Ohayon se llevó a la nariz no sirvió para camuflarlo.

Resultaba imposible asociar aquel cuerpo abotagado, las facciones desdibujadas, los regueros de sangre seca sobre la camisa blanca y el traje gris, coagulados bajo la nariz y los lóbulos de las orejas, con la figura que Michael recordaba nítidamente de su época de estudiante de Historia, cuando se apuntó a un curso sobre la poesía hebrea a partir de la Ilustración: aquel hombre alto y elegante que asumía sobre la tarima una pose espectacular, los brazos colgando, totalmente relajado, y hablaba con elocuencia, sin consultar sus notas, en la gran aula del edificio Mazer, del antiguo campus de Givat Ram.

En el rincón del despacho donde ahora se revelaban las ruinas de aquella gloria, un marchito clavel marrón daba grotesco testimonio desde el suelo de la perfección estética que en su día poseyó el cadáver hinchado que ahora contemplaban los ojos experimentados, pero todavía sin curtir, del policía.

«Esa calavera tenía lengua y podía en otro tiempo cantar», pensó Michael, y temió por un instante haber declamado en alto las palabras del Príncipe de Dinamarca, pero fue Ariyeh Klein quien abrió sus labios pálidos y trémulos para romper el silencio del encuentro con la muerte. Sin pronunciar palabra y sin citar a nadie, el profesor de Literatura emitió un grito ahogado y salió tambaleándose.

El superintendente Ohayon le hizo una seña a Eli Bahar, que se ausentó un momento e informó al volver de que «estaban de camino». Michael se situó en un rincón, junto a la ventana, que ya había abierto con cuidado, la mano envuelta en el pañuelo que se había retirado de la nariz a la vez que contenía el aliento.

Los despachos de esta zona del pasillo eran más holgados y lujosos; seguramente estaban reservados a los catedráticos de mayor categoría, pensó aspirando el aire caliente que entraba por la ventana y contemplando la cúpula dorada de la mezquita de Al-Aksa y la Ciudad Vieja, que parecía alzarse justo al pie de la ventana. Luego echó otro vistazo al cadáver y, con un estremecimiento, reanudó de inmediato la contemplación del panorama.

– Tendrán que llevarlo hasta el aparcamiento subterráneo -comentó Eli Bahar.

Estaba parado en el umbral y mantenía la puerta entornada, con la clara esperanza de que la habitación se airease un poco.

– Los ascensores están aquí al lado -replicó secamente Michael Ohayon-. No tendrán que ir muy lejos.

Tapándose la nariz, Eli Bahar se acercó cautelosamente al cadáver, que yacía entre el gran escritorio y el radiador. Se acuclilló a espaldas del forense, que estaba inclinado sobre el cuerpo, y le echó una ojeada desde cerca.

– ¡No lo toques! -le advirtió Michael mecánicamente, sin volver la cabeza; y sabiendo que era una advertencia superflua.

Transcurrió un largo rato antes de que el joven médico, cuyo semblante fue verdeando más y más hasta combinar con el verde pálido de su bata, despegara los labios.

– Se han empleado a fondo, desde luego -susurró al fin.

Y Michael, que no lo conocía, reparó en la juventud de su rostro y en su falta de experiencia, y sintió compasión y afecto por aquel forense que aún no había aprendido a protegerse empleando la jerga profesional. Al cabo de unos minutos, el médico dijo que sin duda encontrarían fracturas en el cráneo y, con la vista clavada en el muerto, preguntó si se habían fijado en que la corbata de la víctima había servido para estrangularlo, «entre otras cosas».

– Pero está claro que ése no ha sido el motivo de la muerte; puedo afirmar casi con completa seguridad, aún a falta de la autopsia, que este hombre no murió de asfixia, y, en todo caso, no murió estrangulado. Mire, observe esto -y se volvió hacia Eli Bahar, que obedientemente echó una ojeada al cuello, inflamado alrededor del prieto nudo de la corbata, e inmediatamente desvió la mirada y volvió a la puerta dando traspiés.

