Los 36 hombres justos
- Автор: Bourne Sam
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los 36 hombres justos». Краткое содержание книги:
Capítulo 10
Viernes, 6. 00 h, Seattle
Will se despertó a las seis de la mañana, de vuelta en su habitación del hotel de Seattle. Había enviado su reportaje de Missoula, y después había hecho el largo trayecto de regreso en coche. Mientras escribía la historia se había sentido invadido por un único y agradable pensamiento: «Trágate esto, Walton». ¿Qué le había dicho aquel gilipollas? «Una vez es una hazaña; dos sería un milagro.»
Había rezado para que le saliera bien. Su principal temor era que en la redacción encontraran su reportaje demasiado parecido al de Macrae, otro hombre bueno entre canallas; de modo que exageró la vertiente de la milicia, añadió todo el color local posible y confió en que sucediera lo mejor. Incluso sopesó la posibilidad de eliminar la cita de la doctora acerca de lo justo del acto de Baxter, la misma palabra que aquella otra mujer había utilizado para referirse a Macrae, porque podía parecer poco natural. Sin embargo, pasarla por alto aún habría sido menos natural.
Se incorporó y cogió la Blackberry; la luz roja parpadeaba esperanzadoramente: nuevos mensajes.
Uno de Glenn Harden: «Buen trabajo el de hoy, Monroe».
Aquello era lo que había esperado escuchar. Significaba que había evitado los escollos. Ojalá pudiera ver la expresión de Walton. El siguiente mensaje tenía la apariencia de un spam: el nombre del remitente no aparecía con claridad, solo había una serie de caracteres sin sentido. Will se disponía a borrarlo cuando una palabra en la casilla de «Asunto» llamó su atención: «Beth».
Todavía no había acabado de leer todas las palabras cuando notó que se le helaba la sangre en las venas.
NO LLAME A LA POLICÍA. TENEMOS A SU MUJER. AVISE A LA POLICÍA Y LA PERDERÁ. NO LLAME A LA POLICÍA O LO LAMENTARÁ PARA SIEMPRE.
Capítulo 11
Viernes, 21. 43 h, Chennai, India
Las noches eran cada vez más frescas, aun así, Sanjay Ramesh prefería permanecer en la oficina, con el aire acondicionado, a arriesgarse a salir al sofocante calor de la ciudad. Decidió que antes de regresar a casa esperaría a que el sol se hubiera ocultado por completo.
De ese modo evitaría no solo el pegajoso calor, sino también el calvario de entrar en su casa. Era algo que ocurría todas las noches: la sesión de cuchicheos y quejas que su madre compartía con las vecinas mientras se quedaban sentadas fuera, charlando hasta tarde. En aquella compañía se sentía cohibido, y también en cualquier otra. Además, aunque este mes de septiembre resultaba fresco, para lo que era normal en Chennai, seguía siendo agobiantemente caluroso y húmedo. En cambio, dentro de aquella estancia, una oficina situada en un hangar, llena de hileras de cubículos insonorizados, las condiciones eran las adecuadas. Constituía el entorno perfecto para lo que necesitaba hacer.
Era un centro de llamadas, uno de los miles que habían surgido por toda India; cuatro plantas llenas de indios que recibían llamadas de América o Gran Bretaña, de gente de Filadelfia deseosa de pagar sus recibos telefónicos o de viajeros en Macclesfield que esperaban comprobar los horarios de los trenes hacia Manchester. Pocos, por no decir ninguno, sabían que su llamada pasaba antes por la otra punta del mundo.
A Sanjay aquel trabajo le gustaba bastante. Para un adolescente de dieciocho años que seguía viviendo en casa de sus padres, la paga era buena. Además, el horario era flexible y podía compaginarlo con sus estudios. No obstante, la gran ventaja la tenía allí mismo, en aquel diminuto cubículo disponía de todo lo que necesitaba: una silla, una mesa y, lo más importante, un ordenador con una conexión de alta velocidad con el resto del mundo.
