Sinuhé, El Egipcio
- Автор: Валтари Мика Тойми
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Sinuhé, El Egipcio». Краткое содержание книги:
Sinuhé el egipcio nos introduce en el fascinante y lejano mundo del Egipto de los faraones, los reinos sirios, la Babilonia decadente, la Creta anterior a la Hélade…, es decir, en todo el mundo conocido catorce siglos antes de Jesucristo. Sobre este mapa, Sinuhé dibuja la línea errante de sus viajes, y aunque la vida no sea generosa con él, en su corazón vive inextinguible la confianza en la bondad de los hombres.
Esta novela es una de las más célebres de nuestro siglo y, en su momento, constituyó un notable éxito cinematográfico.
Daba también grandes banquetes a los que asistían encantados ricos y nobles, a pesar de que hubiese nacido esclavo y conservase modales vulgares, como por ejemplo, sonarse con los dedos y eructar ruidosamente. Pero era un anfitrión generoso y distribuía regalos preciosos entre sus huéspedes, y sus consejos en negocios eran juiciosos de manera que todos se aprovechaban de su amistad. Sus frases y sus relatos eran de una comicidad irresistible, y a menudo se disfrazaba de esclavo para divertir a sus invitados y contarles bromas a la manera de los esclavos charlatanes, porque era suficientemente rico para no temer ya alusiones desagradables a su pasado.Y me decía:
– ¡Oh dueño mío, Sinuhé! Cuando un hombre es muy rico no puede arruinarse y es más rico cada vez aunque no haga nada por ello. Pero mi fortuna procede de ti, Sinuhé, y por esto te reconozco como mi dueño, y no te faltará jamás nada mientras yo viva, aunque es mejor para ti no ser rico, porque no sabes aprovecharte de la riqueza y no harías más que provocar el escándalo y el desorden. En el fondo fue una suerte para ti dilapidar tu fortuna en tiempos del viejo faraón, pero yo velaré para que no carezcas nunca de lo necesario.
Protegía también a los artistas y lo esculpieron en la piedra, y su retrato era noble y distinguido, y tenía los miembros delgados y las mejillas altas; sus ojos parecía que viesen y estaba con una tablilla sobre las rodillas y un estilete en la mano, pese a que no supo nunca escribir, pues tenía escribas y contables. Estas estatuas divertían mucho a Kaptah, y los sacerdotes de Amón, a quienes había hecho grandes regalos a su regreso de Siria, colocaron una en el interior del templo.
Se hizo construir igualmente una vasta tumba en la necrópolis y los artistas cubrieron los muros de numerosas imágenes de Kaptah entregado a sus ocupaciones cotidianas, y tenía un aspecto elegante y noble, sin barriga, porque quería engañar a los dioses y llegar al reino de Occidente tal como hubiera querido ser y no tal como era. Con este objeto se hizo redactar un Libro de los Muertos que era el más artístico y complicado que había visto nunca y comprendía doce rollos de imágenes y escrituras, así como unas conjuraciones para aplacar los espíritus de los infiernos y dotar la balanza de Osiris de pesos trucados y sobornar a los cuarenta babuinos. Estimaba que la seguridad importa sobre todo, y respetaba a nuestro escarabajo más que a ningún dios.
Yo no envidiaba las riquezas de Kaptah ni su felicidad, como no envidiaba el placer y la satisfacción de mi vecino, y en vista de que la gente era feliz no quería ya quitarle las ilusiones. Porque a menudo la verdad es cruel y vale más matar un hombre que quitarle las ilusiones.
Pero las ilusiones no me dejaban ninguna paz y el trabajo no me contentaba, y, no obstante, durante muchos años traté y curé numerosos enfermos y realicé también algunas trepanaciones, y sólo tres enfermos murieron de ellas, de manera que mi reputación de trepanador se extendió muy lejos. Pero a pesar de todo no estaba satisfecho y Muti me comunicaba quizá su misantropía, de manera que refunfuñaba contra todo el mundo. Reprochaba a Kaptah sus excesos y a los pobres su pereza, y a los ricos sus riquezas y a los jueces su indiferencia, y no estando contento de nadie disputaba con todo el mundo. Pero nunca trataba bruscamente a los enfermos ni a los chiquillos, y los curaba causándoles el menor dolor posible, encargando a Muti distribuir pasteles de miel entre los chiquillos de la calle cuyos ojos me recordaban los ojos claros de Thot.
