Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
Lograr que les dieran indicaciones más precisas para llegar resultó difícil, ya que la mayoría de la gente se alejaba como una flecha si se le hablaba, pero al fin desmontaron delante de una posada de aspecto próspero, un edificio de tres pisos de piedra gris finamente labrada y tejado de pizarra, con un cartel colgado en la fachada donde se leía el nombre: La Gabarra Dorada. Había incluso un toque de dorado en las letras del cartel, así como en el montón de grano que aparecía en la gabarra, sin cubrir, como si no fuera a despacharse nunca. No salieron mozos del establo anexo a la posada, de modo que los portaestandartes tuvieron que ocuparse de sujetar los caballos, tarea que no les complació. Tod estaba tan atento observando el tráfago de gente sucia que pasaba a su lado mientras acariciaba la empuñadura de su espada corta, que Recio casi le enganchó dos dedos cuando cogió las riendas. El mayeniense y el ghealdano parecían desear enarbolar lanzas en lugar de estandartes. Flinn tenía los ojos desorbitados. A despecho del sol matinal, la luz parecía… sombría. Entrar en la posada no mejoró las cosas.
A primera vista, la sala común confirmaba la prosperidad del negocio, con pulidas mesas redondas y sillas en lugar de bancos bajo un techo alto de sólidas vigas. Las paredes tenían pinturas murales de campos de cebada, avena y mijo madurando bajo un sol resplandeciente; sobre la repisa tallada de la ancha chimenea de piedra blanca había un reloj pintado en intensos colores. El hogar, sin embargo, estaba apagado y la temperatura era casi tan gélida como en el exterior. El reloj se había parado y el pulido de la caja estaba mate. Una capa de polvo lo cubría todo. Los únicos ocupantes de la sala eran seis hombres y cinco mujeres reunidos en torno a una mesa ovalada, más grande que el resto, que estaba en el centro de la estancia.
Cuando Perrin y los otros entraron, uno de los hombres se levantó de un salto al tiempo que soltaba una maldición, y su rostro palideció bajo la capa de tierra seca. Una mujer rellenita, de largo cabello grasiento, se llevó la copa de peltre a los labios e intentó tragar tan deprisa que el vino se le derramó por la barbilla. Perrin pensó que quizás era por sus ojos. Quizá.
—¿Qué ha ocurrido en esta ciudad? —inquirió firmemente Annoura, que se echó la capa hacia atrás como si en la chimenea hubiera un buen fuego encendido.
La mirada sosegada que fue pasando por todos los sentados a la mesa los dejó paralizados. En ese momento Perrin cayó en la cuenta de que ni Masuri ni Seonid lo habían seguido al interior. Dudaba mucho que se hubiesen quedado esperando en la calle con los caballos. A saber qué estaban haciendo ellas y sus Guardianes.
El hombre que se había levantado se ahuecó el cuello de la chaqueta con el dedo. La prenda había sido un excelente paño azul en otras épocas, con una hilera de botones dorados de arriba abajo, pero parecía que el tipo se había estado echando comida encima desde hacía un tiempo. Tal vez más comida de la que había ingerido él. También a él le colgaba la piel.
—¿Q… que qué ocurrió, Aes Sedai? —tartamudeó.
—¡Cállate, Mycal! —dijo precipitadamente una demacrada mujer. Su oscuro vestido tenía bordados en el cuello alto y a lo largo de las mangas, pero el barro no dejaba ver los colores con claridad. Sus ojos semejaban pozos, de tan hundidos—. ¿Qué os hace pensar que ha ocurrido algo, Aes Sedai?
Annoura habría contestado, pero Berelain se adelantó cuando la Aes Sedai abría la boca.
—Buscamos a los comerciantes de grano —dijo. La expresión de Annoura no cambió, pero la mujer cerró la boca con un sonoro chasquido.
La gente reunida a la mesa intercambió largas miradas. La mujer demacrada observó a Annoura un momento y enseguida su mirada pasó a Berelain; resultó evidente que reparaba en las sedas y las gotas de fuego. Y en la diadema. Extendió la falda en una reverencia.
—Somos el gremio de comerciantes de So Habor, milady. Lo que queda de… —Enmudeció, e inhaló profunda y temblorosamente—. Soy Rahema Arnon, milady. ¿En qué podemos serviros?
Los comerciantes parecieron animarse un tanto al enterarse de que sus visitantes habían ido por grano y otras cosas que pudieran proporcionarles, como aceite para lámparas y para cocinar, judías, agujas y clavos para herraduras, tela, velas y una docena de cosas más que hacían falta en el campamento. Al menos, ya no parecían tan asustados. Cualquier comerciante corriente que oyera la lista enumerada por Berelain se habría visto en apuros para no sonreír con codicia, pero ese grupo…
La señora Arnon pidió a la posadera que les llevara vino —el mejor, y rápido, rápido—, pero cuando una mujer de nariz larga asomó la cabeza, vacilante, en la sala común, la señora Arnon tuvo que correr hacia ella y agarrarla por la sucia manga para que no desapareciera de nuevo. El tipo de la chaqueta llena de manchas llamó a alguien llamado Speral para que llevara los botes de muestra; pero, después de repetir la llamada tres veces sin obtener respuesta, soltó una risa nerviosa y se dirigió presuroso al cuarto trasero, para volver al cabo de un momento sosteniendo en los brazos tres grandes recipientes de madera, cilíndricos, que soltó en la mesa. Los otros —hombres de caras grasientas y mujeres que se rascaban sin que aparentemente se dieran cuenta— exhibieron un repertorio de sonrisas nerviosas al tiempo que hacían reverencias a Berelain y le ofrecían un asiento a la cabecera de la mesa ovalada. Perrin metió los guantes bajo el cinturón y se quedó de pie junto a uno de los murales, observando.
Habían acordado dejar la negociación a Berelain. Ésta había admitido, a regañadientes, que él sabía de caballos más que ella, pero que en cambio ella había negociado tratados que comprendían la venta del valor de las capturas de peces clavo de varios años. Annoura había esbozado una sonrisita ante la sugerencia de que un chico pueblerino con ínfulas participara en eso. No lo llamaba eso —podía tratarlo de «milord» con tanta soltura como Masuri o Seonid—, pero saltaba a la vista que consideraba que algunas cosas estaban muy por encima de sus posibilidades. Ahora, de pie detrás de Berelain, no sonreía y estudiaba a los comerciantes como si quisiera memorizar sus caras.
La posadera llevó vino en unas copas de peltre que habían visto un paño de lustrar por última vez hacía semanas, si no meses, pero Perrin se limitó a mirar el vino de la suya y a hacerlo girar en la copa. La señora Vadere, la posadera, tenía porquería acumulada debajo de las uñas y la suciedad se le había incrustado en los nudillos como parte de su piel. Perrin advirtió que Gallenne, de pie en la pared opuesta y con una mano en la empuñadura de la espada, se limitaba también a sostener su copa, y Berelain ni siquiera tocó la suya. Kireyin olisqueó su vino, después bebió hasta apurar la copa y llamó a la señora Vadere para que le llevara una jarra.