El amanecer de una nueva Era
- Автор: Рейб Джейн
- Серия: Dragonlance: Quinta Era #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El amanecer de una nueva Era». Краткое содержание книги:
—Pero regresaron —ronroneó Malys.
—La segunda guerra tuvo lugar menos de un milenio después. Las piedras estaban enterradas en las montañas Khalkist, donde un clan de enanos tenía una mina en explotación. Los enanos no son partidarios de la magia, así que cuando el nuevo túnel desembocó en la cámara donde se guardaban las piedras y percibieron su magia poderosa, se libraron de ellas arrojándolas a la superficie. Pensaban que así estaban a salvo y protegían su mina.
—¿Hicieron que los dragones volvieran al mundo? —preguntó Malys, en cuya voz era patente la incredulidad. La hembra miraba fijamente al Azul ahora, sin pestañear.
—Sí —asintió Khellendros—. Los confiados enanos liberaron a los dragones, que reunieron ingentes ejércitos de seres semejantes a lagartos llamados bakalis e invadieron los bosques de Silvanesti para vengarse de los elfos. Los árboles más vetustos fueron derribados, y las bajas entre los elfos fueron impresionantes. Los dragones se proponían exterminar la raza, condenarlos a la extinción. Y podrían haber tenido éxito. Deberían haberlo tenido. Pero, de nuevo, la fatalidad no quiso que fuera así.
—¿Qué ocurrió? ¿Estabas tú allí?
—No. Todavía no había nacido. Y sospecho que ninguno de los dragones presentes en Krynn ahora estaba vivo entonces, a excepción de nuestra señora, Takhisis —respondió el Azul—. Pero todos los dragones, todos los de Ansalon, sabemos lo que ocurrió y compartimos una historia común. Te lo estoy contando para que así comprendas mejor tu nuevo linaje.
—Prosigue —urgió la hembra.
—Tres hechiceros y un vástago, una de las criaturas más magníficas de este mundo, invocaron fuerzas poderosas y exigieron que la propia tierra se tragara a los dragones para toda la eternidad. Los dragones no fueron engullidos, pero sí derrotados y expulsados. Y los engreídos elfos siguieron viviendo y de nuevo se apoderaron de nuestra tierra.
—Pero los dragones, obviamente, recuperaron de nuevo el poder —adujo Malys.
—Sí. Takhisis no habría permitido que fuera de otro modo. Convocó a los seres lagarto y, con su ayuda, introdujo huevos de dragón en las entrañas de las minas de Thoradin. Cuando los huevos eclosionaron, los jóvenes dragones devoraron a sus cuidadores y se hicieron más fuertes. Permanecieron ocultos en las minas durante un tiempo, hasta que fueron lo bastante grandes para lanzar su ataque en nombre de la Reina Oscura. Esa época se llamó la Tercera Guerra de los Dragones, la contienda más sangrienta y costosa de todas. Los humanos estuvieron a punto de perecer como raza. Oleada tras oleada de dragones cayeron sobre ellos escupiendo fuego, rayos, ácido, veneno y hielo. La victoria tendría que haber sido nuestra. Pero los Dragones del Bien, los entrometidos Dorados y Plateados, intervinieron. Los humanos fabricaron lanzas encantadas y, a lomos de sus dragones aliados, volaron contra nosotros. Al final, Takhisis cayó derrotada. Aceptó marcharse de Krynn, llevándose a sus criaturas con ella.
—Y eso ocurrió...
—Hace más de dos mil quinientos años, unas cinco décadas después de que terminara la llamada Segunda Guerra de los Dragones, aunque en realidad era una continuación de ella. Esto se debe a un error de un historiador, que fechó la última parte de la contienda mil quinientos años después de que ocurriera realmente.
—Es mucho tiempo —reflexionó Malys.
—Pero no en lo que concierne a la historia. O a los dragones.
La hembra Roja gruñó y agitó la cola. Era evidente que no le gustaba que la corrigieran.
—Y los dragones... —instó al Azul a continuar su relato.
