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Una vacante imprevista

Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:

La historia de esta primera obra de Rowling para adultos se centra en Pagford, un imaginario pueblecito del sudoeste de Inglaterra donde la súbita muerte de un concejal desata una feroz pugna entre las fuerzas vivas del pueblo para hacerse con el puesto del fallecido, factor clave para resolver un antiguo litigio territorial.
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
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—Ajá —repuso Terri con tono amodorrado.

Pero Kay estaba leyendo la última nota que Mattie le había garabateado antes de solicitar la baja.

—¿No debería estar hoy allí, Terri? ¿No es el martes uno de los días que va?

Terri parecía luchar contra el sueño. Cabeceó ligeramente un par de veces y por fin contestó:

—Le toca a Krystal llevarlo, pero pasa.

—Krystal es tu hija, ¿no? ¿Cuántos años tiene?

—Catorce —contestó Terri como en una ensoñación—, y medio.

Kay comprobó en sus notas que Krystal tenía dieciséis. Hubo un largo silencio.

A los pies de la butaca de Terri había dos tazones desportillados. Uno contenía restos de un líquido que parecía sangre. Había cruzado los brazos sobre el pecho.

—Ya lo tenía vestido —añadió Terri arrastrando las palabras desde lo más profundo de su conciencia.

—Perdona, Terri, pero debo preguntártelo: ¿has consumido droga esta mañana?

La mujer se pasó por la boca una mano como una garra de pájaro.

—Qué va.

—Tengo caca —intervino Robbie, y se precipitó hacia la puerta.

—¿Necesita ayuda? —se ofreció Kay cuando Robbie desapareció de la vista y lo oyeron correteando escaleras arriba.

—No; sabe hacerlo solo —balbuceó Terri.

Apoyó la cabeza en el puño y el codo en la butaca. Robbie empezó a gritar desde el rellano.

—¡Puerta! ¡Puerta!

Lo oyeron aporrear la madera. Terri no se movió.

—¿Lo ayudo? —insistió Kay.

—Ajá —repuso Terri.

Kay subió la escalera y accionó el endurecido picaporte para abrirle la puerta al niño. El baño apestaba. La bañera estaba gris, con sucesivos cercos marrones, y no habían tirado de la cadena. Kay lo hizo antes de permitir que Robbie se encaramase a la taza. El niño arrugó la cara e hizo ruidosos esfuerzos, sin inmutarse ante la presencia de Kay. Un sonoro chapoteo y un nuevo tufo se añadió a la atmósfera ya pestilente. El pequeño bajó de la taza y empezó a subirse el voluminoso pañal sin limpiarse; Kay lo sentó de nuevo y trató de que lo hiciera solo, pero por lo visto esa costumbre le era ajena. Acabó por limpiarlo ella. Tenía las nalgas prácticamente en carne viva: llenas de costras, rojas e irritadas. El pañal apestaba a amoníaco. Trató de quitárselo, pero el crío gritó, le dio una patada y se apartó de ella para volver corriendo a la sala de estar con el pañal a medio subir. Kay fue a lavarse las manos, pero no había jabón. Tratando de no inhalar, salió al rellano y cerró la puerta del baño.

Echó una ojeada a los dormitorios antes de volver a la planta baja. El contenido de los tres se desparramaba hasta el rellano lleno de trastos. Todos dormían en colchones en el suelo. Aparentemente, Robbie compartía habitación con su madre. Entre la ropa sucia esparcida por todas partes vio un par de juguetes baratos, de plástico, para una edad inferior. A Kay la sorprendió que tanto el edredón como las almohadas llevaran fundas.

De vuelta en la sala de estar, Robbie gimoteaba otra vez y golpeaba con el puño la pila de cajas de cartón. Terri lo observaba con los ojos apenas abiertos. Kay sacudió el asiento de la butaca antes de volver a sentarse.

—Terri, tú estás en el programa de metadona de la clínica Bellchapel, ¿correcto?

—Hum —musitó la mujer, medio dormida.

—¿Y qué tal te va, Terri? —Kay esperó con el bolígrafo a punto, fingiendo que no tenía la respuesta delante de las narices—. ¿Sigues yendo a la clínica, Terri?

—La semana pasada fui, el viernes.

Robbie seguía aporreando las cajas.

—¿Puedes decirme cuánta metadona te están dando?

