La visita en el tiempo
- Автор: Пьетри Артуро Услар
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La visita en el tiempo». Краткое содержание книги:
Habían proyectado dedicarle a la iglesia, pero lo impidió su carácter belicoso.
Demostró sus condiciones de general y ambicionó reinar más que nada en el mundo; su corta existencia transcurriría en un constante conflicto entre el sueño y la realidad.
No era fácil la relación con Don Carlos; cambiaba de tono y actitud continuamente, se le prensaba aquella vena en la frente, palidecía y apretaba los labios. Parecía un 'animal salvaje al acecho. Amenazaba, estallaba en gritos o entraba en un monólogo deshilvanado en el que anunciaba cosas absurdas que se proponía hacer.
«Yo seré rey, ¿pero cuándo? El rey mi padre era gobernador de Flandes y duque de Milán; a mí no se me ha dado nada. Tú, Alejandro, serás duque de Parma y comandante de ejércitos; y tú, Juan…» Se quedaba en suspenso. «Lo que tienes que ser, hombre de Iglesia, cardenal seguramente. Era lo que quería el Emperador y lo que te corresponde.» Don Juan replicaba con firmeza: «No lo seré. No tengo ninguna vocación para eso. Lo que voy a ser es un guerrero; eso y no otra cosa».
Se hablaba también de mujeres. Las pocas que veían en Alcalá o las que habían conocido en Madrid. Don Carlos cortaba seco: «Hay que llegar puro al matrimonio».
Don Juan y Farnesio reían. «Ya hay propuestas de varios matrimonios para mí.» El príncipe enumeraba algunas de las candidatas. Lo hacia con arrogancia. Una princesa francesa, hermana de la reina, su madrastra. «He visto su retrato.» Describía golosamente a la princesa que los otros rehacían en su imaginación. También había la reina María Estuardo, la escocesa, viuda reciente del rey de Francia. «Tiene fama de bella, pero es mayor que Vuestra Alteza.» «Eso es nada. ¿Sabéis con quién también se piensa casarme? Nada menos que con mi tía, la princesa Doña Juana.» La princesa Juana era su tía y podía ser su madre. Farnesio visualizaba aquel enlace, aquella escena de lecho inaudita, el desmedrado príncipe en los brazos robustos de su tía, que le doblaba en años. Había también otras, pero de hablar de ellas se desviaban a las picardías oídas de mujeres de la Corte y de la Ciudad. De las mujeres y las hijas de criados, de las entrevistas en calles y ceremonias. No faltaba el celestino. Había también las casas de putas de Alcalá que frecuentaban los estudiantes, pero seria un escándalo que alguno de ellos se atreviera a entrar en ellas.
Las horas más gratas eran las de salir al campo, de montar a caballo, de hacer ejercicios de armas. Allí Don Carlos se rezagaba resentido. Hacia mofa de la destreza de los otros. Las más aburridas eran las horas de clases. Entraba el maestro muy solemne, acompañado de Honorato Juan. Reverencias, saludos, una antífona en latín, un rezo.
Un día les trajeron un ejemplar de las obras de ciencia de Alfonso el Sabio. Preciosos pliegos espesos cubiertos de fina caligrafía y de imágenes de colores en las que aparecían personajes con raras vestimentas que miraban al cielo a través de largos anteojos.
«¿Todo esto lo escribió el rey?», preguntaba Don Carlos. El maestro sonreía y trataba de explicar: «No, señor, no él mismo. Pero ordenaba que se hicieran esos estudios; llamaba a los sabios que debían hacerlos y les daba su aprobación final». Don Carlos aprovechaba la oportunidad para desviar la conversación de los libros inertes sobre la mesa. «También fue Emperador.» «Otro día os hablaré de eso», decía evasivamente el maestro y trataba de volver a los libros.
