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Los Últimos Cien Días

Электронная книга - «Los Últimos Cien Días». Краткое содержание книги:

Los últimos cien días de la Segunda Guerra Mundial en el escenario europeo son la culminación del drama que se ha desarrollado a lo largo de toda la contienda. En esos tres meses los Aliados darán el golpe de gracia al Tercer Reich pero, antes de que éste se hunda definitivamente, Alemania tendrá que soportar una tragedia con escasos precedentes en la historia de la humanidad. Víctima de intensos bombardeos, del frío y la falta de alimento, de los excesos cometidos por las tropas rusas y del terror impuesto por los últimos guardianes del nazismo, la población germana acabará recibiendo la noticia de la derrota con indisimulado alivio.
En estas páginas, el historiador John Toland ofrece una extensa, documentada y apasionante reconstrucción de esos últimos y dramáticos días. Su lenguaje ameno y directo, más cercano al periodismo que al propio de los libros de historia, transporta al lector a los diferentes escenarios en los que se libra esa partida final, en un fascinante relato de interés creciente que logra captar toda su atención desde el primer momento.
Los últimos cien días, un clásico imprescindible del que se han vendido millones de ejemplares desde su aparición en 1965, está considerado hoy día como la obra más completa sobre el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
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Se dirigieron todos hacia un transbordador rudimentario, y a las 13'30, Kotzebue escribió el siguiente mensaje para enviar al comandante de su regimiento:

A Com. «Tryhard».

»Misión cumplida. Estableciendo acuerdos para una entrevista entre Coms. Situación actual (87-17). No hay bajas.»

Desembarcaron en la orilla oriental del Elba, y cuando los fotógrafos les estaban tomando unas instantáneas, Kotzebue oyó que alguien decía en inglés:

– ¡Cielos, si son americanos!

Miró a su alrededor y vio a tres prisioneros liberados, dos norteamericanos y un escocés, que gesticulaban llenos de júbilo. A pesar de la oposición de los rusos, Kotzebue insistió en que los tres hombres se unieran a sus tropas. Se envió entonces el grupo americano hasta el puesto de mando del regimiento ruso, que se hallaba instalado en una granja, donde ya habían puesto la mesa para celebrar un banquete. Kotzebue se quitó las botas y los calcetines, que tenía totalmente empapados, y al instante comenzó la celebración del histórico momento.

Al iniciarse los primeros brindis se presentó el general de división Vladimir Rusakov. El comandante de la 58.ª División se mostró reservado, y no pareció complacerle tener que sentarse junto a un teniente americano de veintiún años, que además iba descalzo. Se hicieron más brindis a la salud de Roosevelt, Truman, Churchill y Stalin, y por fin Rusakov se marchó, con lo que la celebración adquirió un tono de mayor familiaridad. Tanta fue ésta, que un americano de raza india se lanzó sobre una rusa de la policía militar, de atractivo aspecto, y sólo después de que Kotzebue hubo propinado un fuerte porrazo al vehemente soldado, la muchacha se vio libre del acoso.

El mensaje de Kotzebue tardó casi dos horas en llegar al puesto de mando del regimiento. Cuando el coronel Adams lo leyó, se dio cuenta de que Kotzebue había violado las órdenes recibidas, en su impaciencia por establecer contacto con los rusos. Lleno de aprensión, el coronel informó al general de división Emil F. Reinhardt, el cual se mostró sumamente irritado. Sus superiores le habían ordenado explícitamente no enviar patrullas más allá de ocho kilómetros al este del río Mulde, so pena de que se produjesen incidentes desagradables, y Kotzebue había avanzado al menos cuarenta kilómetros.

Reinhardt quiso confirmar la certeza del encuentro antes de informar a sus superiores, quienes seguramente se mostrarían tan disgustados como él con la acción de Kotzebue. En consecuencia, ordenó el más estricto secreto para que nada trascendiese a la Prensa, y envió a su oficial de operaciones a que volase en avión sobre el lugar del encuentro, para confirmar lo ocurrido. Sin embargo, la posición dada por Kotzebue a Adams era incorrecta, y éste se dirigió a ocho kilómetros al sur del punto exacto. A las cuatro, Adams recibió un segundo mensaje de Kotzebue, que decía:

«Acuerdos aún incompletos. Comunicaré con usted más tarde.»

Adams no sabía que otra patrulla de su regimiento, con órdenes de dedicarse sólo a recoger fugitivos, había llegado igualmente a orillas del Elba. Poco después del mediodía, el segundo teniente William Robertson, oficial de inteligencia del Primer Batallón -un hombre bajo, de aspecto reposado-, llegó a Torgau, que se hallaba treinta kilómetros al norte del punto por donde cruzó Kotzebue la primera vez.

