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La Caída De Los Gigantes

Электронная книга - «La Caída De Los Gigantes». Краткое содержание книги:

La caída de los gigantes sumerge al lector en una historia cargada de épica. Ésta primera novela, que forma parte de una trilogía, sigue los destinos de cinco familias diferentes a lo largo y ancho del mundo. Desde América a Alemania, Rusia, Inglaterra y Gales, Follet sigue la evolución de sus personajes a través de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y las primeras luchas por los derechos de la mujer.
Como siempre, Follet pone un especial interés por su tierra natal, Gales, al comenzar con la historia de Billy Williams, un sencillo minero; en América encontramos a Gus Dewar, un estudiante de derecho con el corazón partido por un desengaño amoroso. En Rusia, dos hermanos huérfanos, Grigori y Lev se ven en medio de una revolución que trastoca sus vidas y acaba por separar sus caminos. Como nudo entre las historias encontramos a la hermana de Williams, quien trabaja en Inglaterra como ama de llaves de Lady Fitzherbert, enamorada de un espía alemán, Walter von Ulrich.
Poco a poco estos personajes irán encontrándose a medida que la inmensa maquinaria creada por Follet avance, tan deprisa y violenta como el principio del siglo XX en el que se ven inmersos.
En los siguientes volúmenes de la trilogía, Follet seguirá con las mismas familias, creando un gran texto generacional con el que escribir y retratar uno de los siglos más terribles y maravillosos de la historia de la humanidad.
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Gus arrugó la frente. Wilson había tenido un devaneo con Mary Peck estando casado con su primera mujer. No creía que hubieran llegado a cometer adulterio, pero Wilson había sido lo bastante necio para escribir unas cartas que mostraban más afecto del que resultaba apropiado. Los chismosos de Washington lo sabían todo al respecto, pero no se había publicado nada.

– Estoy hablando de algo grave – repuso Gus con severidad.

– Lo siento – dijo Rosa, y su rostro adoptó una expresión tan solemne que Gus sintió ganas de reír.

– La única condición será que no puedes decir que la información te ha llegado desde la Casa Blanca.

– Trato hecho.

– Voy a enseñarte un telegrama del ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, a su embajador de México.

La mujer se quedó atónita.

– ¿De dónde lo has sacado?

– De Western Union – mintió él.

– ¿Y no está codificado?

– Los códigos pueden descifrarse. – Le pasó una copia mecanografiada de la traducción inglesa completa.

– ¿Esto es extraoficial? – preguntó ella.

– No. Lo único que quiero que te guardes para ti es de dónde lo has sacado.

– De acuerdo. – Empezó a leer. Al cabo de un momento se le abrió la boca de asombro. Lo miró a él -. Gus – dijo -, ¿esto es de verdad?

– ¿Cuándo me has visto a mí gastar bromas pesadas?

– La última vez fue… nunca. – Siguió leyendo -. ¿Los alemanes van a pagar a México para que invada Texas?

– Eso es lo que dice herr Zimmermann.

– Esto no es una historia, Gus… ¡Es la primicia del siglo!

Gus se permitió una pequeña sonrisa, intentando que no se notara mucho el triunfalismo que lo embargaba.

– Es lo que pensaba que dirías.

– ¿Actúas de forma independiente o en nombre del presidente?

– Rosa, ¿imaginas acaso que haría algo así sin aprobación desde lo más alto?

– Supongo que no. Caray. O sea que esto me llega desde el presidente Wilson.

– Oficialmente, no.

– Pero ¿cómo sé yo que es verdad? No creo que pueda escribir un artículo basándome solo en un pedazo de papel y en tu palabra.

Gus ya había previsto esa pega.

– El secretario de Estado, Lansing, le confirmará personalmente a tu jefe la autenticidad del telegrama, siempre que la conversación sea confidencial.

– Me vale. – Volvió a mirar el papel -. Esto lo cambia todo. ¿Te imaginas lo que dirá el pueblo americano cuando lo lean?

– Creo que estarán más predispuestos a entrar en la contienda y luchar contra Alemania.

– ¿Predispuestos? – dijo ella -. ¡Sacarán espuma por la boca! Wilson se verá obligado a declarar la guerra.

Gus no dijo nada.

Un momento después, Rosa interpretó su silencio.

– Ah, comprendo. Por eso estás filtrando el telegrama. El presidente ya desea declarar la guerra.

Tenía muchísima razón. Gus sonrió, disfrutando de ese baile de intelectos con una mujer brillante.

– Yo no lo he dicho.

– Pero este telegrama enfurecerá tanto al pueblo americano que exigirán la guerra, y Wilson podrá decir que no ha renegado de sus promesas electorales… sino que la opinión pública lo ha obligado a cambiar su política.