Y decían de mí:
– Este Sinuhé es malhumorado y gruñón y su bilis hierve sin cesar, de manera que no sabe gozar de la vida. Y sus malas acciones le persiguen, de manera que por la noche no puede dormir.
Pero yo también hablaba mal de Horemheb, de quien todas las acciones me parecían malas, y sobre todo criticaba a sus soldados, que mantenía a cargo de los graneros reales y llevaban una vida de vagancia, y se jactaban de sus hazañas en las hosterías y en las casas de placer y provocaban alborotos inquietando a las mujeres de las calles de Tebas. Porque Horemheb perdonaba a sus hombres todas sus fechorías y no les desposeía nunca de la razón. Si los pobres iban a él a quejarse de que habían violado a sus hijas, les decía que tendrían que sentirse orgullosos de que sus soldados engendrasen una raza fuerte en Egipto. Porque menospreciaba a las mujeres y no veía en ellas más que un instrumento de procreación.
Se me había puesto en guardia contra estas opiniones mías tan imprudentemente manifestadas, pero no renuncié a ellas porque no temía nada. Pero a la larga Horemheb se volvió desconfiado y susceptible, y un buen día sus guardias penetraron en mi casa y, echando a los enfermos, me llevaron ante su presencia. Era la primavera y la inundación se había retirado ya y las golondrinas volaban sobre el río con su vuelo rápido como una flecha. Horemheb había envejecido; su nuca se había curvado y su rostro era amarillo y los músculos se marcaban bajo la piel de su largo cuerpo delgado. Me miró a los ojos y me dijo:
– Sinuhé, te he hecho avisar ya muchas veces, pero no haces caso de mis advertencias y sigues diciendo a todo el mundo que el oficio de soldado es el más vil de todos y el más despreciable, y dices que vale más morir en el seno materno que llegar a ser soldado, y que a una mujer le bastan dos o tres hijos y que vale más criarlos bien que tener ocho o nueve y ser pobre. Has dicho también que todos los dioses son iguales y que los templos son lugares oscuros y que el dios del falso faraón era mejor que los otros. Y dices que el hombre no debe comprar a otro para tenerlo por esclavo, y pretendes que el que siembra y recoge la cosecha debería también poseer la tierra, incluso si pertenece al faraón. Y has osado decir que mi régimen no difiere del de los hititas y una serie de estupideces más que merecen tu envío a las minas. Pero he sido paciente contigo, Sinuhé, porque un día fuiste mi amigo y mientras vivió el sacerdote Ai tuve necesidad de ti porque eras mi único testigo contra él. Pero ahora ya no me eres necesario, sino al contrario, podrías perjudicarme a causa de todo lo que sabes. Si hubieses sido cuerdo y prudente, hubieras cerrado la boca y vivido tranquilamente, porque nada te hubiera faltado, pero en lugar de esto vomitas basura sobre mi cabeza y no quiero tolerarlo más.
Se excitaba hablando, golpeándose sus muslos delgados con la fusta, y fruncía el ceño al proseguir:
– En verdad eres como el piojo de la arena entre los dedos de mis pies o el abejorro sobre mis hombros, y en mi jardín no tolero matorrales estériles que no dan más que espinas venenosas. De nuevo es primavera en el país de Kemi, las golondrinas comienzan a hundirse en el fango, las palomas se arrullan y las acacias florecen. La primavera es una estación peligrosa porque suscita siempre perturbaciones y vanas palabras, y los jóvenes ven rojo y cogen piedras para lapidar a los guardias y han ensuciado ya mis imágenes en algunos templos. Por esto tengo que desterrarte de Egipto, Sinuhé, de manera que no volverás a ver más el país de Kemi; porque si te permitiese quedarte aquí, llegaría el día en que tendría que dar orden de ejecutarte, y no quiero verme obligado a ello porque eres mi amigo. Tus palabras insensatas podrían, en efecto, ser la chispa que enciende los cañaverales secos, y una vez encendidos arden con altísimas llamas. Por esto tus palabras son a veces más peligrosas que las lanzas, y quiero extirpar de Egipto tus palabras sediciosas como un buen jardinero arranca las malas hierbas, y comprendo a los hititas que empalaban a los hechiceros a lo largo de las rutas. No quiero que el país de Kemi siga siendo pasto de las llamas, ni a causa de los hombres, ni a causa de los dioses, y por esto te destierro, Sinuhé, porque ciertamente no has sido nunca egipcio, sino que eres un curioso bastardo cuyo cerebro no abriga más que pensamientos enfermizos.