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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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El mayor, de pie junto a la chimenea apagada, se irguió.

– Si bien no coincido con las motivaciones de Fanny, debo decir que comparto su sentimiento. Yo, por lo pronto, espero que entremos en guerra. Todo el continente se está convirtiendo en un deplorable caos. Disculpadme por usar palabras tan duras, madre, lady Clem, pero así es. Es necesario que la buena y antigua Britania intervenga y ponga orden. Que les dé a esos alemanes una buena sacudida.

Una aclamación general recorrió la sala. Jemina tomó el brazo del mayor, sus pequeños ojos se encendieron y lo miraron con adoración.

El viejo lord Ashbury fumaba su pipa entusiasmado.

– Es como una competición -proclamó apoyándose en el respaldo-. Nada como una guerra para distinguir a los hombres de los niños.

El señor Frederick se revolvió en su asiento, tomó el café que lady Violet le ofreció y se dedicó a cargar tabaco en su pipa.

– ¿Qué dices tú, Frederick? -preguntó tímidamente Fanny-. ¿Qué harás si llega la guerra? No dejarás de fabricar automóviles, ¿verdad? Sería una vergüenza que ya no hubiera hermosos vehículos tan sólo por culpa de una tonta guerra. No me agradaría tener que volver a viajar en carruaje.

El señor Frederick, incómodo por el flirteo de Fanny, apartó una hebra de tabaco de su pantalón y respondió:

– Yo no me preocuparía. Los automóviles son el futuro -aseguró y comprimió el tabaco en la pipa-. Dios no permita que una guerra genere molestias a damas tontas y ociosas -murmuró después para sí.

En ese momento la puerta se abrió. Con los rostros todavía exultantes, Hannah, Emmeline y David se dispersaron por la sala.

Las niñas se habían cambiado y volvían a lucir sus blancos vestidos con cuello marinero.

– ¡Qué bonito espectáculo! -aclamó lord Ashbury-. No pude oír una palabra, pero fue muy bueno.

– Muy bien, niños -felicitó lady Violet-. Aunque tal vez deberíais permitir que la abuela os ayude en la selección de los textos el año próximo.

– ¿Y a ti, papá? -preguntó ansiosamente Hannah-. ¿Te gustó la obra?

El señor Frederick eludió la mirada de su madre.

– Ya discutiremos más tarde los creativos añadidos, ¿de acuerdo?

– David, ¿tú qué opinas? -gorjeó Fanny-. Estábamos hablando de la guerra. ¿Te alistarías si Gran Bretaña entra en guerra? Creo que serías un valiente oficial.

David tomó la taza de café que lady Violet le ofrecía y se sentó.

– No había pensado en eso -repuso, arrugando la nariz-. Imagino que acabaré haciéndolo. Dicen que es una gran oportunidad para un joven que busca aventuras. -David miró a Hannah y le guiñó un ojo. La ocasión era propicia para burlarse de ella-. Me temo que es sólo para chicos, Hannah.

Fanny lanzó una carcajada estentórea que hizo parpadear a lady Clementine.

– Oh, David, qué tonto. Hannah no desearía ir a la guerra. Qué absurdo.

– Desde luego que querría -replicó decididamente Hannah.

– Pero, querida niña -intervino la desconcertada lady Violet-, no tendrías ropa apropiada para la batalla.

– Puede usar pantalones y botas de montar -opinó Fanny.

– O un disfraz -aventuró Emmeline-. Como el que ha utilizado en la obra. Aunque tal vez sin el sombrero.

El señor Frederick advirtió la mirada reprobatoria de su madre y se aclaró la voz.

– Si bien el atuendo de Hannah es un dilema capaz de generar brillantes especulaciones, debo recordaros que es un punto fuera de discusión. Ni ella ni David irán a la guerra. Las niñas no combaten y David aún no ha terminado sus estudios. Ya encontrará otro modo de servir al rey y al país. -Entonces se dirigió a su hijo-. Cuando hayas completado tus cursos en Eton y hayas pasado por Sandhurst será diferente.

– Si es que puedo completar mis cursos en Eton e ir a Sandhurst-advirtió David con firmeza.