También les mostraron un grueso volumen, encuadernado en pergamino, con adornos de oro. Honorato Juan mismo les explicaba, mientras pasaba sus manos por las hojas multicolores impresas a dos columnas. «Este es el gran monumento del Cardenal Cisneros y de la Universidad, es la palabra de Dios en sus textos originales más antiguos. Por muchos años trabajaron grandes sabedores para purificar y transcribir estos textos.» Había el texto latino de San Jerónimo, en letras claras, desnudas, pero también había aquellos otros textos en caracteres incomprensibles y enredados, en griego, hebreo, arameo. «En ninguna de esas lenguas lo podremos leer», decía el príncipe aburridamente. «La Iglesia conoce el peligro de que esos textos fundamentales se pongan en lengua vulgar. Vendrían las torpes interpretaciones de la ignorancia.» Un día vieron llegar un criado con un par de zapatos nadando en agua hirviente en una fuente de plata. Iba hacia la habitación de Don Carlos y lo siguieron. Vieron colocar la fuente sobre una mesa frente al pobre artesano arrodillado y lloroso. «Esas botas que me hiciste no me sirven.» El hombre daba explicaciones de miedo. «Te las vas a comer. Comienza.» El zapatero comenzó a cortar pedazos del cuero hervido para mascarlo con repugnancia. Farnesio y Don Juan intervinieron. «Dejadme hacer que yo sé lo que hago. Ya verán que no volverá a hacer zapatos que no sirvan.» Al fin lo dejó ir. «Cuando yo sea rey…» Se interrumpió y se quedó con la mirada absorta, «… sí es que vivo para ser rey».
¿Quién puede ser rey? La pregunta estaba en el aire y parecía reaparecer en cada sitio, mudamente. La Éboli, en esa manera que nunca se sabía si era jocosa o seria, le había dicho varias veces en muchas formas abiertas o disimuladas: «Don Carlos no va a reinar nunca, ni siquiera va a vivir mucho. Morirá antes que su padre». «Si Don Carlos muere antes que el rey, que es lo más cierto, no hay heredero. ¿O si lo hay…?«, le dijo alguna vez Antonio Pérez mirándolo extrañamente.
Los maestros que les explicaban la historia la describían como un misterioso y terrible juego entre la voluntad de los reyes y la de Dios. Los reyes hacían combinaciones matrimoniales para asegurar el aumento de sus reinos y dejarlos a sus herederos; pero Dios, en el terrible ajedrez de la vida y de la muerte, las desbarata. «Vea Vuestra Alteza.
Todo lo prepararon los Reyes Católicos para que en la cabeza del príncipe Don Juan se pudieran reunir los reinos de España. Murió Don Juan inesperadamente y el plan se deshizo. La herencia fue a parar, al través de Doña Juana, en la cabeza de Don Carlos de Gante. Un príncipe flamenco que nunca había visto a Castilla. Tampoco pudo Don Carlos dejar toda su herencia a Don Felipe, nuestro rey. Tuvo que partiría con su hermano Don Fernando.» Mientras se extendía el maestro en su imagen funeraria, Farnesio y Don Juan no podían evitar poner la vista en Don Carlos. Tenía la cabeza en las manos como agobiado o soñoliento. ¿Llegaría a ser rey?
A veces faltaba el maestro de teología y venia a sustituirlo un viejo fraile, menudo, de palabra lenta y gestos cansados. Saludaba con una reverencia a los tres jóvenes.
Con la mirada hacia el suelo, el maestro daba la impresión de que estuviera hablando para si mismo.
"Nuestros reyes han ganado grandes batallas, pero aquí, en esta villa, se perdió una muy grande, la más grande de todas. Don Carlos derrotó al rey de Francia y lo tomó prisionero; derrotó a los príncipes herejes de Alemania. Eso lo sabemos. Pero la escondida batalla que se dio aquí no se sabe todavía quién la perdió. «Don Carlos, con su impaciencia habitual, interrumpía: «¿Qué batalla es esa que yo nunca he oído mentar?». «Señor, perdonadme; me extravío a veces cuando hablo. No hubo ejércitos, ni lanzas, ni cañones; pero hubo, sin embargo, una gran batalla, con muchas victimas.» La curiosidad de los jóvenes se extraviaba. «Lo que se perdió no fue un ejército, sino mucho más. Se perdió una ocasión única, se mató una gran esperanza. El Cardenal Cisneros creó esta casa para cambiar a España. Se dio cuenta de que había sonado la hora en que la Cristiandad tenía que renovarse y volver a sus fuentes."
Alejandro Farnesio recobraba su tono burlón. "Eso no fue una guerra, sino una disputa de teólogos." «Perdóneme Su Alteza si le digo que lo que allí se perdió fue más de lo que se ha perdido en ninguna guerra.
Se animaba el diálogo: «Lo que el gran Erasmo quería, y era lo justo, era salvar la religión de los delirios racionalistas de los tomistas. La manía de especular y especular sobre el tenue hilo de la dialéctica». "Erasmo proponía volver a la fuente, a la palabra de Dios."
"¿Acaso no se conoce la palabra de Dios?", interrogaba Don Juan con sorpresa.