El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
Apenas lo había probado, empezó a elevarse y luego voló, no como la Reina Madre, sino como una libélula con las alas rotas.
– ¡Expulsada de esta tierra por mi perversidad! -gritó en el mismo momento en que su esposo regresaba a casa.
– ¡Ladrona! -gritó él-. ¡Esposa que me roba la vida!
Empuñó su arco, apuntó una flecha hacia su esposa y con el retumbar de un gong, el cielo se ennegreció.
¡Wya¡h! Wyah! La triste música del laúd se reanudó, mientras se iluminaba el cielo sobre el escenario. Y allí estaba la pobre dama, contra una luna brillante como el sol. Ahora tenía el cabello tan largo que le llegaba al suelo, y se enjugaba las lágrimas. Había transcurrido una eternidad desde la última vez que vio a su marido, pues tal era su destino: permanecer perdida en la luna, anhelando eternamente sus deseos egoístas.
– Pues la mujer es yin -exclamó tristemente-, la oscuridad interior, donde yacen las pasiones inmoderadas. Y el hombre es yang, la brillante verdad que ilumina nuestra mente.
Cuando finalizó el relato cantado, yo estaba llorando y temblaba desesperadamente. Aunque no había entendido toda la historia, comprendía la aflicción de la dama, pues en un brevísimo instante ambas habíamos perdido el mundo, sin que hubiera ninguna manera de regresar.
Sonó un gong y la Dama de la Luna inclinó la cabeza y miró serenamente a un lado. El público aplaudió vigorosamente, y entonces el mismo joven de antes salió al escenario y anunció:
– ¡Aguardad todos! La Dama de la Luna ha consentido en conceder un deseo secreto a cada uno de los presentes… -Un movimiento de excitación se propagó entre la gente, cuyo murmullo se intensificaba-. Por una pequeña contribución… -siguió diciendo el joven, y la gente empezó a dispersarse, entre risas y gruñidos-. ¡Es una oportunidad que sólo se presenta una vez al año! -exclamó el joven, pero nadie le escuchaba, excepto mi sombra y yo ocultas en los arbustos.
– ¡Tengo un deseo! -grité mientras corría descalza-. ¡Tengo uno!
Pero el joven no me prestó atención y bajó del escenario.
Seguí corriendo hacia la luna, para decirle a la dama lo que quería, porque ahora sabía cuál era mi deseo. Rápida como un lagarto, di la vuelta al escenario y llegué a la otra cara de la luna.
La vi allí, de pie e inmóvil sólo por un instante. Era hermosa, bañada por la luz que despedían una docena de lámparas de queroseno. Agitó sus largas trenzas oscuras y empezó a bajar los escalones.
– Tengo un deseo -le dije en un susurro, pero ella siguió sin prestarme oídos. Así pues, me acerqué más a la Dama de la Luna, hasta que pude verle el rostro: los pómulos hundidos, la nariz ancha y grasienta, dientes grandes y brillantes y los ojos enrojecidos. Con el mismo cansancio que reflejaba su rostro, se quitó la peluca, y su largo vestido se desprendió de sus hombros. Y mientras mis labios expresaban el deseo secreto, la Dama de la Luna me miró y se convirtió en un hombre.
Durante muchos años no conseguí recordar lo que quise que la Dama de la Luna me concediera aquella noche, ni cómo me encontró por fin mi familia. Ambas cosas me parecían una ilusión, un deseo concedido en el que no podía confiar. Y así, aunque me encontraron -más tarde, después de que el ama, Baba, el tío y los otros gritaran mi nombre a lo largo de la orilla-, nunca creí que mi familia había encontrado a la misma niña.
Luego, con el transcurso de los años, olvidé el resto de lo que sucedió aquel día: la triste historia que cantaba la Dama de la Luna, el pabellón flotante, el ave con la argolla en el cuello, las florecillas en mi manga, la quema de los Cinco Males.
Pero ahora que soy vieja y cada día me aproximo más al final de mi vida, también me siento más cercana al principio, y recuerdo cuanto sucedió aquel día porque ha sucedido muchas veces en mi vida: la misma inocencia, confianza e inquietud, la maravilla, el temor y la soledad, la manera en que me perdí.