Fitz se dio cuenta de que, en realidad, Rosa era incluso demasiado inteligente para lo que él pretendía.

– No será eso lo que escribas en el artículo, ¿verdad? – preguntó con inquietud.

Ella sonrió.

– Oh, no. Es solo que tengo la costumbre de ponerlo siempre todo en duda. Antes era anarquista, ¿sabes?

– ¿Y ahora?

– Ahora soy reportera. Y solo hay una forma de escribir este artículo.

Gus se sintió aliviado.

El camarero trajo la comida: salmón poché para ella, filete con puré de patatas para él. Rosa se levantó.

– Tengo que volver a la redacción.

Gus se sobresaltó. – ¿Y la comida? – ¿Me lo dices en serio? – preguntó ella -. No puedo comer. ¿No entiendes lo que has hecho? Él creía que sí, pero repuso: – Dímelo tú. – Acabas de enviar a Estados Unidos a la guerra. Gus asintió. – Lo sé – dijo -. Ve a escribir ese artículo. – Oye, gracias por escogerme. Un momento después, ya se había ido.

Capítulo 23

Marzo de 1917

Ese invierno en Petrogrado estuvo marcado por el frío y la hambruna. El termómetro que había fuera de los barracones del 1er Regimiento de Artillería señalaba quince grados bajo cero desde hacía todo un mes. Los panaderos habían dejado de hacer pasteles, tartas, repostería y cualquier cosa que no fuera pan, pero aun así no había suficiente harina. La puerta de la cocina de los barracones estaba protegida por guardias armados, porque muchísimos soldados intentaban mendigar o robar un poco de comida extra.

Un día de crudo frío de principios de marzo, Grigori consiguió un permiso de tarde y decidió ir a ver a Vladímir, que estaría al cuidado de la casera mientras Katerina trabajaba. Se puso su capote militar y salió a las calles heladas. En la avenida Nevski, cruzó una mirada con una pequeña mendiga, una niña de unos nueve años que estaba de pie en una esquina, a merced del viento ártico. La pequeña tenía algo que lo inquietó, y arrugó la frente al pasar de largo. Un minuto después se dio cuenta de qué era lo que le había llamado la atención. La mendiga le había dirigido una mirada de invitación sexual. Se quedó tan atónito que detuvo sus pasos. ¿Cómo podía una niña de esa edad ofrecerse como prostituta? Se volvió con la intención de preguntárselo, pero ya no estaba.

Siguió caminando con ánimo preocupado. Desde luego, sabía que había hombres que buscaban el contacto sexual con niños: lo había descubierto aquella vez en que el pequeño Lev y él habían acudido a un sacerdote en busca de ayuda, hacía ya muchísimos años. Pero, de algún modo, la imagen de esa niña de nueve años imitando patéticamente una sonrisa insinuante le partía el corazón. Hacía que le dieran ganas de echarse a llorar por su país. «Estamos convirtiendo a nuestras niñas en putas – pensó -, ¿acaso puede empeorar más la situación?»

Estaba de un humor muy funesto cuando llegó a su antiguo alojamiento. En cuanto entró en la casa, oyó berrear a Vladímir, así que fue directo a la habitación de Katerina y encontró al niño solo, con toda la cara colorada y crispada por el llanto. Lo cogió y lo acunó entre sus brazos.

La habitación estaba limpia y recogida, olía a Katerina. Grigori iba allí casi todos los domingos. Ya se había convertido en una costumbre: salían por la mañana, después regresaban a casa y hacían la comida con alimentos que Grigori compraba en los barracones cuando conseguía encontrar algo. Después, mientras Vladímir dormía la siesta, hacían el amor. Los domingos en que tenían suficiente para comer, Grigori estaba radiante de felicidad.

Los gritos de Vladímir se convirtieron en una cantinela de lloros de descontento. Con el niño en brazos, Grigori fue a buscar a la casera, que se suponía que debía estar cuidando de él. La encontró en el lavadero, una construcción de techo bajo añadida a la parte de atrás de la casa, pasando sábanas mojadas por un rodillo escurridor. Era una mujer de unos cincuenta años que llevaba el pelo cano recogido con un pañuelo. Había sido regordeta allá por 1914, cuando Grigori se marchó para alistarse en el ejército, pero se le había quedado un cuello escuálido y tenía los carrillos descolgados. Incluso las caseras pasaban hambre últimamente.

La mujer se sobresaltó y puso cara de culpabilidad al ver a Grigori.

– ¿No ha oído llorar al niño? – preguntó este.

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