—Reaparecieron de nuevo aproximadamente en el año 141 después del Cataclismo, cuando Takhisis descubrió una puerta y regresó al mundo para dirigirnos. Yo estaba allí. —Khellendros hizo una pausa, preguntándose si Malys sería capaz de comprender que él era un dragón mucho más grande y poderoso de lo que correspondía a su edad, pero llegó a la conclusión de que la hembra Roja no estaba enterada de la existencia de los Portales y de cómo discurría el tiempo entre ellos. Por otra parte, no debía de saber mucho respecto a la edad y el tamaño de los dragones de Ansalon.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Malys.
—Con el paso de los años, hicimos un pacto con los ogros y con los humanos perversos, unos seres que no tenían escrúpulos en matar a sus propios congéneres. Los ejércitos de la Reina Oscura crecieron, nacieron los draconianos, y finalmente tuvimos bajo nuestro control la mayor parte de Ansalon. —Khellendros se quedó mirando fijamente un punto de la meseta, absorto en aquellos días pasados—. Esa época se llamó la Guerra de la Lanza, y no tuvo parangón con ninguna otra. Los Señores de los Dragones, humanos escogidos de mentalidad militar, nos dirigieron de una batalla grandiosa a otra. Encaramados a nuestra espalda, nos ayudaron a alcanzar la victoria sobre sus semejantes.
—¿Estuviste asociado con un humano? —Malys escupió literalmente la última palabra, como si fuera un pedazo de carne podrida.
—Una humana, Kitiara. —Khellendros pronunció el nombre en voz queda, casi con reverencia.
—¿Y dónde está ahora esa Kitea... Kitiara?
—Los cuerpos de los humanos son frágiles.
—¿Qué decía yo? —siseó Malys.
—Pero sus mentes son extraordinarias —continuó Khellendros—. Cuando la batalla estaba en todo su apogeo, otro humano, un hechicero, se sacrificó para clausurar el Portal al Abismo... con la Reina de la Oscuridad dentro. Los hombres reconstruyeron su mundo, y nosotros, los dragones, nos quedamos relegados a un segundo plano, maquinando.
—Pero ya no estamos en segundo plano, y ahora los hombres no disponen de la magia —gruñó Malys—. Se han quedado sin sus dioses, sin su poder. No son más que ganado. Y yo tengo planes para ellos.
Ahora le llegó a Khellendros el turno de escuchar. El gran Azul miró a la hembra a los ojos y vio en ellos un fugaz brillo divertido.
—Algunos serán guardados en corrales —empezó Malys—, igual que guardan ellos sus rebaños. Humanos, elfos, enanos, todos ellos. —Malys observó atentamente a Khellendros, calibrando si la idea horrorizaba al gran Azul, pero la expresión del macho se mantuvo impasible, cosa que complació a la hembra Roja—. Los más despabilados y más fáciles de dominar serán utilizados como espías. Quiero saber qué se cuece en sus ciudades, y los confidentes leales a mí que formaré me lo contarán.
El Azul levantó una garra con gesto aburrido y se rascó la mandíbula.
—Te prevengo que los humanos son listos. No encontrarás muchos que deseen cooperar contigo.
—Pero serán suficientes. Y los que se atrevan a desafiarme, serán destruidos. —Malys se incorporó hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura que los de Khellendros—. De todas formas, cientos, miles de ellos han de ser sacrificados. Hay que frenar y reducir su crecimiento demográfico para poder tenerlos controlados. Esta vez, los humanos no podrán echarnos de Krynn porque no les daremos ocasión de hacerlo.
Khellendros la observó en silencio. Estaba impresionado por el ansia de poder de la hembra, y algo más que un poco preocupado. Malys demostraba una gran decisión, y si había llegado a plantearse los pasos que seguiría para dominar a las personas, ¿qué se propondría después?
—Me necesitas —siseó ella, interrumpiendo sus pensamientos—. Me necesitas como aliada.
—No querría tenerte como enemiga, desde luego.
—Y yo te necesito a ti —continuó Malys—. Eres poderoso, más grande que los otros dragones señores supremos. Juntos, tú y yo podemos dirigir la conquista de Krynn —dijo con voz aterciopelada—. Y, cuando llegue el momento, tú y yo procrearemos la nueva raza de dragones que caminará sobre la faz de Krynn.
Khellendros accedió al plan de Malys. Mientras volaba hacia su desértico hogar, recordó las palabras exactas de su respuesta: «No hay nadie más en Krynn con quien me aliaría. Es un honor para mí, Malystryx, que hayas elegido incluirme en tus planes.»