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El Perfume – Historia De Un Asesino

Электронная книга - «El Perfume – Historia De Un Asesino». Краткое содержание книги:

Quizá los olores evoquen el privilegio de la invisibilidad. Antes del tacto, sucede el olor, como mensajero de una esencia que sabe desaparecer en el aire y ser agente de un gran poder. La seducción que despliega el olor es implacable: se instala en nosotros y sella su poderío en los tejidos de la memoria. Jean-Baptiste Grenouille tiene su marca de nacimiento: no despide ningún olor y por ello hace temer la presencia de algún demonio. Al mismo tiempo posee un don excepcional: un olfato prodigioso que le permite percibir todos los olores del mundo. Desde la miseria en que nace, abandonado al cuidado de unos monjes, Jean-Baptiste Grenouille lucha contra su condición y escala posiciones sociales convirtiéndose en un afamado perfumista. Crea perfumes capaces de hacerle pasar inadvertido o inspirar simpatía, amor, compasión… Para obtener estas fórmulas magistrales debe asesinar a jóvenes muchachas vírgenes, obtener sus fluidos corporales y licuar sus olores íntimos. Su arte se convierte en una suprema e inquietante prestidigitacion. Patrick Süskind, convertido en maestro del naturalismo irónico, nos transmite una visión ácida y desengañada del hombre en un libro repleto de sabiduría olfativa, imaginación y enorme amenidad. Su persuasión iguala la de su personaje y nos propone una inmersión literaria en el arco iris natural de los olores y en los turbadores abismos del espíritu humano.
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Volvieron a la tenería, donde Grenouille, cosa extraña, ya les esperaba con el hatillo preparado y Baldini pagó las veinte libras y se lo llevó, consciente de haber hecho el mejor negocio de su vida.

Grimal, que por su parte también estaba convencido de haber hecho el mejor negocio de su vida, regresó a la Tour d’Argent, bebió allí otras dos botellas de vino, se trasladó hacia mediodía al Lyon d’Or, en la orilla opuesta, y se emborrachó hasta tal punto que cuando, ya de noche, quiso volver a la Tour d’Argent, confundió la Rue Geoffroi L’Anier con la Rue des Nonaindiéres, con lo cual, en lugar de desembocar directamente en el Pont Marie, como había esperado, fue a parar fatalmente al Quai des Ormes, desde donde cayó de bruces en el agua como en una cama blanda, muriendo al instante. En cambio, el río necesitó bastante tiempo para apartarle de la orilla poco profunda, hacerle sortear las barcazas amarradas y empujarle hasta la corriente central más fuerte, de manera que el curtidor Grimal, o mejor dicho, su empapado cadáver, no apareció hasta primeras horas de la mañana flotando río abajo, hacia el oeste.

Cuando pasó por debajo del Pont au Change, sin ruido, sin tropezar con los pilares del puente, Jean-Baptiste Grenouille estaba a punto de acostarse veinte metros más arriba. Le habían asignado un catre en el fondo del taller de Baldini, del cual tomó posesión en el preciso momento en que su antiguo amo bajaba flotando por el frío Sena con las cuatro extremidades rígidas. Se acurrucó, lleno de bienestar, encogiéndose como la garrapata. Mientras conciliaba el sueño fue profundizando más y más en sí mismo hasta que entró triunfalmente en su fortaleza interior, donde soñó con un victorioso banquete olfatorio, una gigantesca orgía con humo de incienso y vapor de mirra, en honor de sí mismo.

17

Con la adquisición de Grenouille empezó el progreso de la casa de Giuseppe Baldini hacia un prestigio no sólo nacional, sino europeo. El carillón persa ya no cesaba de sonar y las garzas no dejaban de escupir en el establecimiento del Pont au Change.

La primera tarde Grenouille tuvo que preparar una gran bombona de "Nuit napolitaine", del que se vendieron en los días subsiguientes más de ochenta frascos. La fama del perfume se extendió con vertiginosa rapidez. A Chènier le lloraban los ojos de tanto contar dinero y le dolía la espalda de tantas reverencias, ya que acudieron los personajes más altos y encumbrados o, por lo menos, los sirvientes de dichos personajes altos y encumbrados. Y un día la puerta se abrió de par en par y se estremeció dentro de sus goznes para dar entrada al lacayo del conde d’Argenson, quien gritó, como sólo saben gritar los lacayos, que quería cinco frascos del nuevo perfume y Chènier todavía temblaba de emoción un cuarto de hora después porque el conde d’Argenson era intendente y ministro de la Guerra de Su Majestad y el hombre más poderoso de París.

Mientras Chènier recibía solo a la oleada de clientes, Baldini se encerraba en el taller con su nuevo aprendiz. Justificó esta conducta ante Chènier con una fantástica teoría que designó con el nombre de "división y racionalización del trabajo". Durante años, explicó, había contemplado pacientemente cómo Pèlissier y sus compinches violaban las reglas del gremio, quitándole la clientela y arruinando el negocio. Ahora su paciencia se había terminado. Ahora aceptaba el desafío y se enfrentaba a aquellos advenedizos insolentes utilizando sus propias armas: cada estación, cada mes y, si era necesario, cada semana sacaría un nuevo perfume, y ¡vaya perfume! Quería aprovechar hasta el máximo su facultad creadora y para ello era necesario que se dedicara -con la sola ayuda de un aprendiz- completa y únicamente a la producción de perfumes, mientras Chènier se ocupaba exclusivamente de las ventas. Con este método moderno iniciarían un nuevo capítulo en la historia de la perfumería, barrerían a la competencia y se harían inmensamente ricos. Sí, había dicho "se harían" y lo ratificaba de forma categórica porque tenía la tendencia de dar a su fiel encargado un tanto por ciento de los enormes beneficios.

