El señor del caos
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #6
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El señor del caos». Краткое содержание книги:
Por desgracia, Aviendha dio por buena su respuesta y, puesto que no había nada por que preocuparse… se puso en jarras. Eso era algo que sí entendía en las mujeres, ya fuesen Aiel, de Dos Ríos o de cualquier otro lugar; sin lugar a dudas, ponerse en jarras significaba problemas. No habría hecho falta que se molestara en encender las lámparas, porque los ojos de Aviendha habrían bastado para iluminar la habitación.
—Te fuiste sin mí otra vez. Prometí a las Sabias que estaría contigo en todo momento hasta que tenga que marcharme, pero has reducido mi promesa a nada. Tienes toh conmigo por esto, Rand al’Thor. Nandera, de ahora en adelante se me comunicará adónde va y cuándo. No hay que permitirle marcharse sin mí si he de acompañarlo.
—Se hará como quieres, Aviendha —respondió la Doncella sin vacilar un instante.
—¡Eh, un momento! —las increpó Rand—. No se informará de mis idas y venidas a nadie salvo si yo digo que se haga.
—He dado mi palabra, Rand al’Thor —respondió Nandera con un timbre impasible mientras lo miraba directamente a los ojos, sin la menor intención de dar marcha atrás.
—Igual que la doy yo —abundó Jalani con idéntica impasibilidad.
Rand abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Maldito ji’e’toh. No tendría sentido mencionar que era el Car’a’carn, naturalmente. Aviendha parecía un tanto sorprendida de que incluso hubiese protestado; por lo visto para ella era un resultado inevitable. Rand movió los hombros con intranquilidad, aunque no a causa de Aviendha. Esa sensación de suciedad seguía allí, y más intensa. Quizá Lews Therin había vuelto. Lo llamó en silencio, pero tampoco ahora hubo respuesta.
Un toque en la puerta precedió por segundos a la entrada de la señora Harfor, que hizo su habitual reverencia. La primera doncella no acusaba lo temprano de la hora, por supuesto; en cualquier momento del día Reene Harfor ofrecía el aspecto de acabar de vestirse.
—Ha habido llegadas a la ciudad, mi señor Dragón, y lord Bashere creyó que se os debería comunicar lo más pronto posible. Lady Aemlyn y lord Culhan entraron ayer a mediodía y se han instalado con lord Pelivar. Lady Arathelle llegó una hora después, con un nutrido séquito. Lord Barel, lord Macharan, lady Sergase y lady Negara entraron por separado durante la noche, con sólo una reducida escolta cada uno. Ninguno ha presentado sus respetos en palacio. —Manifestó esto último con el mismo tono inexpresivo, sin el menor atisbo de su propia opinión.
—Son buenas noticias —respondió Rand, y lo eran, ni que hubiesen presentado sus respetos ni que no. Aemlyn y su esposo Culhan eran casi tan poderosos como Pelivar, y Arathelle más poderosa que ninguno excepto Dyelin y Luan. Los demás pertenecían a casas menores y sólo Barel ostentaba el título de Cabeza Insigne de su casa, pero los nobles que se habían opuesto a «Gaebril» empezaban a agruparse. Al menos eran buenas noticias siempre y cuando encontrara a Elayne antes de que decidiesen arrebatarle Caemlyn.
La señora Harfor lo observó un instante y después le tendió una carta sellada con cera azul.
—Esto se entregó en palacio ayer a última hora, mi señor Dragón. Lo trajo un mozo de cuadras. Un mozo de cuadras muy sucio. La Señora de las Olas de los Marinos no estaba muy complacida de que os hubieseis ido cuando acudió a la audiencia concedida. —Esta vez la desaprobación era claramente patente en su voz, aunque era imposible saber si la causaba la actitud de la Señora de las Olas o que Rand faltara a la audiencia o el modo en que se había entregado la misiva.
Rand suspiró; había olvidado por completo a los Marinos que estaban en Caemlyn. Eso le recordó la carta que le habían entregado en Cairhien, y la sacó del bolsillo. Tanto la cera verde como la azul llevaban la misma impresión, aunque no supo interpretar su significado. Eran dos cosas como cuencos someros, con una gruesa línea de adorno pasando de uno al otro. Las dos cartas iban dirigidas al «Coramoor» quienquiera o lo que quiera que fuese. Él, suponía. Quizás era así la manera en que los Marinos llamaban al Dragón Renacido. Rompió el sello azul en primer lugar. No había encabezamiento ni saludo y desde luego su redacción no se parecía en nada a los escritos que Rand había visto dirigidos al Dragón Renacido.
«Si la Luz quiere, quizá regreséis finalmente a Caemlyn. Ya que he viajado tan lejos para veros, tal vez encuentre tiempo para ello cuando hayáis vuelto».