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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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Los cuerpos de Nikki y Sadrac se aferran uno al otro, el cure que abraza al ébano en el antiguo rito. Sadrac sé sorprende por la intensidad de su pasión. Tal vez esta energía provenga de Nikki, a través de una misteriosa transferencia telepática, o quizá sea su propia energía, que estaba reservada en algún rincón de su cuerpo. Cualquiera sea su fuente, Sadrac está agradecido. El rito concluye al fin, y Sadrac se desliza en un profundo sueño que es interrumpido sólo por el timbre suave, aunque ineludible, que indica que ya es hora de dejar la habitación. AL despertar, Sadrac se encuentra cálidamente abrigado por los pechos de Nikki que sonríe en una expresión de felicidad y que, sin duda, hubiera pasado la noche entera acunándolo. La idea es maravillosa, pero, de todas maneras, la noche ya casi ha terminado. Entre mimos se levantan, se bañan, se visten y apenas tomados de la mano, salen al encuentro de la yerta oscuridad salpicada de luna. Como dos niños que no se convencen ante la idea de terminar el recreo, entran sin pensarlo a un garito, a una taberna, a una sala de baile, los tres lugares atestados de hombres y mujeres, corruptos tal vez, en busca de la diversión, pero no permanecen más que unos pocos minutos en cada lugar y, finalmente, admiten que ya ha sido bastante por hoy. A la estación, entonces. Falta poco para que amanezca. Sobre la plataforma de trenes hay un inmenso globo verde y luminoso, suspendido del techo: el televisor público que transmite noticias de última hora. Sadrac lo mira entre bostezos y se encuentra con el rostro serio, sincero y joven de Mangú, quien, aparentemente, está diciendo un discurso. A medida que Mangú habla, Sadrac advierte que se trata del clásico discurso del Antídoto Roncevic, que, por tradición, Genghis Mao pronuncia cada cinco o seis meses, pero que esta vez, según parece, ha sido delegado a su heredero aparente. "…descubrimientos científicos de gran envergadura", dice Mangú, "…en pos del progreso… transformaciones cualitativas fundamentales en a tecnología de producción… los esfuerzos incesantes del Comité Revolucionario Permanente… la conducción tenaz y perseverante de nuestro amado presidente Genghis Mao… ya no puede haber dudas… se distribuye en gran escala por todo el mundo… combatir el flagelo de la corrupción orgánica… las reservas aumentan día a día… pronto llegara el momento en que… hombres felices y sanos…"

Sadrac alcanza a oír el vozarrón de un hombre robusto, de mejillas sonrojadas y ojos saltones que está a unos pocos… metros de éclass="underline"

—Ya lo creo. En unos noventa o cien años.

—Cállate, Bela —le dice alarmada la mujer que lo acompaña.

—Pero si es la verdad. Es mentira que las reservas aumentan día a día. Yo mismo vi las cifras, y te aseguro que son cifras fidedignas.

Este individuo es Bela Horthy, un físico húngaro, rudo pero alegre, creador de la inmensa usina de fusión de Bayan Hongor que suministra energía a casi todo el sector asiático de Noreste. Además, es el ministro de Tecnología del Comité Revolucionario Permanente, y a Sadrac, aunque le resulta interesante lo que este hombre acaba de decir, no deja de chocarle que una persona tan relacionada con el gobierno haga ese tipo de comentario subversivo y difamatorio en la vía pública. Sí, claro, estamos en Karakorum y es obvio que Horthy está bajo el efecto de algún alucinógeno muy potente pero sin embargo, sin embargo…