Recuerdo todas esas cosas. Y esta noche, el día decimoquinto de la octava luna, también recuerdo lo que le pedí a la Dama de la Luna hace tanto tiempo. Deseé que me encontraran.
Las veintiséis puertas malignas
– No dobles la esquina montada en tu bicicleta -dijo la madre a su hija cuando ésta tenía siete años.
– ¿Por qué no? -protestó la niña.
– Porque si lo haces no podré verte y cuando te caigas y llores no te oiré.
– ¿Cómo sabes que me caeré? -preguntó la niña en voz lastimosa.
– Todas las cosas malas que pueden ocurrirte fuera de la protección de esta casa están en un libro titulado Las veintiséis puertas malignas.
– No te creo. Déjame ver ese libro.
– Está escrito en chino y no podrías entenderlo. Por eso debes hacerme caso.
– ¿Cuáles son entonces? -inquirió la pequeña-. Dime qué veintiséis cosas malas.
Pero la madre siguió haciendo punto en silencio.
– ¿ Qué veintiséis cosas?
La madre siguió callada.
– ¡No puedes decírmelo porque no lo sabes! ¡No sabes nada!
Y la niña salió corriendo, montó en la bicicleta y, en su apresuramiento, cayó incluso antes de llegar a la esquina.
WAVERLY JONG
Tenía seis años cuando mi madre me enseñó el arte de la fuerza invisible. Era una estrategia para salir vencedora en las discusiones, despertar respeto en los demás y, finalmente, aunque ninguna de las dos lo sabía entonces, para ganar en el juego de ajedrez.
– Muérdete la lengua -me reprendió mi madre cuando me eché a llorar ruidosamente y tiré de su mano hacia la tienda donde vendían bolsas de ciruelas saladas. Una vez en casa, me dijo-: Persona prudente, no va contra el viento. En chino decimos: ven desde el sur, avanza con el viento… ¡puum! El norte seguirá. El viento más fuerte no puede verse.
A la semana siguiente me mordí la lengua cuando entramos en la tienda que tenía las golosinas prohibidas. Al finalizar las compras, mi madre, en silencio, cogió del estante una bolsita de ciruelas y la puso sobre el mostrador, con los demás artículos.
Mi madre impartía sus verdades cotidianas para ayudarnos a mis hermanos mayores y a mí, a elevarnos por encima de nuestras circunstancias. Vivíamos en el Chinatown de San Francisco. Como la mayoría de los demás niños chinos que jugaban en los callejones detrás de los restaurantes y las tiendas de objetos curiosos, yo no creía que fuéramos pobres mi cuenco siempre estaba lleno y comía tres veces al día, empezando por una sopa con toda clase de cosas misteriosas cuyos nombres no quería saber.
Vivíamos en Waverly Place, en un piso cálido, limpio, de dos dormitorios, encima de una pequeña panadería china especializada en pastas al vapor y dim sum. A primera hora de la mañana, cuando todavía el silencio imperaba en el callejón, me llegaba el aroma fragante de las judías rojas, que cocían hasta convertirlas en una pasta dulce. Hacia el alba flotaba en nuestro piso el olor de las bolas de sésamo fritas y las medias lunas de pollo dulce al curry. Desde la cama oía los ruidos de mi padre que se preparaba para ir al trabajo, luego el de la puerta al cerrarse y el de la llave, una, dos, tres vueltas.
En el extremo del callejón de atrás de nuestra casa había un pequeño parque infantil, con columpios y toboganes, muy abrillantado s en el centro por el uso. La zona de juego estaba rodeada de bancos de madera, donde viejos del terruño se sentaban para partir con sus dientes de oro semillas de sandía tostadas, cuyas cáscaras echaban a un grupo cada vez mayor de palomas impacientes y arrulladoras. Pero el mejor terreno de juego era el callejón mismo, siempre rebosante de misterios y aventuras. Mis hermanos y yo escrudriñábamos el interior de la herboristería y observábamos cómo el viejo Li distribuía en una rígida hoja de papel blanco la cantidad apropiada de caparazones de insectos, semillas de color azafrán y hojas picantes para sus clientes achacosos que venían a consultarle. Se decía que una vez curó a una mujer que agonizaba a causa de una maldición ancestral que había eludido a los mejores doctores norteamericanos. Al lado de la farmacia había un impresor especializado en invitaciones de boda en relieve dorado y festivos banderines rojos.