Las Cosmicomicas
- Автор: Кальвино Итало
- Язык: испанский
- Переводчик: Aurora Bernardez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las Cosmicomicas». Краткое содержание книги:
Sin embargo, Italo Calvino, en lo que se puede denominar, sin rubor alguno, un auténtico festival de la imaginación, da un paso más allá. Sin olvidar el aspecto humano de los mitos, crea unas entidades superiores -en concreto la del narrador-, y partiendo de axiomas de la ciencia (la nueva religión en la que el hombre es sacerdote y divinidad a la vez) crea unas narraciones que formarán parte de esta nueva mitología, la mitología de los dioses.
Porque el narrador, el ubicuo Qfwfq, no nos quepa ninguna duda, es un dios, si como tal entendemos un ser que tiene la edad del universo o más incluso. Qfwfq ha vivido en el punto primigenio que fue origen del cosmos, en un tiempo en que el tiempo no existía, ha vivido la formación de la materia, de las galaxias, de los planetas, ha sido uno de los primeros invertebrados, de los primeros animales en abandonar los océanos, de los últimos dinosaurios -y es capaz de acordarse de sus múltiples correrías con cualquier antiguo conocido en una cafetería de cualquier esquina de Roma-, ha corrido por una Tierra sin colores y ha saltado de la Tierra a la Luna en pos del… amor. Ah, el amor, ni siquiera los dioses son inmunes: un gran acto de amor, generoso y puro, está detrás de ese Big Bang, según nos cuenta en `Todo en un punto`.
Pues el amor y muchas otras cosas se encuentran reflejados en el juguetón torrente verbal que Calvino pone en boca de Qfwfq. Tras la lógica delirante y el tono familiar con que Qfwfq nos narra sus vivencias, el lector es capaz de apreciar la sutil ironía que impregna las peripecias y los pensamientos de tan impronunciable protagonista. Porque, no nos olvidemos, Qfwfq (o, lo que es lo mismo, Calvino) se dirige a nosotros, lectores humanos que somos también hijos de las estrellas, para desglosarnos todos los temas que forman parte de los mitos, desde una óptica nueva, brillante (tanto en imaginación como en composición verbal) y, sin lugar a dudas, divertida. Quizá haya conceptos que puedan parecernos chocantes o ininteligibles (como la definición filosófica del signo que Qfwfq crea, signo que le servirá como indicador de revoluciones de la galaxia, pero a la vez, por ser el primer signo creado, continente y esencia de todos los signos y del propio ser conocido como Qfwfq), pero qué bien nos lo explica, cómo juega, disfruta y nos hace disfrutar con ello. Porque Italo Calvino era un narrador nato, un mago de las palabras, un comunicador excepcional.
Sin embargo, otros nos son presentados con gran elegancia. El universo de Calvino -nuestro universo- está poblado de seres riquísimos en matices. El amor y el deseo, que desencadena celos y envidias, caridad y furia, miedo -pero miedo al otro, o a lo desconocido, o a la soledad- y solidaridad. Inteligencia y estupidez. Y vuelta a empezar, y el universo sigue dando vueltas y más vueltas y, en un punto azul en un extremo de una galaxia mediocre, estamos nosotros y nuestra carga de humanidad. Y de alguna forma lo tenemos que explicar, para después recordar.
Para eso están los mitos.
Las cosmicómicas son, en definitiva. una lente en el que mirarnos y reconocernos desde un punto de vista radicalmente diferente, a la par que divertido. El humanismo del autor supura y desborda en cada una de las doce narraciones breves que componen este libro. Y, además, disfrutó escribiéndolas y nosotros las disfrutaremos leyéndolas. Una auténtica delicia.
Un día la esperé en medio de un bosque de altos helechos que se desplomaba en el agua.
– Lll, tengo que hablarte -dije apenas la vi-, ya te has divertido bastante. Tenemos cosas más importantes por delante. He descubierto un pasaje en la cadena de montes: del otro lado se extiende una inmensa llanura de piedra, hace poco abandonada por las aguas. Seremos los primeros en establecernos allí, poblaremos territorios ilimitados, nosotros y nuestros hijos.
