Medicina para asesinos
- Автор: Lenormand Frederic
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:
– ¿Se encuentra mal Su Excelencia? -preguntó el funcionario encargado de los anales.
Di estaba petrificado. Como cada vez que un caso criminal se le revelaba, los indicios aparecían uno por uno en su mente como las fichas de dominó sobre la mesa del jugador. Se estaba jugando una partida y él estaba a punto de perderla. Se levantó, tieso, con la mente en otra parte. Tuvo que hacer un esfuerzo para no echar a correr y pronunciar las frases de gratitud que la ocasión exigía. Se inclinó cinco veces, dos más de lo establecido, y más bajo de lo que el protocolo ordenaba, y salió de la sala como si un incendio estuviese devorando las cortinas. El gran analista oyó el ruido de sus botines que se alejaban raudos por el vestíbulo. Por la ventana lo vio descender los peldaños de mármol de la escalinata. «Otro viceministro de guiñol que ha cometido un error garrafal y va a pagarlo muy caro», se dijo antes de volver a sus amadas anécdotas.
Di corrió hasta la explanada de los ministerios, saltó a su palanquín y se hizo trasladar a toda velocidad a casa del barón. La calle cerca del canal estaba perfectamente tranquila. Cuando puso el pie en el suelo, se fijó en un trozo de tela tirado delante de la casa. Era un bonito pañuelo bordado con un motivo de grullas al vuelo. Pensó que los habitantes del barrio eran tan ricos que ni se molestaban en agacharse a recoger labores tan preciosas como ésta cuando les caían de las mangas, y no le prestó mayor atención.
El pórtico rojo, en otro tiempo magnífico, había sido reparado con cierta precipitación y ya no cerraba. Después de hacer sonar la campana, Di empujó la hoja del portón sin esperar a que saliesen a abrir, cuando el criado, siempre el mismo, acudió.
– ¡Que Su Excelencia tenga la bondad de perdonarme! Estoy aquí solo, pues ya han empezado los funerales.
Cuando los sacerdotes de las tres religiones [12] terminaron con las bendiciones, el cortejo había abandonado la casa rumbo al cementerio situado extramuros.
– ¡Cómo! -exclamó Di-. ¿Sin respetar los tres días de lamentos rituales?
– Es lo que ha ordenado el médico Shen, señor. El estado de cuerpo se degradaba. Además, como su enfermedad era contagiosa, parece que es preferible abreviar su exposición pública.
«Estoy seguro de que es preferible, pero no por lo que tú acabas de contar», pensó Di haciendo una señal a los porteadores para que volvieran a sus puestos en el palanquín. Y dio la orden de dirigirse al cementerio de los nobles.
8
Un difunto se pierde sus funerales. Y Di pierde a su viuda.
La avenida de las Victorias Militares nunca había estado tan atestada de personas de todo tipo estorbando. Parecía que el millón de habitantes de Chang'an se había dado cita en la calle para impedirle avanzar. No había manera de seguir camino y él tenía que atrapar a un muerto. Se aferró a los montantes verticales de la gruesa y pesada caja y asomó el busto por la ventanilla lateral para gritar: «¡Abran paso a Su Excelencia el viceministro de Obras Públicas!». Varios transeúntes se apartaron, no tanto por respeto a su función como para ver pasar a la curiosa comitiva de porteadores impacientes.
Di prometió a sus hombres una prima de tres taeles a repartir si aceleraban. El anuncio tuvo el mismo efecto que un nabo en el hocico de un asno.
– ¡Que Su Excelencia nos haga el favor de volver adentro! -dijo el situado más cerca.
Apenas tuvo tiempo de dejarse caer sobre los almohadones, los ocho forzudos cambiaron el paso a otro más enérgico que Di no les conocía, cantando unos «hop, hop» con ritmo perfecto. Empezaron a zigzaguear entre carretones, puestos de mercado y el sinfín de obstáculos que se levantaban por todos lados. La voluminosa caja colgaba en cada giro, mientras su señor en el interior se veía espantosamente zarandeado, agarrado firmemente al marco. Varias veces estuvo el palanquín a punto de dar en la cuneta con el eminente y acelerado mandarín.
