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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaración de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocrática familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqués habría manifestado con excesivo ardor sus simpatías hacia Hitler y la nueva situación hace aconsejable desaparecer del país. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatlántico de la compañía Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo sólo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo más rápidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos engañados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciarán su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, están los héroes que deberán responder al desafío de los autores de un sofisticado plan que hará de éste viaje fuera de lo normal y mucho más largo de lo que debiera haber sido según los responsables de Pan Am.
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El presidente levantó la vista.

– Confío en que una noche entre rejas le haya enseñado la lección -dijo.

Oh, Dios mío, creo que me van a dejar en libertad, pensó Harry.

– Desde luego, señor. No me gustaría repetir la experiencia nunca más.

– Tome las medidas pertinentes.

Se produjo otra pausa; después, el presidente apartó la vista de Harry y se dirigió a la sala.

– No voy a afirmar que creamos todo cuanto hemos oído, pero no consideramos que el acusado deba continuar detenido.

Una oleada de alivio invadió a Harry, y sus piernas flaquearon.

– Se le condena a siete días de prisión. Se le impone una fianza de cincuenta libras.

Harry estaba libre.

Harry vio las calles con nuevos ojos, como si hubiera pasado un año en la cárcel, en lugar de unas pocas horas. Londres se estaba preparando para la guerra. Docenas de inmensos globos plateados flotaban en el cielo, con el fin de obstaculizar a los aviones alemanes. Sacos de arena rodeaban las tiendas y los edificios públicos para protegerlos de los bombardeos. Se habían abierto nuevos refugios antiaéreos en los parques, y todo el mundo llevaba una máscara antigás. La gente tenía la sensación de que podía morir en cualquier momento, y esto la impulsaba a abandonar su reserva y a conversar cordialmente con los extraños.

Harry no se acordaba de la Gran Guerra; tenía dos años cuando terminó. De pequeño, pensaba que «la guerra» era un lugar, porque todo el mundo le decía: «A tu padre le mataron en la guerra», de la misma manera que decían: «Ve a jugar al parque, no te caigas al río, mamá se va a la taberna». Más tarde, cuando fue lo bastante mayor para comprender lo que había perdido, cualquier mención de la guerra le resultaba muy dolorosa. Con Marjorie, la esposa del abogado que había sido su amante durante dos años, había leído la poesía de la Gran Guerra, y durante un tiempo se había considerado pacifista. Después, vio a los Camisas Negras desfilando por Londres y los rostros asustados de los judíos viejos que les contemplaban, y había decidido que valía la pena combatir en algunas guerras. En los últimos años había comprobado con disgusto que el gobierno británico hacía caso omiso de lo que ocurría en Alemania, porque confiaba en que Hitler destruyera a la Unión Soviética. Ahora, la guerra había estallado, y sólo podía pensar en los niños que, como él, vivirían con el hueco dejado por sus padres.

Pero los bombardeos aún no habían llegado, y era otro día de sol.

Harry decidió que no iría a su casa. La policía estaría furiosa porque había salido en libertad bajo fianza y querría detenerle a las primeras de cambio. No deseaba volver a ir a la cárcel. ¿Cuánto tiempo tendría que seguir mirando hacia atrás? ¿Podría evadir a la policía eternamente? En caso contrario, ¿qué iba a hacer?

Subió al autobús con su madre. De momento, se instalaría en su casa de Battersea.

Mamá tenía aspecto de tristeza. Sabía cómo se ganaba él la vida, aunque nunca habían hablado del tema.

– Nunca pude darte nada -dijo ella en tono pensativo.

– Me lo has dado todo, mamá -protestó Harry.

– No. No lo hice. De lo contrario, ¿por qué necesitarías robar?

Harry no encontró la respuesta.

Cuando bajaron del autobús, Harry se dirigió a la agencia de noticias de la esquina, agradeció a Bernie que hubiera llamado a su madre y compró el Daily Express. El titular rezaba los polacos bombardean berlín. Al salir, vio a un policía que pedaleaba por la calle, y una oleada de absurdo pánico le asaltó por un momento. Casi se dio la vuelta para empezar a correr, hasta que logró controlarse y recordar que siempre enviaban a dos agentes para proceder a las detenciones.

No puedo vivir así, pensó.

