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Электронная книга - «Sedúceme». Краткое содержание книги:

Merecía la pena romper todas las reglas por un hombre como él…
Regla número 1: Nada de citas a ciegas.
Después de haberse enfrentado a muchas, Samantha O’Ryan no estaba dispuesta a volver a tener otra cita a ciegas… Hasta que su mejor amiga le pidió un favor y conoció a Jack Knight. Si hubiera sabido lo guapísimo que era, no habría protestado.
Regla número 2: Nada de besos en la primera cita.
El problema fue que, después de una sola cita con Jack, Sam quería mucho más que besos, lo cual debería haber sido motivo suficiente para no tener una segunda cita. Pero no lo fue.
Regla número 3: Nada de enamorarse.
Sam había decidido tener un romance sin ataduras… hasta que Jack empezó a hablar de amor…
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Sam se interrumpió cuando Jack la atrajo de nuevo hacia sí y la besó. Abrumada, se quedó inmóvil unos segundos.

Al parecer, él se lo tomó como un desafío, porque la soltó enseguida, como si supiera instintivamente que era capaz de resistirse a su pasión desenfrenada, pero no a su lento y seductor deseo.

Le deslizó una mano por la nuca y con el otro brazo le rodeó las caderas, mientras jugaba tierna y delicadamente con su boca. Le besó una comisura, luego la otra, y después le lamió los labios muy despacio hasta con seguir que los separara.

Y sólo entonces entrelazó su lengua con la de Sam en una danza acompasada que la hacía mover las caderas y revelar lo que su mente no quería admitir, pero su cuerpo no tenía intención de negar.

– Aún tienes el biquini mojado -dijo Jack, acariciándole el trasero.

Ella cerró los ojos y tembló de anticipación.

– ¿Tienes frío? -preguntó él, abrazándola más.

– No.

Jack la miró a los ojos y le deslizó una mano por el estómago, rozándole el borde de los senos, tensos por la excitación.

– ¿Seguro?

Ella asintió, reconociendo en silencio que no era el frío lo que le endurecía los pezones.

A él se le dibujó una sonrisa.

– Me has invitado a tu casa sólo para ponerme loción en la rodilla, ¿verdad? -dijo-. No para una sesión de sexo salvaje y desinhibido…

– Así es -contestó Sam, riendo y tocándole la frente con la suya-. Pero he pensado mucho en el sexo salvaje y desinhibido. ¿Eso cuenta?

– Ya lo creo que sí. Supongo que esta noche me toca otra ducha fría.

El comentario mereció una sonora carcajada de Sam.

– ¿Otra?

– Me pasé media hora debajo del chorro de agua fría después del nadar contigo a la luz de la luna.

– ¿El mar no estaba lo bastante frío para ti?

– No contigo dentro.

Jack la vio sonreír y gruñó.

– Oh, no, estoy perdido -suspiró-. Te he dado mucho más poder sobre mí.

– Tengo la sensación de que nunca dejas que nadie tenga poder sobre ti.

– Reconozco que no lo hago muy a me nudo. Esa loción es muy buena. ¿Qué otras cosas mágicas tienes?

– Sólo ésa. Es mi única trampa.

Él ladeó la cabeza y la miró con detenimiento, con una sonrisa en los labios.

– Lo dudo. Eres una mujer interesante, Sam. Me gusta eso. Me gustas.

– No soy tan interesante.

– Tienes un café en el que se sirven emparedados de jamón, algas marinas, alcachofas y mozzarella, pero eres incapaz de hacer unos brownies decentes. Tienes un talento natural para tratar con los niños, pero la idea de formar una familia con un hombre te provoca urticaria.

– No eres la persona más indicada para decir eso.

– Pero estamos hablando de ti -le recordó él, tocándole una mejilla-. Te pones nerviosa cuando estás sentada sobre un barreño enorme lleno de agua, pero te encanta hacer surf en el mar -rió y sacudió la cabeza-. Eres una suma de contradicciones, pero eres la suma de contradicciones más sensual que he visto en mi vida.

– Tú no eres muy distinto.

Sam dejó de hablar al sentir la mano de Jack subiéndole por las pantorrillas. Respirar se volvió un desafío.

– ¿En serio? -murmuró él.

Los dedos de Jack le acariciaban las corvas de una manera que la hacían desear separar las piernas para invitarlo a seguir. Aunque, por pura determinación, las mantuvo juntas.

– Sí.

– ¿Cómo es eso? No sé cocinar, y no se puede decir que se me den muy bien los niños.

Aquello la hizo reír.