La sala quedó en silencio. Algunos carraspearon. El señor Frederick dio unos golpecitos con la cuchara en la taza. Después de una pausa prolongada, declaró:

– David está bromeando. ¿No es cierto, hijo? -El silencio seguía extendiéndose-. ¿Eh?

David parpadeó lentamente. Vi que su mandíbula temblaba casi imperceptiblemente.

– Sí -confirmó por fin-. Por supuesto. Sólo trataba de quitarle solemnidad a toda esta conversación sobre la guerra. Supongo que no ha tenido gracia. Mis disculpas, abuelo, abuela. -David les miró uno por uno y yo noté que Hannah le retorcía la mano.

Lady Violet sonrió.

– Estoy totalmente de acuerdo contigo, David. No hablemos de una guerra que nunca llegará. Sigamos probando las deliciosas tartaletas de la señora Townsend -concluyó, haciendo una seña a Myra, que volvió a pasar la bandeja entre los invitados.

Por un rato estuvieron sentados, degustando los pastelillos. El reloj de barco que estaba sobre la chimenea siguió marcando la hora hasta que alguien logró encontrar un tema tan cautivador como la guerra. Por fin, lady Clementine señaló:

– Ni siquiera se trata de las batallas. En época de guerra, los verdaderos asesinos son las enfermedades. El campo de batalla, por supuesto, es un verdadero caldo de cultivo de todo tipo de pestes foráneas. Ya lo veréis -agregó en tono adusto-, cuando la guerra llegue, traerá la sífilis con ella.

– Si llega -puntualizó David.

– ¿Pero cómo lo sabremos? -preguntó Emmeline, con los ojos azules muy abiertos-. ¿Alguien del gobierno vendrá y nos lo dirá?

Lord Ashbury se tragó una tartaleta entera.

– Uno de los socios de mi club comentó que el anuncio podría hacerse en cualquier momento.

– Me siento como una niña en vísperas de Navidad -declaró Fanny, entrelazando los dedos-. Añorando que llegue el día, ansiosa por despertar y abrir los regalos.

– Yo no estaría tan entusiasmado -intervino el mayor-. Si Gran Bretaña entra en guerra es probable que termine en pocos meses. A lo sumo, para Navidad.

– No obstante -anunció lady Clementine- lo primero que haré mañana será escribir a lord Gifford para comentarle qué programa prefiero para mi funeral. Les sugiero a todos hacer lo mismo antes de que sea demasiado tarde.

Nunca antes había oído que una persona hablara sobre su propio funeral, mucho menos que lo planificara. De hecho, mi madre me había dicho que traía muy mala suerte y que se debía arrojar sal por encima de los hombros para atraer la buena fortuna.

Miré sorprendida a lady Clementine. Myra había mencionado su funesta sensibilidad. Abajo se rumoreaba que se había inclinado en la cuna de la recién nacida Emmeline y había declarado con total naturalidad que a un bebé tan hermoso seguramente no le quedaba mucha vida por delante. Aun así, yo estaba impresionada.

Los Hartford, por el contrario, estaban claramente habituados a sus nefastos pronunciamientos, porque ninguno de ellos se inmutó.

Los ojos de Hannah se abrieron en un gesto de burla.

– No estará insinuando que no confía en que nosotros haremos cuanto podamos por ocuparnos del asunto lo mejor posible, ¿verdad, lady Clementine? -Luego sonrió dulcemente y tomó la mano de la anciana-. Por lo pronto, yo me atrevo a garantizarle que le organizaría la despedida que merece.

– En realidad -resopló lady Clementine-, es conveniente planificar esos acontecimientos por ti misma, nunca se sabe en qué manos recaerá la tarea. Además, soy muy particular en lo que atañe a este tipo de ceremonia. La he estado planificando durante años.

– ¿Es eso cierto? -preguntó lady Violet, genuinamente interesada.

– Oh, sí-respondió lady Clementine-. Es uno de los actos públicos más importantes de la vida de una persona y el mío será realmente espectacular.

– Lo tendré en cuenta -observó secamente Hannah.

– También tú podrías hacer tu planificación -sugirió lady Clementine-. No se puede correr el riesgo de dar una mala impresión en estos días. Las personas no son tan piadosas como solían serlo y nadie quiere recibir una crítica desfavorable.

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