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Los asesinos ocultos

Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:

Una terrible explosión en un edificio de Sevilla ha causado la muerte de varios ciudadanos. Cuando se descubre que los bajos de la edificación alojaban una mezquita, los temores que apuntan a un atentado terrorista se imponen. El miedo se apodera de la ciudad: bares y restaurantes se vacían, se multiplican las falsas alarmas y las evacuaciones.
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
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– Llama a Javier -dijo Ángel, acariciándole la nuca-. Él sabrá algo.

Falcón llamó a su inmediato superior, el jefe de la Brigada de la Policía Judiciaclass="underline" el comisario Pedro Elvira, para darle un primer informe basado en la opinión del jefe de bomberos: que casi con toda seguridad, el grado de destrucción había sido obra de una potente bomba, y le comunicó el número de víctimas hasta ese momento.

Elvira acababa de salir de una reunión con su superior, el policía más veterano de Sevilla: el jefe superior de Policía, el comisario Andrés Lobo, que le había encargado dirigir la investigación. También confirmó que el juez decano de Sevilla había nombrado a Esteban Calderón juez de instrucción encargado de dirigir la investigación. Ya se habían puesto en contacto con tres empresas de demolición para que enviaran un equipo que comenzara a quitar los escombros y trabajara con los equipos de rescate, que ya estaban de camino para intentar encontrar supervivientes lo antes posible.

Falcón hizo algunas peticiones: fotografías aéreas, antes de que la enorme escena del crimen quedara contaminada por la operación de rescate y demolición. También solicitó una nutrida presencia policial para acordonar casi un kilómetro cuadrado en torno al edificio y poder investigar todos los vehículos de la vecindad. Si había sido una bomba, habían tenido que transportarla, y el coche aún podía estar allí. Cuando comenzaran a registrar los vehículos sospechosos también necesitarían un equipo de la policía científica y una unidad de bomberos. Elvira le dijo que sí a todo y colgó.

El jefe de bomberos era el hombre del momento. Estaba preparado para un día como ese y en menos de noventa minutos tenía el desastre bajo control. Acompañó a Falcón hasta el linde de la destrucción. De camino ordenó que un equipo de bomberos dejara de apuntalar el tejado del aula destruida para que la brigada de explosivos pudiera comprobar cómo había afectado al edificio la explosión. Puso al corriente a Falcón de la arquitectura del bloque de apartamentos destruido y de que la tremenda explosión debía de haber dañado los cuatro pilares principales de sustentación de esa zona. El efecto habría sido que el peso de todos los suelos de cemento armado había recaído, de una manera repentina y fenomenal, sobre los finos tabiques que había entre cada planta. Como cada nivel caía desde una altura cada vez mayor, se habrían producido un peso y una aceleración acumulativos.

– Nadie puede haber sobrevivido al derrumbe -dijo el jefe de bomberos- Rezamos porque haya ocurrido un milagro.

– ¿Por qué está tan seguro de que no puede haber sido una explosión de gas?

– Aparte de que nadie informó de que hubiera una fuga, y que sólo hemos tenido que apagar dos pequeños fuegos, la mezquita del sótano se utiliza diariamente. El gas es más pesado que el aire, y se acumula en el punto más bajo. No podría haberse acumulado una gran cantidad de gas sin que nadie lo notara. Además, el gas habría tenido que acumularse en un espacio lo bastante grande antes de explotar. Su poder se habría disipado. Nuestro principal problema habría sido el incendio, no la destrucción. Se habría formado una inmensa bola de fuego, que habría abrasado toda la zona. Habría habido víctimas de quemaduras. Una bomba estalla a partir de una fuente pequeña y limitada. Por tanto, su poder destructivo es mucho más concentrado. Sólo una bomba muy grande, o varias bombas más pequeñas, podrían haber destruido esos pilares de sustentación de cemento armado. Casi todos los muertos y heridos que hemos visto hasta ahora han sido alcanzados por los escombros y los cristales que salieron despedidos. Todas las ventanas de la zona han quedado hechas trizas. Todo ello son indicios de una explosión de bomba.

En el borde de la destrucción la luz herida era de un amarillo pálido. Los ladrillos y el cemento pulverizado formaban un fino polvo, que obstruía la garganta y las fosas nasales con el hedor de la podredumbre. Del interior de los cascotes amontonados llegaban los sonidos repetitivos y desesperados de los sonsonetes de los móviles, las mismas melodías personalizadas rogando una respuesta. Allí, en lugar de ser irritantes, tenían personalidad. El jefe de bomberos negó con la cabeza.