– El mar es ilimitado -dijo Lll.
– Déjate de repetir las patrañas de ese viejo chocho. El mundo es del que tiene piernas, no de los peces, lo sabes.
– Lo que sé es que él es alguien -dijo Lll.
– ¿Y yo?
– No hay nadie con piernas que sea como él.
– ¿Y tu familia?
– Nos hemos peleado. No han entendido nunca nada.
– ¡Estás loca! ¡No se puede volver atrás!
– Yo sí.
– ¿Y qué vas a hacer, sola con un viejo pez?
– Casarme con él. Volverme pez con él. Y echar al mundo otros peces. Adiós.
Y gateando como solía, subió hasta la cima de una alta hoja de helecho, la inclinó hacia la laguna y se dejó caer, zambulléndose. Reapareció, pero no estaba sola: la robusta cola falcada del tío abuelo N'ba N'ga afloró junto a la suya y juntos hendieron el agua.
Fue un duro revés para mí. Pero al fin, ¿qué hacerle? Seguí mi camino en medio de las transformaciones del mundo, también yo transformándome. Cada tanto, entre las muchas formas de los seres vivientes encontraba alguno que "era alguien" en mayor medida que yo: uno que anunciaba el futuro, ornitorrinco que amamanta al pichón salido del huevo, jirafa desvaída en medio de la vegetación todavía baja; o que testimoniaba un pasado sin retorno, dinosaurio superviviente después de comenzado el Cenozoico, o bien -cocodrilo- un pasado que había encontrado la manera de mantenerse inmóvil a través de los siglos. Todos tenían algo, lo sé, que los hacía de algún modo superiores a mí, sublimes, y que hacía de mí, por comparación, un mediocre. Y sin embargo no me hubiera cambiado por ninguno de ellos.
Cuánto apostamos
La lógica de la cibernética, aplicada a la historia del universo, está en camino de demostrar que las Galaxias, el Sistema Solar, la Tierra, la vida celular no podían dejar de nacer. Según la cibernética, el universo se forma a través de una serie de "retroacciones" positivas y negativus, en primer lugar por la fuerza de gravedad que concentra masas de hidrógeno en la nube primitiva, después por la fuerza nuclear y la fuerza centrífuga que se equilibran con la primera. A partir del momento en que el proceso se pone en movimiento, éste no puede sino seguir la lógica de esas "retroacciones" en cadena.
Sí, pero al principio no se sabía -precisó Qfwfq-, es decir, uno podía incluso predecirlo, pero así, un poco por olfato, adivinando. Yo, no es por alabarme, desde el principio aposté a que habría universo, y acerté, y también sobre cómo sería le gané varias apuestas al Decano (k)yK.
Cuando empezamos a apostar no había todavía nada que pudiese hacer prever nada, salvo un poco de partículas que giraban, electrones por aquí y por allá como venían, y protones subiendo y bajando cada uno por su cuenta. No sé qué siento, como si estuviera por cambiar el tiempo (en efecto, había empezado a refrescar) y digo: -¿Apostamos a que hoy se vienen los átomos?
Y el Decano (k)yK: -¡Pero, por favor, átomos! Yo apuesto a que no, todo lo que quieras.
Y yo: -¿Apostarías también equis?
Y el Decano: -¡Equis elevado a ene!
No había terminado de decirlo y ya alrededor de cada protón había empezado a girar su electrón, zumbando. Una enorme nube de hidrógeno se estaba condensando en el espacio. -¿Has visto? ¡Lleno de átomos!
– ¡Atomos de esos, bah, buena porquería! -decía (k)yK, porque tenía la mala costumbre de andar con vueltas en vez de reconocer que había perdido la apuesta.