Unos días antes Chènier habría calificado tales discursos de su patrón como prueba de un incipiente chocheo. "Ya está maduro para la Charitè -habría pensado-; ahora ya no puede tardar mucho en dejar definitivamente el bastón de mando". Pero ahora ya no pensaba así; de hecho, apenas tenía tiempo de pensar. Trabajaba tanto, que por la noche, extenuado, sólo era capaz de vaciar la atiborrada caja y quedarse con su parte. Ni en sueños habría dudado de la legitimidad de la situación cuando Baldini salía casi a diario del taller con alguna fragancia nueva.

¡Y qué fragancias! No sólo perfumes de la más alta y refinada escuela, sino también cremas, polvos, jabones, lociones capilares, aguas, aceites… Todos los artículos despedían ahora un olor nuevo, diferente, más exquisito que antes. Y todo, absolutamente todo, incluyendo las nuevas bandas perfumadas para el cabello creadas un día por el caprichoso talento de Baldini, obtenía el favor del público que, como embrujado, no daba ninguna importancia a los precios.

Todo lo que Baldini producía se convertía en un éxito. Y el éxito era tan abrumador, que Chènier lo acogió como un fenómeno natural y no se preocupó más de averiguar las causas. La posibilidad de que el nuevo aprendiz, el desmañado gnomo que se alojaba como un perro en el taller y al cual veía muchas veces, cuando el maestro salía, limpiar morteros y utensilios de vidrio en el fondo de la habitación, la posibilidad de que aquel ser insignificante tuviera algo que ver con la fabulosa prosperidad del negocio era algo que Chènier no habría creído aunque se lo hubieran jurado.

Naturalmente que el gnomo era el responsable de todo ello. Los productos que Baldini llevaba a la tienda y entregaba a Chènier para su venta eran sólo una ínfima parte de las mezclas elaboradas por Grenouille tras la puerta cerrada del taller. A Baldini ya no le alcanzaba el olfato. Para él representaba un verdadero tormento tener que escoger entre las maravillas creadas por Grenouille. Aquel aprendiz mágico habría podido proveer de recetas a todos los perfumistas de Francia sin repetirse nunca ni ofrecer un solo perfume inferior o tan siquiera mediano. Es decir, de recetas, o sea, fórmulas, "no" habría podido proveerlos porque al principio Grenouille siguió componiendo sus fragancias del modo caótico y antiprofesional que Baldini ya conocía, mezclando los ingredientes, al parecer, sin orden ni concierto. Con objeto de llevar un control del floreciente negocio o, por lo menos, de comprenderlo, un día Baldini rogó a Grenouille que, aunque él lo considerase innecesario, se sirviera al elaborar sus mezclas de la balanza, la probeta graduada y la pipeta, que se acostumbrara además a no emplear el alcohol como sustancia odorífera, sino como disolvente que debía añadirse al final, y por último, que por el amor de Dios actuara despacio, con lentitud y mesura, como correspondía a un artesano.

Grenouille obedeció. Y por primera vez Baldini tuvo oportunidad de seguir y documentar las manipulaciones del hechicero. Sentado junto a Grenouille con papel y pluma y exhortando una y otra vez a la parsimonia, anotaba cuántos gramos de esto, cuántas medidas de aquello, cuántas gotas de un tercer ingrediente iban a parar al matraz. Por este método singular, analizando un proceso en marcha, precisamente con aquellos medios sin cuyo empleo se le antojaba imposible que pudiera realizarse, consiguió por fin Baldini poseer la fórmula sintética. "Cómo" podía Grenouille mezclar sin ellos sus perfumes continuó siendo para Baldini más que un enigma, un verdadero milagro, pero al menos ahora había atrapado el milagro en una fórmula y apaciguado hasta cierto punto su espíritu sediento de reglas y salvado de un colapso total su imagen del mundo de la perfumería.

Poco a poco fue sacando a Grenouille las recetas de todos los perfumes que había inventado hasta entonces y terminó prohibiéndole que preparase nuevos perfumes sin que él, Baldini, estuviera presente, armado con papel y pluma, observando el proceso con ojos de Argos y tomando nota de todos los pasos. Después, con esforzada minuciosidad y caligrafía clara, pasaba estas notas, que pronto fueron muchas docenas de fórmulas, a dos cuadernos, uno de los cuales guardaba en una caja fuerte incombustible y el otro lo llevaba siempre encima, incluso cuando iba a dormir. Esto le daba seguridad, porque ahora podía, si así los deseaba, realizar él mismo los milagros de Grenouille que tanto le habían trastornado al presenciarlos por primera vez. Con su colección de fórmulas escritas se creía capaz de ordenar el espantoso caos creativo que surgía del interior de su aprendiz. Además, el hecho de no quedarse mirando embobado, sino de participar en el acto creador observando y tomando notas, producía un efecto sedante en Baldini y fortalecía su confianza en sí mismo. Al cabo de un tiempo llegó a creer que su participación en la creación de las sublimes fragancias no era nada despreciable y cuando había anotado las recetas en sus cuadernos y guardado éstos en la caja de caudales y contra su pecho, ya no dudaba de que eran enteramente suyas.

Pero también Grenouille se benefició de esta disciplina impuesta por Baldini. Él no la necesitaba; jamás tuvo que buscar una vieja fórmula para repetir un perfume elaborado semanas o meses atrás, porque no olvidaba los olores. Sin embargo, con el uso obligatorio de probetas graduadas y balanzas aprendió el lenguaje de la perfumería y el instinto le dijo que el conocimiento de este lenguaje podía serle de utilidad.

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