Llegaron al edificio de su madre y subieron la escalera de piedra hasta el cuarto piso. Su madre puso la tetera al fuego.

– Te he planchado el traje azul -dijo la mujer-. Cámbiate, si quieres.

Ella todavía se cuidaba de su ropa, cosiendo los botones y zurciendo los calcetines de seda. Harry entró en el dormitorio, sacó su maleta de debajo de la cama y contó el dinero.

Dos años de robar le habían reportado doscientas cuarenta y siete libras. Habré afanado cuatro veces esa cantidad, pensó; ¿en qué me he gastado el resto?

También tenía un pasaporte norteamericano.

Lo ojeó con aire pensativo. Recordó que lo había encontrado en la casa que poseía un diplomático en Kensington, escondido en un escritorio. Había observado que el nombre del propietario era Harold, y en la foto se le parecía un poco, así que lo había cogido.

Estados Unidos, pensó.

Sabía imitar el acento norteamericano. De hecho, sabía algo que la mayoría de los ingleses desconocía, que había varios acentos norteamericanos diferentes, algunos más elegantes que otros. Tómese, por ejemplo, la palabra «Boston». La gente de Boston decía «Boston». La gente de Nueva York decía «Bouston». Para los norteamericanos, un mayor acento inglés denotaba una clase social más elevada. Y había millones de chicas norteamericanas ricas que ansiaban ser seducidas.

En este país, por el contrario, sólo le esperaban la cárcel y el ejército.

Tenía un pasaporte y un buen puñado de dinero. Tenía un traje limpio en el armario ropero de su madre, y podía comprarse algunas camisas y una maleta. Se encontraba a ciento quince kilómetros de Southampton. Podía marcharse hoy.

Era como un sueño.

Su madre le llamó desde la cocina, despertándole de su ensueño.

– Harry, ¿quieres un bocadillo de tocino?

– Sí, por favor.

Fue a la cocina y se sentó a la mesa. Su madre colocó un bocadillo frente a él, pero no lo cogió.

– Vayámonos a Estados Unidos, mamá.

La mujer estalló en carcajadas.

– ¿Yo? ¿A Estados Unidos? ¡Tendría que beber cacao!

– Lo digo en serio. Yo sí voy.

Su madre adoptó una expresión seria.

– Eso no es para mí, hijo. Soy demasiado vieja para emigrar.

– Pero va a estallar una guerra.

– Ya he pasado por una guerra, una huelga general y una Depresión. -Paseó la mirada alrededor de la diminuta cocina-. No es gran cosa, pero es lo que conozco.

Harry no había esperado que accediera, pero se sentía abatido. Su madre era todo cuanto tenía.

– De todos modos, ¿qué vas a hacer allí? -preguntó ella.

– ¿Te preocupa que continúe robando?

– Los ladrones siempre terminan igual. No sé de ningún chorizo a quien no le hayan echado el guante tarde o temprano.

– Me gustaría alistarme en la Fuerza Aérea y aprender a volar.

– ¿Te dejarían?

– A los norteamericanos les da igual que seas de clase obrera, mientras tengas un buen cerebro.

Su madre pareció animarse un poco. Se sentó y bebió su té, en tanto Harry comía el bocadillo de tocino. Cuando terminó, sacó su dinero y contó cincuenta libras.

– ¿Para qué es eso? -preguntó su madre. Dos años de limpiar oficinas le habían reportado la misma cantidad.

– Te vendrán bien. Cógelo, mamá. Quiero que te lo quedes. La mujer obedeció.

– Hablabas en serio, pues.

– Le pediré prestada la moto a Sid Brennan, iré a Southampton hoy mismo y cogeré un barco.

Su madre le apretó la mano.

– Que tengas suerte, hijo.

Te enviaré más dinero desde Estados Unidos.

– No es necesario, a menos que te sobre. Prefiero que me envíes una carta de vez en cuando, para saber cómo te va.

– Sí. Te escribiré.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. -Volverás a verme algún día, ¿verdad?

Harry le acarició la mano.

– Por supuesto, mamá. Volveré.

Harry se miró en el espejo de la barbería. El traje azul, que le había costado trece libras en Savile Row, le sentaba de maravilla y combinaba con sus ojos azules. El cuello blando de su nueva camisa parecía norteamericano. El barbero cepilló las hombreras de su chaqueta cruzada. Harry le dio una propina y se marchó.

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