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Электронная книга - «La flaqueza del bolchevique». Краткое содержание книги:

El protagonista y narrador de esta historia se empotra contra el descapotable de una irritante ejecutiva un lunes a las ocho de la mañana. Ciertamente, él se distrajo un poco, pero ella no tenia por qué frenar en seco ni, desde luego, escupirle todos los insultos del diccionario. Por ello, y para hacer soportables las tardes de aquel bochornoso verano, decide dedicarse «al acecho y aniquilación moral de Sonsoles». Gracias al parte del seguro, consigue su teléfono, lo que le permite varias llamadas disparatadas. También se complace en espiarla, y así conoce a su hermana Rosana, una turbadora adolescente de 15 años. Aunque el protagonista no tiene ninguna fijación con las jovencitas, conserva un retrato de las hijas del zar Nicolás II. Le atrae especialmente la duquesa Olga y a menudo se pregunta qué debió de sentir el bolchevique encargado de matarla. Él, a su vez, experimentará una poderosa atracción ante la cálida sabiduría de Rosana, y una debilidad que se revelará mucho peor que cualquier accidente.
La flaqueza del bolchevique sería una novela absolutamente cómica si no fuera por el carácter inquietante que adquiere a medida que se complican las argucias del protagonista. Un ritmo ágil permite a Lorenzo Silva una historia a caballo entre la comedia, la intriga y el melodrama. Pero acaso su mayor logro sea el retrato de Rosana, una nínfula distinta de todas las nínfulas, más allá de la generación X, Y o Z y que hace flaquear -y perder el equilibrio- al lector más displicente.
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– Vaya -asentí-. Te gusta tenderme trampas. Eres una chica retorcida. Como a mí me gustan las chicas.

Me senté junto a ella y mientras lo hacía tuve una idea muy necia y muy sentimental. A lo largo de mi vida amorosa, contra lo que habría pronosticado cuando tenía veinte años y todas se reían de mí, he podido acceder a los favores de algunas damas bastante potables. Pero nunca tuve la sensación de realizar el deseo, es decir, de que estuviera quieta y dócil a mi lado esa cosa que uno busca y se le ha escapado mil veces. Lo más que llegaba a experimentar era que le robaba a alguien su deseo, como cuando cayó Sabine, una potente alemana por la que suspiraba el que hasta aquel día había sido mi mejor amigo. Como sucedáneo, eso puede servir para remendar transitoriamente la vanidad. A la larga, no sirve para nada. Pues bien, cuando me vi allí sentado, componiendo un dúo del que la otra mitad era Rosana, que me acogía con su traviesa dulzura, se me antojó que el deseo realizado era por primera vez el mío, el que valía de veras y para siempre. Ya comprendo que resulta una chorrada inconmensurable. Hasta se me puso la carne de gallina.

Rosana se había quedado pensativa.

– A mí me dan cinco mil, los sábados -reveló de pronto-. ¿Piensas que mi padre también es un capullo?

Quizá porque me sentía vulnerable y enternecido, elegí ser brutal, olvidando que tenía delante a una niña que no había cumplido dieciséis años:

– Desde luego. Por cinco mil hay mujeres que tienen que chupársela a un borracho apestoso. Así nunca sabrás el valor de las cosas.

A Rosana le brillaron los ojos.

– ¿Tu padre era pobre?

– Mi padre es pobre, si te parece que lo es el que tiene que trabajar y pagar impuestos hasta por la última cochina peseta que gana. A mí me lo parece, por lo menos.

– Así que tú eres socialista.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Mi padre dice que los pobres son socialistas porque los socialistas les prometen que van a quitarle todo a la gente que no somos pobres.

– Vaya empanada que tiene tu padre.

– ¿Qué eres entonces?

– Yo soy bolchevique -improvisé.

– ¿Y qué quieren los bolcheviques?

– No vas a entenderlo.

Rosana frunció el ceño.

– Prueba. No soy tonta. Y he dado el siglo XX en Octavo.

– Los bolcheviques no somos del siglo XX, sino del XIX. Lo que queremos es fusilar a la gente como tu padre y después fusilar a los pobres, para que se enteren de que todos son unos sinvergüenzas y nadie merece que lo salven.

– Es una broma. Te estás riendo de mí.

– Claro que me río. Yo no soy nada, y lo que sea lo dejo si tú me lo pides.

– Estás loco, poli.

– Para nada. Tengo mi opinión sobre lo que vale la mierda que circula por la cabeza de la gente. Ni una lágrima tuya, preciosa.

Ella estaba desorientada, y yo buceaba en su límpida mirada azul con un poco más de entusiasmo del que le convenía mostrar a un tipo de treinta y tantos años por una niña de quince en un banco de un parque público. Esquivó mis ojos y se abrazó a una de sus piernas. Esto no era un detalle sin importancia. Por aquellas piernas habría sido capaz de ir a que me sermoneara mi dentista argentino, de depositar mis residuos de vidrio en un contenedor al efecto e incluso de colgarme al cinto un teléfono móvil.

– ¿Eso es un cumplido? -interrogó.