– Claro que se te dan bien. Los niños te adoran. Te consideran un ejemplo.

– No soy un ejemplo para nadie.

– Aun así, los niños te adoran -afirmó Sam, esforzándose para que las caricias de Jack no la distrajeran-. Sé que tuviste problemas con la prensa, que te acusaban de ser difícil y de comportarte como un divo. Estoy segura de que eso duele -lo miró a los ojos y le puso una mano en el pecho-. Pero la verdad es que eres demasiado reservado para que las cosas que dicen de ti sean ciertas.

– No he sido ningún santo, Sam.

– Mejor, porque yo tampoco lo he sido. Los santos son aburridos. En cualquier caso, lo pasado, pasado está.

– Afortunadamente, sí.

Él le deslizó la mano por la pierna y empezó a trazarle círculos con el pulgar en la cara interna del muslo. Sam sintió que le hervía la sangre y puso una mano sobre su vestido para detenerlo, porque no lo podía soportar.

– Y puedo decirte todo esto -declaró- porque, como he dicho, somos muy parecidos.

– Yo prefiero las diferencias.

Jack estiró un dedo debajo de la mano de Sam, rozándole apenas, sólo apenas, la parte inferior del biquini. Ella se estremeció, pero a pesar de lo que le rogaban sus hormonas, aún no estaba preparada para desinhibirse con él.

– ¿No tienes la impresión de que tu vida se ha vuelto muy rutinaria? -preguntó, mirándolo a los ojos-. ¿Como estancada?

Él se puso tenso.

– Puede ser.

– Yo me lo he planteado, sobre todo desde que te conocí. ¿Puede la gente dejar atrás su vida? Porque me preocupa sentir que tengo que hacerlo.

– Tal vez sólo dejamos atrás algunas cosas -dijo él, con seriedad-. Para dar lugar a otras.

– Eso es muy intuitivo para un hombre al que no le gusta pensar en el futuro.

– Creía que eso no era ningún problema para ti.

– No lo es. En realidad, es uno de los motivos por los que me resultas tan atractivo -reconoció-. Porque vives el momento, relajado y sin preocupaciones.

Jack la miró detenidamente.

– Y eso te encanta, ¿verdad?

– Sí. Sin presiones, sin preocupaciones.

– Sin presiones, sin preocupaciones -repitió él, con una sonrisa-. Entonces, ¿por qué no estamos haciendo el amor y abandonándonos al momento?

– Porque hasta las mujeres con fobia al compromiso tienen sus límites -contestó Sam, poniéndose en pie-. Y uno de mis límites es saber dónde me estoy metiendo antes de irme a la cama con alguien.

– Lo que ves es lo que hay -afirmó Jack, pero también se levantó del sofá.

Ella fue hasta la puerta y la abrió. Deseaba con todas sus fuerzas que no volviera a tocarla, porque si lo hacía, cedería más de prisa que una maleta barata.

Jack se acercó a la puerta con un suspiro. Había anochecido. Miró a Sam y sonrió.

– El tiempo pasa volando contigo.

Ella echó un vistazo y se sorprendió al ver el cielo negro.

– Aún te debo unas clases de baloncesto -dijo él-. Y a cambio, quiero pedirte un favor.

– Te recuerdo que he pagado por esas clases.

– Tranquila; esto te va a divertir. Quiero que me enseñes a hacer surf.

Ella se quedó boquiabierta y después soltó una carcajada.

– ¿Tan raro te parece? -preguntó Jack.

– No, pero, ¿por qué quieres aprender ahora a hacer surf?

– Porque tú haces surf.

Sam creyó que se iba a derretir.

– Hago surf desde que empecé a caminar, Jack.

– Entonces, enséñame.

– Estás loco.

Él sonrió.

– Pero a ti te gustan los locos.

– Sí.

– Entonces, enséñame.

– De acuerdo. Tú me enseñarás a jugar al baloncesto, y yo te enseñaré a hacer surf -extendió una mano para sellar el trato-. De hecho, seré la primera en empezar. Nos reuniremos aquí el fin de semana que viene. El sábado a las cinco y media de la mañana.

– ¿De la mañana?

– De la mañana.

Jack la miró a los ojos y sonrió mientras la atraía hacia sus brazos para darle un beso que la dejaría aturdida.

– Que sea a las seis y media -murmuró contra la boca de Sam.

– A las seis o no hay trato. La mañana es la mejor hora para hacer surf.

Él le ofreció otra de sus sonrisas sensuales y suspiró.

– De acuerdo, a las seis.

Su aceptación fue seguida de otro beso apasionado que la dejó temblando.

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