Hacíamos siempre apuestas, el Decano y yo, porque no había otra cosa que hacer y también porque la única prueba de que yo existiese era el hecho de que apostaba con él, y la única prueba de que existiese él era el hecho de que apostaba conmigo. Apostábamos sobre los acontecinuentos que se producirían o no se producirían; la elección era prácticamente ilimitada, pues hasta ese momento no se había producido absolutamente nada. Pero como no había siquiera modo de imaginarse cómo podría ser un acontecimiento, lo designábamos de una manera convencionaclass="underline" acontecimiento A, acontecintiento B, acontecimiento C, etcétera, cosa de distinguirlos. Es decir, como entonces no existían alfabetos u otras series de signos convencionales, primero apostábamos sobre cómo podría ser una serie de signos y después acoplábamos esos posibles signos a posibles acontecimientos, de manera de designar con suficiente precisión cosas de las cuales no sabíamos lo que se dice nada.
Incluso la postura en las apuestas no se sabía qué era porque no había nada que pudiera hacer de postura y, por lo tanto, jugábamos de palabra, teniendo en cuenta las apuestas ganadas por cada uno, para hacer después la suma. Todas operaciones muy difíciles, porque entonces no existían números y ni siquiera teníamos el concepto de número para empezar a contar, ya que no se conseguía separar nada de nada.
Esta situación empezó a cambiar cuando en las Protogalaxias se fueron condensando las Protoestrellas, y yo comprendí en seguida cómo terminaría aquéllo, con la temperatura que aumentaba, y dije: -Ahora se encienden.
– ¡Pamplinas! -dijo el Decano.
– ¿Apostamos? -digo yo.
– Lo que quieras -contesta él y, ¡paf!, la oscuridad se abrió por obra de muchos globos incandescentes que se dilataban.
– Eh, pero encenderse no quiere decir eso… -empezaba (k)yK, con su acostumbrado sistema de desviar la cuestión a las palabras.
Yo entonces tenía el mío, me refiero al sistema, para hacerlo callar: -¿Ah, sí? ¿Y entonces qué quiere decir, para ti?
Se quedaba callado: como era pobre de imaginación, apenas una palabra empezaba a tener un significado, no se le ocurría que pudiera tener otro.
El Decano (k)yK, cuando uno estaba con él un rato, resultaba un tipo bastante aburrido, sin recursos, nunca tenía nada que contar. Tampoco yo, por lo demás, hubiera podido contar mucho, porque hechos dignos de ser contados no habían sucedido, o por lo menos así nos parecía. Lo único era enunciar hipótesis, más aún, enunciar hipótesis sobre la posibilidad de enunciar hipótesis. Pero en esto de enunciar hipótesis de hipótesis yo tenía más imaginación que el Decano, y eso era al mismo tiempo una ventaja y una desventaja, porque me llevaba a hacer apuestas más arriesgadas, así que puede decirse que las probabilidades de ganar eran iguales.
En general yo apuntaba a la posibilidad de que un acontecimiento dado sucediera, mientras que el Decano apostaba casi siempre en contra. Tenía un sentido estático de la realidad, (k)yK, si puedo expresarme de esta manera, dado que entre estático y dinámico no había entonces la diferencia que hay ahora, o por lo menos había que estar atentos para pescar esa diferencia.
Por ejemplo, las estrellas se agrandaban, y yo: -¿Cuánto? -digo. Trataba de hacer el pronóstico en números porque así él tenía menos motivos de discusión.
En aquel tiempo números había sólo dos: el número e y el pi griego. El Decano hace un cálculo apresurado y responde: -Aumenta e elevado a te.
¡Buen zorro! Hasta allí llegaban todos. Pero las cosas no eran tan sencillas, yo me había dado cuenta.
– Te apuesto a que se detiene en cierto momento.
– Apostemos. ¿Y cuándo tendría que detenerse?
Y yo, o le acierto o todo se va al diablo, le disparo mi pi griega. Le acerté. El Decano se quedó de una pieza.
Desde aquel momento empezamos a apostar a base de e y de pi griega.