Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
Pasó entre vaharadas de perfume, sintiendo el sol en la nuca. Llegó a la zona donde Elayne y él jugaban de pequeños, y evocó a su madre paseando por esos jardines con Bryne. Recordó sus prudentes enseñanzas cuando cometía algún desliz, y las sonrisas que le dirigía cuando actuaba como debería hacerlo un príncipe. Esas sonrisas eran como si saliera el sol. Este lugar era ella. Seguía viva en Caemlyn, en Elayne —que cada vez se parecía más a su madre—, en la seguridad y la fortaleza del pueblo de Andor. Se detuvo junto al estanque, en el mismo sitio donde Elayne lo había salvado de morir ahogado siendo niño. Quizás Elayne tenía razón. Quizás al’Thor no tenía nada que ver con la muerte de Morgase. Y, si lo tuviera, él nunca podría probarlo. Pero eso daba igual. Rand al’Thor ya estaba condenado a morir en la Última Batalla, así que ¿por qué seguir odiando a ese hombre? —Tiene razón —susurró mientras observaba los movimientos de los avispones que zumbaban sobre la superficie del agua—. Se acabó, al’Thor. A partir de ahora, me traes sin cuidado. Fue como si le quitaran un enorme peso de encima, y soltó un largo suspiro. Sólo ahora que Elayne lo había eximido, era consciente de la culpabilidad enorme que había sentido por estar ausente de Andor. Eso también había desaparecido. Había llegado el momento de centrarse en Egwene. Metió la mano en el bolsillo y sacó el cuchillo del asesino; lo sostuvo a la luz del sol y examinó las gemas rojas. Tenía el deber de proteger a Egwene. Y, suponiendo que se pusiera a lanzarle improperios, que lo odiara y lo exiliara, ¿acaso los castigos no merecerían la pena si a cambio lograba mantenerla con vida?
—Por la tumba de mi madre —exclamó una voz en tono agudo a su espalda—. ¿Dónde conseguisteis eso?
—Gawyn giró sobre sí mismo con rapidez y se encontró con las mujeres en las que se había fijado un rato antes, paradas en el camino. Dimana iba a la cabeza; el cabello surcado de canas, el rostro con arrugas alrededor de los ojos. ¿Pues no se suponía que manejar el Poder retardaba esos signos de envejecimiento? Había otras dos mujeres con ella. Una era una joven regordeta de cabello negro y la otra era corpulenta y de mediana edad. La joven era quien había hablado; tenía los ojos, de expresión inocente, muy abiertos. Y parecía aterrada.
—¿A qué te refieres, Marille? —preguntó Dimana.
—Ese cuchillo. —Marille señaló la mano de Gawyn—. ¡Marine ha visto uno igual antes!
— «He visto» —la corrigió Dimana—. Eres una persona, no una cosa
—Sí, Dimana. Muchas disculpas, Dimana. Marille… eh… Yo no cometeré el error otra vez, Dimana. Gawyn enarcó una ceja. ¿Qué le pasaba a esa chica?
—Disculpadla, milord —intervino la Allegada—. Marille ha pasado mucho tiempo como damane y tiene dificultades para adaptarse.
—¿Eres seanchan? —preguntó Gawyn. «Por supuesto. Tendría que haber notado el acento». Marille asintió con un vigoroso cabeceo. Una antigua damane. Gawyn sintió un escalofrío. A esa mujer la habían entrenado para matar con el Poder. La tercera mujer permanecía callada y observaba todo con curiosidad. No parecía tan servil, ni mucho menos.
—Deberíamos seguir paseando —dijo Dimana—. No le conviene ver cosas que le recuerden Seanchan. Vamos, Marille. Eso no es más que un trofeo que lord Trakand ganó en una batalla, imagino.
—No, esperad —pidió Gawyn, que alzó una mano—. ¿Has reconocido esta arma? Marille miró a Dimana, como si le pidiera permiso para contestar. La Allegada asintió con gesto sufrido.