Unos cantos religiosos amortiguados por la distancia llegaron a sus oídos haciéndose poco a poco más nítidos. Alcanzaron primero a un grupo de plañideros profesionales cuyas potentes voces desgranaban los muchos méritos del fallecido. Luego fueron los chamanes, con sus atributos animalescos, los sacerdotes taoístas armados de plumeros para expulsar a los demonios que sólo ellos eran capaces de ver, los monjes budistas de cráneo afeitado, algunos soplando trompas y otros haciendo sonar campanillas que surtían el mismo efecto sobre los diablos que los plumeros de los taoístas. Llegaron por fin al catafalco instalado sobre un carro de bueyes. Di se preguntó sorprendido por qué les había costado tan poco llegar a la cabeza de la comitiva. ¿Dónde estaba la docena de músicos con sus tambores y címbalos? ¿Y los familiares hasta cuarto grado de parentesco? ¿Y los leales al clan? Allá se congregaban apenas veinte almas y no precisamente de primera categoría. Era muy poca gente, tratándose de un miembro de la familia imperial, por más dudoso que fuese su origen. La afligida viuda había ofrecido al difunto unos funerales de ínfima categoría, casi de incógnito.
Di ordenó a sus porteadores dejar su carga atravesada en la calle, de manera que obligara al conductor a detener los bueyes. La repentina inmovilidad del carro se trasladó a los monjes, luego a los sacerdotes, chamanes y por último a los plañideros, provocando un frenazo general. Los budistas pisaron los pies de los taoístas, que sirvieron de tope a los brujos cubiertos de plumas y a todo lo que venía detrás. Di esperó a que acabaran los insultos y a que callasen los instrumentos para subirse al catafalco, pese a los gritos de desaprobación de los fieles de las tres religiones. Desde arriba veía los rostros perplejos de todos los que acompañaban el entierro. Reconoció al viejo Shen Lin, que había fracasado en impedir este funesto final. Constató la ausencia de la viuda: no veía por ningún lado el atavío de velos y cortinas de perlas que lucían las damas de la nobleza en esta clase de ceremonias.
Pese a las exclamaciones de la multitud, retiró el sudario que cubría el cadáver. El barón estaba allí, con su rostro lívido y su hermosa greña aristocrática. Di cogió la barba con toda la mano, para escándalo de los monjes, convencidos de estar ante un loco decidido a ultrajar al muerto. No tuvo que estirar con fuerza. La fina pilosidad color azabache se le quedó entre los dedos, pronto seguida por el elegante mostacho. El cortejo lanzó un clamor de estupor. Di hizo una bola con un pliegue del sudario y lo restregó por la cara del difunto. Una vez retirado el maquillaje, pudo reconocer no el rostro del barón al que había visto apenas en su lecho sino al miserable mendigo que padecía su misma enfermedad.
Decretó que se suspendieran los funerales, lo que provocó nuevos chillidos entre los religiosos de toda clase que esperaban su paga. Dio orden al conductor de los bueyes de conducir el catafalco a la encomienda militar, donde el honorable Shen se encargaría de identificar al cadáver. Luego dejó atrás al gentío presa de dos dudas: ¿qué era eso de enterrar a la gente con barba postiza y de dónde venía la moda de enviar los restos mortales de alguien al puesto de policía?
Di regresó a toda prisa a casa del barón. A lo largo del camino, se reprochó la lentitud de su ingenio, su ingenuidad e incompetencia. Su único consuelo era que un viceministro de Aguas y Bosques no tenía la obligación de identificar a los criminales cuando se le cruzaran en el camino. Sus enemigos declarados eran los leñadores que mermaban el terreno forestal sin autorización y las crecidas en una zona que carecía de diques. Este pensamiento habría bastado para consolarlo si no hubiese demostrado el mismo nivel de incompetencia en la gestión de los recursos naturales.
En el suelo seguía el pañuelo abandonado, a pocos pasos de la vivienda patricia. Di creyó descubrir en este detalle un mal presagio sobre el desarrollo de su investigación. Sacudió la aldaba de la campanilla con fuerza suficiente para despertar a todo el barrio, pero nadie respondió. Como el portón derribado seguía sin cerrar, penetró en el interior, no sin antes tomar la precaución de hacerse acompañar por ocho porteadores, por si al otro lado le esperaba una emboscada.
[12] Budismo, taoísmo y culto popular.