– Yo no hago cumplidos. Me declaro o me largo.

Por un momento me pareció que se sonrojaba, pero debió de ser un espejismo. Se soltó el pelo y se quedó observándome con la barbilla apoyada en su delicado puño.

– Esta corbata de hoy no es tan bonita como la de ayer.

– Me la quito, si te molesta.

– Vale.

Me desanudé la corbata, la doblé y me la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta.

– ¿Mejor así?

– Sí. No eres tan mayor como creía. No tienes arrugas en el cuello.

– No tengo arrugas en ninguna parte. Sí tengo canas.

– Apenas se notan.

– Me da igual si se notan. Las dos cosas más ridículas que puede hacer un hombre son usar crecepelo y pintarse las canas. ¿Se pinta las canas tu padre?

– Mi padre es calvo como un huevo.

– Claro, debí imaginarlo. ¿Y a qué se dedica, tu padre?

– Es arquitecto.

– ¿Y tu madre?

– Mi madre no es nada. Toca el piano y habla francés. Creo que eso es todo lo que sabe hacer.

– Tu madre tiene tiempo para aburrirse, Rosana. Nunca dejes de respetar a alguien que tiene tiempo para aburrirse. De ahí salen los sabios.

Rosana meneó la cabeza.

– Mi madre no. A veces ni siquiera la chica la toma en serio.

– Me cae bien, tu madre. Me cae mejor la gente que no tiene suerte.

– Yo tengo suerte.

– Contigo es distinto. ¿Tienes hermanos?

– Cinco. Todos son mayores que yo y están ya casados, con niños y todo. Menos Sonsoles. Ella es la mayor de todos, pero está soltera. Mi hermano Pablo dice que se ha quedado soltera. Ella se enfada, cuando lo dice.

En el tono de voz de Rosana había una indiferencia despiadada por Sonsoles. Escarbé un poco:

– ¿Te llevas bien con tu hermana?

– ¿Con Sonsoles? Es demasiado lista para llevarse bien con nadie. Ella nunca hace nada mal y todos los que la rodean son idiotas. Por lo que cuenta está todo el rato restregándoselo a los que trabajan con ella en el Ministerio. También se lo suelta a mi madre, y hasta a mi padre.

– ¿Y a ti?

Rosana bajó la pierna que había subido al banco y estiró las dos ante sí. Comparándolas con los dos alambres resecos de Sonsoles costaba tragarse que fueran de la misma sangre. Maliciosamente, respondió:

– Sonsoles sabe que yo no soy idiota.

– ¿Por algo en especial?

– Son secretos de hermanas.

– Nunca voy a contárselo. No la conozco, ni pienso.

Me miró fijamente, como si me estuviera haciendo una radiografía.

– Guardaré el secreto -me comprometí.

– Fue cuando yo acababa de cumplir trece años. Por esa época Sonsoles tenía un pretendiente. Un hombre con barriga y bigote. Me gusta que tú no tengas barriga, ni bigote. Creía que los policías llevaban todos bigote.

– Eso son los guardias civiles. Eran.

– Pues éste era abogado o algo así, pero lo llevaba. Vinieron los dos a la casa de Llanes, en verano. Un día yo estaba en mi cuarto, cambiándome después de la playa, y le vi en el jardín, espiándome. Ya me había desnudado y él ya me había visto, así que no me di prisa. Me vestí como si nada y fui a comer. En la mesa el tío estaba tan campante, llamando prenda a Sonsoles. Me tomé el primer plato y el segundo, sin abrir la boca. Cuando trajeron el postre, le solté a mi hermana que para otro verano se buscara un, novio que no le tomara el pelo. Sonsoles primero no entendió y luego me mandó que me, callara. Pero yo le dije que al del bigote le gustaban más jóvenes. Ahí Sonsoles empezó a cabrearse de verdad y mi padre me echó de la habitación, pero el tío ya estaba colorado y mientras me iba aproveché para aconsejarle que la próxima vez que quisiera ver cómo me cambiaba se escondiera mejor o me pidiera permiso. A la mañana siguiente el abogado se había ido y mi hermana me odiaba, pero ya nunca pensó que yo era idiota.

Según lo iba contando me lo imaginaba todo: el abogado sudoroso oculto entre la vegetación, con las piernas peludas flexionadas bajo su grotesca pancita; Rosana vistiéndose despacio y fingiendo no darse cuenta; Sonsoles primero haciendo ñoñerías y luego puesta en evidencia por el onanismo pringoso de su príncipe gris. Aquella criatura que sus padres le habían dado en mala hora por hermana había resultado su peor enemiga, una afrenta andante con la que pagaba por todas sus faltas. Era una perfecta canallada del destino: obligarla a convivir con una niña que poseía exactamente lo que a ella le había sido negado, la capacidad de encantar a otros. Me representaba sus esfuerzos por no revelar cuánto la aborrecía, yendo a recogerla al colegio, llevándola de tiendas, proponiéndole confidencias o complicidades. Por primera vez le tuve lástima, a la zorra de Sonsoles.

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