—Es un puñal sanguinario, milord —respondió la joven—. No lo ganasteis en batalla, porque los hombres no derrotan a los Puñales Sanguinarios, son imparables. Sólo caen cuando su propia sangre se vuelve contra ellos. Gawyn frunció el entrecejo. ¿Pero de qué hablaba esa chica?
—Es decir, que esta arma es seanchan, ¿verdad?
—Sí, milord. La llevan los Puñales Sanguinarios.
—Creí oírte decir que esto era un puñal sanguinario.
—Lo es, pero también lo es el que lo empuña. Envueltos en la noche enviados por voluntad de la emperatriz, así viva para siempre, para caer sobre sus enemigos y morir en su nombre y con gloria. —La joven agachó más los ojos—. Marille habla demasiado. Ella lo siente.
—«Yo» lo siento —corrigió Dimana con un atisbo de exasperación en el timbre de la voz.
—Yo lo siento —repitió Marille.
—Así que esos… Puñales Sanguinarios —continuó Gawyn— ¿son asesinos seanchan? Se le puso el vello de punta. ¿Habrían dejado atrás tropas suicidas para matar Aes Sedai? Sí. Tenía sentido. El asesino no era uno de los Renegados.
—Sí, milord —confirmó Marille—. Vi uno de esos puñales colgado en el cuarto de los alojamientos de mi señora. Había pertenecido a su hermano, que lo había llevado con honor hasta que su sangre se volvió contra él.
— ¿Su propia familia?
—No, su sangre. —Marille se encogió un poco más.
— Háblame de ellos —ordenó Gawyn en tono de urgencia.
— Envueltos en la noche, enviados por voluntad de la emperatriz, así viva para siempre, para caer sobre sus enemigos y morir en… —se puso a recitar de nuevo la antigua damane.
—Sí, sí, eso ya lo has dicho —la interrumpió Gawyn—. ¿Qué métodos utilizan? ¿Cómo se camuflan tan bien? ¿Qué sabes sobre la forma en que esos asesinos atacan? Con cada pregunta, Marille se encogía más y más, hasta que rompió a llorar.
—¡Lord Trakand, conteneos! —intervino Dimana.
—Marille no sabe mucho —sollozó la damane—. Marille lo siente. Por favor, castigadla por no escuchar mejor.
Gawyn se echó hacia atrás. Los seanchan trataban a sus damane peor que si fueran animales. A Marille no le habrían explicado nada específico en cuanto a lo que los Puñales Sanguinarios tenían orden de hacer. — ¿Dónde encontrasteis a estas damane? —le preguntó a Dimana—. ¿Se capturó a algún soldado seanchan? He de hablar con uno; a ser posible, un oficial.
Dimana frunció los labios. — Estas mujeres fueron capturadas en Altara y sólo nos enviaron a las damane —respondió luego.
—Dimana, ¿y qué tal si habla con la sul’dam? —sugirió la otra mujer, que no tenía acento seanchan—. Kaisea pertenecía a la Sangre baja.
—Kaisea no… —Dimana frunció el entrecejo—. No es de fiar —concluyó.
—Por favor, esto podría salvar vidas —insistió Gawyn.
—De acuerdo —accedió Dimana—. Esperad aquí. Iré a buscarla. Se dirigió al palacio llevándose con ella a las dos mujeres a su cargo, y Gawyn se quedó esperando, impaciente. Al cabo de unos minutos, Dimana regresó seguida de una mujer alta que llevaba un vestido de color gris claro, sin cinturón ni bordados, y el largo cabello negro peinado en una trenza. Parecía decidida a mantenerse justo un paso por detrás de Dimana, hecho que molestaba a la Allegada, quien procuraba no perder de vista a la otra mujer. Llegaron donde se encontraba Gawyn, y la sul’dam —quién lo habría imaginado— se arrodilló y se postró en el suelo con la frente tocando la tierra del paseo. Realizó la reverencia con una suave elegancia; por alguna razón, a Gawyn le produjo la impresión de que se estaba mofando de él.
—Lord Trakand, ésta es Kaisea —presentó Dimana a la mujer—. O al menos, es el nombre por el que insiste que se la llame ahora.