– Esto es lo peor -dijo-, escuchar cómo se desvanecen las esperanzas de una persona.

Falcón casi dio un bote cuando su propio móvil le vibró en el muslo.

– Manuela -dijo, alejándose un poco del jefe de bomberos.

– ¿Estás bien, hermanito? -preguntó ella.

– Sí, pero estoy ocupado.

– Lo sé -dijo ella-. Dime una cosa. ¿Ha sido una bomba?

– Todavía no nos lo han confirmado…

– No quiero el comunicado oficial -dijo Manuela-. Soy tu hermana.

– No quiero que Ángel se vaya corriendo al ABC y cite las palabras del inspector jefe en la escena del crimen.

– No se lo repetiré.

– No seas ridícula.

– Dímelo, Javier.

– Pensamos que ha sido una bomba.

– Mierda.

Falcón colgó furioso sin decir adiós. Hombres, mujeres y niños había muerto o estaban heridos. Familias enteras habían sido destruidas, junto con sus hogares y posesiones. Pero Manuela necesitaba saber qué iba a pasar con el mercado inmobiliario.

7

Sevilla. Martes, 6 de junio de 2006, 09:45 horas

Un hombre apareció corriendo entre Falcón y el jefe de bomberos. El hombre tropezó con los escombros que había al pie del edificio derrumbado, se puso en pie y corrió hacia los pisos de cemento armado que se amontonaban como obleas. Se veía extrañamente pequeño junto a la inmensidad del derrumbe. Parecía una marioneta mientras se movía vacilante a derecha e izquierda, intentando encontrar un punto donde poder mantener el equilibrio en medio de la maraña de cemento agrietado, barras de acero que sobresalían, tela metálica desgarrada y ladrillos hechos pedazos.

El jefe de bomberos le pegó un grito. El hombre no le oyó. Metió las manos en las ruinas, echó el cuerpo hacia arriba y enroscó una pierna en una gruesa barra de acero: era una mezcla horriblemente humana de fuerza enloquecida derrotada por la futilidad.

Para cuando llegaron hasta él colgaba impotente, tenía las palmas de las manos desgarradas y ensangrentadas, la cara deformada por la crudeza del dolor. Lo levantaron de aquella espantosa percha, igual que los soldados arrancan a un camarada de las alambradas en el frente. En cuanto lo bajaron recuperó las fuerzas y volvió a abalanzarse hacia el edificio. Falcón tuvo que agarrarlo de las piernas para frenarlo. Forcejearon sobre las ruinas, como un antiguo insecto articulado, hasta que Falcón consiguió incorporar al hombre e inmovilizarlo entrelazándole las manos sobre el pecho.

– No puede entrar ahí -le dijo, la voz ronca por el polvo.

El hombre emitió un gruñido y flexionó los brazos para librarse del abrazo de Falcón. Tenía la boca abierta, los ojos, desorbitados, no se apartaban del edificio desplomado, y el sudor le caía en gruesas gotas por la cara sucia.

– ¿A quién conoce que esté ahí? -preguntó Falcón.

Desde el fondo de los quejidos del hombre le llegaron dos palabras: esposa, hija.

– ¿En qué planta? -preguntó el jefe de bomberos.

El hombre alzó la mirada hacia ellos parpadeando, como si la pregunta exigiera un complicado cálculo diferencial.

– Gloria -dijo el hombre-. Lourdes.

– ¿Pero en qué planta? -preguntó el jefe de bomberos.

La cabeza del hombre colgaba inerte, ya no luchaba. Falcón le soltó y le dio la vuelta.

– ¿Conocía a alguien más, aparte de Gloria y Lourdes? -preguntó Falcón.

La cabeza del hombre se movió a uno y otro lado, y sus ojos oscuros captaron los daños sufridos por la guardería. Se irguió, se puso en pie y caminó como un robot a través de los escombros y restos domésticos hacia la guardería. Falcón lo siguió. El hombre se paró en el punto donde antes había una pared. El aula era una confusión de muebles rotos y fragmentos de cristal, y en la pared del fondo aleteaban en la brisa los dibujos de los niños, grandes soles, sonrisas exageradas, pelos de punta.

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