Sin retirarse de la ventana, el superintendente Ohayon observó con atención la cara del forense. Vio las pequeñas arrugas que remataban sus ojos y comprendió que no podía ser tan joven como había supuesto; luego le preguntó quedamente cuánto tiempo opinaba que llevaba ahí el cadáver.

– Pues bien, todavía hay que realizar las pruebas -replicó él-, pero si quiere que le haga un cálculo aproximado -Michael asintió-, yo diría que al menos cuarenta y ocho horas -y señaló el traje, menguado y como encogido sobre el cuerpo hinchado-. Eso es lo que parece. También diría que alguien le golpeó en la cara, tal vez con el puño, pero me inclino a pensar que utilizó un objeto romo, o quizá una silla.

El médico se enjugó el sudor que le perlaba la frente con la mano enguantada en goma. En sus ojos había un atisbo de ansiedad cuando miró a Michael, que se disponía a informarse de más cuestiones médicas cuando se abrió la puerta.

Aun antes de avistar el cadáver, las animadas sonrisas se borraron de los rostros de los peritos del equipo móvil de Criminalística, acostumbrados a ver todo tipo de cosas en su trabajo. En cuanto cruzó una mirada con Pnina, del Departamento de Identificación Criminal, Michael supo que su expresión traicionaba el horror que sentía, que esta vez no había logrado poner lo que Tzilla llamaba cariñosamente su «cara de póquer». Detrás de Pnina entró con viveza el fotógrafo, Zvika, y el comentario chistoso que ya tenía preparado se malogró convirtiéndose en un agudo silbido, acompañado de un brusco ademán para taparse la nariz.

Cuando se inició la sesión de mediciones y fotografía, el «alto mando», como lo llamaba Eli Bahar, ya había llegado: el comandante del subdistrito de Jerusalén, el portavoz de la policía de Jerusalén y el jefe de Investigaciones Interdepartamentales. Se apiñaron para contemplar el cadáver, e incluso soportaron heroicamente el hedor, estaban dispuestos a todo con tal de «figurar», y Ariyeh Levy, el comandante de la policía de Jerusalén, señaló:

– Nunca había ocurrido algo así, un asesinato en la universidad. Tal vez sea obra de los terroristas; ¿a usted qué le parece, Ohayon?

– Tal vez -replicó Michael, con la garganta reseca.

Esperaba con impaciencia que levantaran el cadáver, preguntándose si el olor dulzón de la carne en descomposición llegaría a disiparse algún día en aquel despacho, con las más hermosas vistas que nunca hubiera visto. Sabía que pasarían muchos días antes de que el olor desapareciera de allí y que a él le perseguiría durante largo tiempo, porque lo había conocido personalmente, al muerto, porque muchas veces había recordado con envidia la relajada pose que adoptaba durante sus clases, su silueta esbelta y elegante.

Los técnicos del laboratorio móvil recogían diligentemente huellas dactilares. Los observó mientras trabajaban, apenas consciente de sus voces, se fijó en la concentración que reflejaba el semblante de Eli Bahar, oyó los murmullos del forense, que al cabo recogió sus instrumentos y se marchó. Cuando todavía no habían terminado de revelar las huellas, en flagrante transgresión de la norma no escrita que exigía su presencia en el lugar del crimen mientras los peritos estuvieran allí, Michael salió al pasillo y se recostó contra la pared a la espera de que concluyeran su labor. Tenía la esperanza de que, fuera de la habitación donde estaba el muerto, se pudiera respirar. Pero en el largo y retorcido pasillo había una atmósfera opresiva. Echó a andar hasta la confluencia de tres corredores, una especie de isleta cuadrangular delimitada por muros violáceos donde tomó asiento en un banco de madera, en cuyo extremo opuesto Ariyeh Klein reposaba con la cabeza sepultada entre las manos.

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