—Las reservas del Antídoto se mantienen estables a lo sumo, e incluso diría que se observa una leve disminución —continúa Horthy, elaborando las palabras con exagerada precisión, característica de las personas que están bajo el efecto de una intoxicación—. Mangú miente con el objeto de calmar al pueblo. Cree que diciéndoles esas cosas los hará feliz y hará que lo amen. ¡Puff! —la mujer, ya desesperada, trata de hacerlo callar. Es pequeña, de conformación compacta, el centro de gravedad de su cuerpo está, por lo tanto, cerca del piso; su rostro está en parte oscurecido por un dominó verde, llamativo y adornado, pero Sadrac, después de un momento advierte que se trata de Donna Labile, personaje no menos importante que Horthy, de hecho, la ministra de Demografía cuya función es mantener un balance razonable entre la natalidad y la mortalidad. Enmascarada o no, es ella; la delatan las mandíbulas feroces. Sadrac observa que Horthy también lleva una máscara en la mano izquierda, tal vez piense que la tiene puesta. Donna intenta sin éxito, quitarle el antifaz de la mano y colocarlo en su lugar, pero Horthy la aparta bruscamente y, dirigiéndose a Mordecai, lo saluda con una reverencia tan majestuosa que casi cae a las vías. Donna Labile, aleteando el antifaz desechado, revolotea alrededor como un insecto enfurecido. —¡Ah, doctor Mordecai! —dice Horthy a los gritos—. ¡El devoto Esculapio de nuestro presidente! ¡Es un gusto saludarlo! "…el apogeo de nuestra interminable lucha en contra…" dice Mangú desde la esfera resplandeciente.

—¿Usted cree todas esas pavadas, Mordecai? —dice Horthy, señalando la imagen del heredero aparente.

Mordecai tiene sus sospechas acerca de la sinceridad del Khan con respecto al plan de distribución universal del Antídoto Roncevic, pero son sospechas con muy poco fundamento y, de todas maneras, éste no es un lugar para expresarlas. En tono suave dice:

—No soy miembro del Comité, doctor Horthy. La única información interna que recibo se refiere a cosas como, por ejemplo, el balance endocrino de Genghis Mao.

—Pero supongo que debe tener una opinión, ¿no es así?

—Sí, pero la opinión que yo pueda tener no está fundamentada y, por lo tanto, carece de valor.

—¡Qué diplomático, por Dios! dice Horthy con desprecio.

—No haga caso, por favor —ruega Donna Labile—. Esta noche se ha excedido en placeres. Demasiado kot y yipka, dulces y drogas que lo han vuelto loco. Está poniendo en juego toda su carrera…

—Hoy parece ser una noche especial para eso —comenta Sadrac.

—Un engaño sucio —continúa Horthy rudamente al tiempo que agita el puño en dirección a la pantalla. Tiembla, transpira. A través del rubor de sus mejillas, brota una blanca palidez—, cruel, siniestro, bestial… —y así continúa con una serie de adjetivos sibilantes, ininteligibles, en húngaro tal vez, que concluye en sollozos. Donna Labile, entretanto, desaparece, pero vuelve después de un momento acompañada por dos hombres altos que visten un uniforme gris y azuclass="underline" son dos policías de la Brigada de la Paz. A Sadrac le resulta extraño ver a una pareja de policías en Karakorum, ya que siempre pensó que era una ciudad libre, sólo vigilada por los ojos espías secretos y receptores de audio, pero no por policías y menos por individuos tan repelentes como éstos. Son idénticos: los dos feos, caras grises, ojos grises, cabezas planas, motudas, cuerpos extraños, desproporcionados, puras piernas y nada de cintura. Parecen seres de otro mundo con características humanas, caminan a trancos como un par de robots defectuosos. Es probable que el Comité, ante la escasez de voluntarios, esté preparando un clan de monstruos para que presten servicios policiales. Rodean a Horthy y le hablan en voz baja, apremiante. Uno de ellos, arrebatando el antifaz de las manos de Donna Labile, cubre la cara de Horthy con ademanes inquietos, casi bruscos. Luego, deslizando sus brazos por debajo de los del ministro de Tecnología, lo levantan, de manera tal que los pies apenas llegan al piso, y se dirigen hacia una puerta pintada de gris, en el otro extremo de la plataforma. Mordecai tiene dudas en cuanto al arresto de Horthy: tal vez fue instigado por Donna Labile, o lo más probable es que lo lleven a algún cuarto que esté fuera de escena antes de que siga gritando cosas comprometedoras para su carrera.

"…una época gloriosa en la espléndida historia de la raza humana…" —concluye Mangú efusivo.

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