—Ciento quince miligramos.

A Kay no la sorprendió que se acordara de eso y no de la edad de su hija.

—Mattie dice aquí que tu madre te ayuda con Robbie y Krystaclass="underline" ¿es así?

Robbie arremetió con su cuerpecito contra la torre de cajas, que se tambaleó.

—Ten cuidado —le advirtió Kay.

—Deja eso —añadió Terri con lo más parecido a un tono espabilado que Kay había captado hasta entonces en su voz de zombi.

El niño volvió a dar puñetazos a las cajas, por el puro placer, por lo visto, de oír la hueca vibración que producían.

—Terri, ¿sigue ayudándote tu madre a cuidar de Robbie?

—Abuela, no madre.

—¿La abuela de Robbie?

—Mi abuela, joder. No… no está bien.

Kay volvió a mirar a Robbie, con el bolígrafo preparado. No estaba por debajo de su peso; saltaba a la vista, pues iba medio desnudo, y además Kay lo había levantado en el lavabo. Llevaba una camiseta sucia pero, cuando se había inclinado sobre él, la había sorprendido comprobar que el pelo le olía a champú. No tenía moretones en los brazos ni en las piernas, blancos como la leche; sin embargo, ahí estaba ese pañal empapado que llevaba colgando a sus tres años y medio de edad.

—¡Tengo hambre! —exclamó Robbie, dándole un último e inútil mamporro a una caja—. ¡Tengo hambre!

—Puedes coger una galleta —masculló Terri, pero no se movió.

Los gritos de Robbie se convirtieron en ruidosos llantos y alaridos. Terri no hizo el menor ademán de levantarse de la butaca. Resultaba imposible hablar con aquel griterío.

—¡¿Voy a buscarle una?! —gritó Kay.

—Ajá.

Robbie adelantó corriendo a Kay para entrar en la cocina. Estaba casi tan sucia como el cuarto de baño. No había más electrodomésticos que nevera, cocina y lavadora; en las encimeras sólo se veían platos sucios, otro cenicero lleno a rebosar, bolsas de plástico, pan mohoso. El suelo de linóleo estaba pringoso y se le pegaban las suelas. La basura desbordaba el cubo, coronada por una caja de pizza en precario equilibrio.

—Y dentro —dijo Robbie señalando con un dedo el armario de cocina y sin mirar a Kay—. Y dentro.

En el armario había más comida de la que Kay esperaba encontrar: latas, un paquete de galletas, un bote de café instantáneo. Sacó dos galletas de chocolate del paquete y se las tendió al niño, que se las arrebató y echó a correr para volver con su madre.

—Dime, Robbie, ¿te gusta ir a la guardería? —le preguntó Kay cuando el pequeño se sentó en la alfombra a zamparse las galletas.

No contestó.

—Sí, le gusta —intervino Terri, un poco más despierta—. ¿A que sí, Robbie? Le gusta.

—¿Cuándo fue por última vez?

—La última vez. Ayer.

—Ayer era lunes, no puede haber ido ayer —repuso Kay tomando notas—. No es uno de los días que le toca ir.

—¿Qué?

—Hablo de la guardería. Se supone que Robbie debería estar hoy allí. Necesito saber cuándo fue por última vez.

—Ya te lo he dicho, ¿no? La última vez. —Tenía los ojos más abiertos. El timbre de su voz seguía siendo apagado, pero la hostilidad luchaba por salir a la superficie—. ¿Eres tortillera? —quiso saber.

—No —contestó Kay sin dejar de escribir.

—Tienes pinta de tortillera.

Kay siguió escribiendo.

—¡Zumo! —chilló Robbie con la barbilla manchada de chocolate.

Esta vez, Kay no se movió. Tras otra larga pausa, Terri se levantó con esfuerzo de la butaca y se dirigió al pasillo haciendo eses. Kay se inclinó para abrir la tapa suelta de la lata de galletas que Terri había apartado al sentarse. Dentro había una jeringuilla, un poco de algodón mugriento, una cuchara oxidada y una bolsa de plástico con polvos. Volvió a poner la tapa con firmeza mientras Robbie la observaba. Se oyó un trajín distante, y Terri reapareció con una taza de zumo que le tendió al crío.

—Toma —dijo, más para Kay que para su hijo, y volvió a sentarse.

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