Acababa de recoger a dos prisioneros americanos, liberados recientemente del campamento cercano, cuando una descarga infernal de armas ligeras se desató desde la orilla opuesta del río. Robertson corrió hacia una droguería donde halló pinturas roja y azul, así como una tela blanca. Pintó entonces una rudimentaria bandera americana, y trepó con ella hasta la torre del castillo de la ciudad, dejando la enseña colgada del muro. Debajo alcanzaba a ver un puente semihundido, como un juguete destrozado. Agitó los brazos y gritó:

– ¡Alto el fuego! Tovarisch! American! Amerikansky! ¡Rusia, América! Kamerad!

Se dio cuenta en seguida de que había cometido un error con la última palabra, que era alemana, y al momento añadió:

– ¿Ninguno de ustedes habla inglés?

Cesó el fuego al momento y vio a varios hombres que salían de las ruinas, al otro lado del Elba. Se le ocurrió pensar que podían haber disparado por la fuerza de la costumbre, ya que ninguna oposición había desde la orilla donde él estaba. Uno de los americanos liberados, el alférez Peck, se unió a Robertson en la torre, y cuando sacó la cabeza se produjo otra descarga cerrada. Los gritos y ademanes de Robertson volvieron a detener los disparos, y de la orilla opuesta surgió una bengala verde, seguida de otra, poco después: era la señal de reconocimiento. Robertson ordenó entonces a dos de sus hombres que trajeran un prisionero ruso del cercano campamento de internados de guerra.

Siguió Robertson lanzando gritos para apaciguar a los rusos de la otra orilla, y exhortándoles a que cruzasen el río. Como nadie lo hiciera, Robertson se disculpó diciendo que no tenía bengalas, pensando que el no haber él contestado era motivo de la desconfianza de los soviéticos. A las 15'20, los rusos comenzaron de nuevo a disparar, y una granada antitanque casi hirió a Robertson. En medio del fuego llegó el prisionero ruso y empezó a lanzar gritos a sus compatriotas. Varios soldados del Ejército Rojo se dirigieron hacia el puente semihundido, en tanto que Robertson y los demás corrían desde la torre por la calle abajo. El prisionero ruso tomó la delantera y trepó penosamente por las retorcidas vigas del puente que conducía al otro lado. Detrás de él iban Robertson y Peck. En la orilla oriental, los soldados soviéticos esperaban cerca del otro extremo del puente, pero uno de ellos comenzó a avanzar por las ruinas para ir al encuentro del grupo de Robertson.

Este soldado y el exprisionero soviético se encontraron cerca de la orilla oriental. Después de cambiar los primeros alborozados saludos, siguieron avanzando hacia donde habían quedado los demás soviéticos. Robertson continuó arrastrándose cautelosamente hacia el otro lado. De pronto se vio frente a un soldado ruso. No se le ocurrió nada apropiado en aquel momento, y se limitó a hacerle un gesto amistoso y a darle unos golpecitos en el hombro.

A las cinco y media de la tarde, cuando aun ignoraba el segundo encuentro que había tenido lugar en Torgau, Adams envió por radio el siguiente mensaje a Kotzebue:

«Mantenga en suspenso acuerdos para una entrevista hasta que reciba más órdenes. Informe por correo, no por radio, magnitud e identidad de la unidad rusa, así como hora, lugar del contacto y tipo de comunicación que los rusos tienen con su cuartel general más cercano. Mantenga contacto con nosotros e infórmenos de cualquier movimiento.»

El siguiente mensaje que recibió Adams no procedía de Kotzebue, sino del comandante Fred Craig, oficial de su Segundo Batallón, y decía:

«He encontrado al teniente Kotzebue, que se halla en contacto con los rusos.»

Adams se mostró totalmente desconcertado. ¿Acaso Craig había llegado también hasta el Elba, o tal vez se refería a un contacto por radio? Aquello era para volverse loco.

Otras dos patrullas habían sido enviadas anteriormente con la misma misión que la de Kotzebue, y con la advertencia correspondiente de no avanzar más de ocho kilómetros hacia el Este. Una de éstas era la del comandante Craig, integrada por cuatro oficiales y cuarenta y siete hombres. A semejanza de Kotzebue, Craig había investigado cada vez más hacia el Este, a pesar de los dos mensajes radiados de Adams ordenándole que se detuviera. A las quince horas se encontró con el jeep de comunicaciones perteneciente al grupo de Kotzebue, y se enteró de que se había establecido el primer contacto con los soviéticos.

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