Sanjay era joven, pero también un veterano de internet. Lo había descubierto cuando ambos estaban en su infancia. En aquella época había solo unos pocos centenares de páginas web, puede que apenas un millar. Sanjay y la red habían crecido a la vez. Internet se había expandido exponencialmente -2, 4, 8, 16, 32, 64, 128-, doblando su tamaño cada día, hasta que en esos momentos daba varias vueltas al planeta. Naturalmente, el físico de Sanjay no había seguido aquel ritmo -era un muchacho flaco y larguirucho-, pero sabía que su mente se había mantenido a la altura. A medida que internet se desarrollaba, él crecía con ella, abriendo constantemente nuevos territorios al conocimiento y la curiosidad. Desde su dormitorio del piso de arriba, en India, había viajado a Brasil, había dominado las disputas territoriales de Nagorno-Karabaj, se había reído con las caricaturas indonesias, se había asomado al mundo de los aficionados a las caravanas en Escocia, había examinado las tablas de esgrima júnior de Flanders y había visto lo que realmente motivaba a los plantadores de árboles de Taipéi. Para él, no existía actividad humana que no tuviera interés. E internet se lo había mostrado todo.
Incluidas las imágenes que habría deseado no ver, las que habían dado pie al proyecto que acababa de completar hacía apenas veinticuatro horas. Como hacker había tardado en dar sus primeros pasos, a los quince años, cuando la mayoría de ellos empezaba antes de la adolescencia. Había realizado las hazañas habituales: se había metido en la lista de objetivos de la OTAN y había estado a un clic de desconectar los sistemas del Pentágono, pero siempre se había abstenido de pulsar el último botón. Causar daño no tenía ningún atractivo para él, solo servía para ocasionar problemas a un montón de gente, y navegar por la red le había enseñado que el mundo ya tenía suficientes.
Sintió ganas de reír, en parte por su genialidad y en parte por la broma que acababa de gastar a los que había señalado como sus enemigos. Había tardado meses en perfeccionarlo, pero funcionaba.
Había diseñado un virus benigno, capaz de extenderse por los ordenadores de todo el mundo igual de rápidamente que las variedades venenosas creadas por sus colegas hackers, cuyas malvadas intenciones los convertían, en el argot de la web, más en crackers que en hackers.
En esos momentos, lo que más entusiasmaba a Sanjay era el método escogido, no su objetivo. Como la mayoría de los virus, el suyo estaba pensado para extenderse a través de los ordenadores personales corrientes, los que estaban todo el tiempo conectados a internet. Mientras los usuarios de Taipéi o de Hannover estuvieran trabajando, enviando correos a sus amigos o manejando sus cuentas, incluso aunque estuvieran profundamente dormidos, su creación se hallaría en el interior de sus máquinas, trabajando sin parar.
Le había asignado un objetivo para que lo localizara y, como todo el mundo, utilizaba Google para dar con él. Invisible a los ojos del usuario, tras la pantalla, su creación recogía los resultados y los utilizaba para compilar lo que Sanjay consideraba que era su lista de enemigos: los sitios web que sufrirían la ira de su virus. Todos ellos, como cualquier otro sitio web, sin duda tenían algún tipo de defecto en su software. El reto consistía en encontrarlo. Para ello, los hackers y los crackers solían diseñar diversas pruebas pensadas para poner de relieve el fallo; podía ser el envío de un pequeño paquete de datos que el software no esperaba, o un solo símbolo al azar, la mitad de un doble punto podía lograrlo. Nadie podía saberlo si no lo intentaba. Sanjay lo había imaginado como un enfrentamiento medievaclass="underline" se lanzaban miles de flechas contra las murallas de un castillo sabiendo que solo unas pocas hallarían las rendijas de las troneras y conseguirían pasar. Cada castillo tenía sus aberturas características y distintos puntos débiles. De todas maneras, si la lista de pruebas era lo bastante larga, al final se descubrían las grietas. Y, una vez descubiertas, ya se podía acabar con el sitio y con su servidor. Desaparecería así, sin más.
Y, sin duda, esos sitios web merecían desaparecer. De todas maneras, Sanjay había llevado su guerra contra ellos un paso más allá. La mayoría de los hackers conservaban sus listas de pruebas en un único servidor, normalmente oculto en algún territorio pirata de internet, un lugar fuera del alcance de las regulaciones; Rumania y Rusia eran los favoritos. Sin embargo, ese sistema conllevaba una fatal debilidad: una vez que los sitios web atacados reconocían la fuente del fuego enemigo no tenían más que bloquear el acceso al servidor que contenía las pruebas. Así, el ataque cesaba.