Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un Diamante Al Rojo Vivo
Un Diamante Al Rojo Vivo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Diamante Al Rojo Vivo

Электронная книга - «Un Diamante Al Rojo Vivo». Краткое содержание книги:

John Dortmunder y su banda son contratados por un embajador africano para robar un famoso diamante, conocido como Balabomo, que cobija celosamente otro país africano. Dortmunder es extremadamente hábil y minucioso, pero lamentablemente desafortunado. Siempre fracasa. Con la suerte de espaldas, se ve condenado a planificar el golpe una y otra vez con una inercia y tenacidad casi religiosas. «La vida es un equívoco constante» parece decir el escurridizo diamante a la banda de Dortmunder. Ellos, impasibles, le intentarán dar caza por tierra, mar y aire. Un diamante al rojo vivo es una de las obras maestras del extraordinario Donald Westlake. Sin lugar a dudas, su novela más hilarante e ingeniosa. Una brillante comedia repleta de equívocos y llena de personajes inolvidables, con la que John Dortmunder, ladrón y gafe profesional, se presenta en sociedad. Todo un mito de la novela negra.
1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 48
Перейти на страницу:

– Supongo que sí -dijo Greenwood-. ¿Sacó mis cosas del apartamento?

– Todo arreglado, también -contestó Prosker-. Todo a salvo, y guardado a nombre de su amigo.

– Bien. -Greenwood sacudió la cabeza-. ¡Qué pena, tener que abandonar ese apartamento! Era justamente lo que siempre quise.

– Tendrá que cambiar un montón de cosas cuando lo saquemos de aquí -recordó Prosker.

– Es cierto. Será como empezar una vida nueva. Pasar una página nueva. Convertirme en un hombre nuevo.

– Sí -dijo Prosker, sin mucho entusiasmo. No le gustaba correr riesgos innecesarios con palabras de doble sentido-. Bueno, por cierto, me alegra muchísimo oírle hablar así -añadió, poniéndose en pie y cogiendo su portafolios-. Espero que lo tendremos fuera de aquí en poco tiempo.

– Yo también -respondió Greenwood.

7

A las dos y veinticinco de la madrugada, después de la visita de Prosker a Greenwood, el tramo de Northern State Parkway en los aledaños de la salida de Utopía Park estaba casi desierto. Un solo vehículo avanzaba por la zona, un camión grande y sucio, con una cabina azul, la carrocería gris y las palabras «Alquiler de camiones Parker» pintadas de blanco dentro de un óvalo, en ambas puertas. El mayor Iko lo había alquilado a través de un ilocalizable intermediario, precisamente esa misma tarde, y en ese momento, con Kelp al volante, se dirigía hacia el este, fuera de Nueva York. Cuando aminoró la marcha para salir, Dortmunder, sentado a su lado, se inclinó hacia adelante para mirar el reloj a la luz del salpicadero y dijo:

– Vamos adelantados cinco minutos.

– En las calles llenas de baches iré más despacio -respondió Kelp-, con todo lo que llevamos atrás.

– No conviene llegar antes de tiempo -dijo Dortmunder.

Kelp dirigió el camión hacia fuera de la autopista y tomó la curva de la rampa de salida.

– Ya sé -contestó-, ya sé.

En la cárcel, en ese preciso momento, también Greenwood estaba mirando su reloj en la oscuridad. Las agujas verdes le indicaban que todavía le quedaba media hora de espera. Prosker le había dicho que Dortmunder y compañía no se moverían hasta las tres. No debería hacer nada con demasiada anticipación para no despertar sospechas.

Veinticinco minutos después, el camión alquilado, con las luces apagadas, se detenía en un estacionamiento a tres manzanas de la cárcel. Las farolas de las esquinas eran la única iluminación en esa zona de Utopía Park, y el cielo nuboso hacía aún más oscura la noche. Apenas si podía uno verse la mano frente a la cara.

Kelp y Dortmunder salieron del camión y, moviéndose con cautela, dieron la vuelta para abrir las puertas de atrás. El interior estaba oscuro como la boca de un lobo. Mientras Dortmunder ayudaba a Chefwick a saltar al asfalto, Murch le alcanzó a Kelp una escalera de tres metros. Kelp y Dortmunder apoyaron la escalera a un lado del camión, mientras Murch le daba a Chefwick un rollo de cuerda gris y su maletín negro. Iban vestidos con ropa oscura y hablaban en susurros.

Dortmunder tomó el rollo de cuerda y subió el primero por la escalera; Chefwick lo siguió. Kelp, al pie de la misma, la sujetó hasta que ambos llegaron al techo del camión, y entonces la izaron. Dortmunder colocó la escalera a lo largo del techo del camión, y luego, él y Chefwick se tumbaron, uno a cada lado, como personajes de Boccaccio flanqueando una espada. Kelp, una vez subida la escalera, rodeó de nuevo el camión y cerró las puertas, luego entró en la cabina, puso el motor en marcha, dirigió lentamente el camión por el estacionamiento y salió a la calle. No encendió las luces delanteras.

En la cárcel, Greenwood miró su reloj y, viendo que eran las tres menos cinco, decidió que había llegado el momento. Se incorporó, se deshizo de las mantas y apareció completamente vestido, aunque sin zapatos. Se los puso y miró unos pocos segundos al hombre que dormía en la litera (el viejo roncaba, con la boca abierta). Greenwood le dio un golpe en la nariz.

Los ojos del viejo se abrieron de repente, redondos y blancos, y durante dos o tres segundos él y Greenwood se miraron fijamente, con las caras a no más de treinta centímetros. Entonces el viejo parpadeó, deslizó la mano por debajo de las mantas para tocarse la nariz y dijo con sorpresa y dolor:

– ¡Ay!

Greenwood, gritando a toda voz, rugió:

– ¡Basta de hurgarse los pies!

El viejo se incorporó. Los ojos se le iban poniendo cada vez más redondos. La nariz le empezaba a sangrar. Dijo:

– ¿Qué? ¿Qué?

Greenwood rugió:

– ¡Y deja de olerte los dedos!

Los dedos del viejo seguían en la nariz, pero los apartó y se los miró: tenían sangre en las yemas.

– Socorro -dijo en voz muy baja, vacilando, como si quisiera asegurarse de que era ésa la palabra que buscaba. Después, aparentemente seguro, soltó una ronca serie de socorros, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza y aullando como un terrier-: ¡Socorrosocorrosocorro…! -Etcétera.

– ¡No lo aguanto más! -bramaba Greenwood, con voz de barítono-. ¡Le voy a retorcer el pescuezo!

– ¡Socorrosocorrosocorrosocorro…!

Se encendieron las luces. Los guardas gritaban. Greenwood empezó a lanzar maldiciones y a andar con paso pesado de un lado a otro, blandiendo los puños en el aire. Le arrancó las mantas al viejo, lo envolvió en ellas, se las volvió a quitar. Lo cogió del tobillo y lo empezó a apretar como si fuera el cuello del viejo.

Se oyó un fuerte chirrido metálico, lo cual significaba que el largo barrote de hierro que cruzaba todas las puertas de las celdas de ese lado del pasillo había sido levantado. Greenwood arrancó al viejo de la cama por el tobillo. Procurando no hacerle daño, lo cogió por la garganta con una mano, levantó en alto el otro puño y se quedó en esa postura, gritando como un loco, hasta que se abrió la puerta de la celda y tres guardias se precipitaron dentro de ella.

Greenwood no les facilitó las cosas. No les pegó a ninguno de ellos, porque no quería que le devolvieran el golpe con una porra y lo dejaran inconsciente, pero empujaba al viejo contra los guardias, para impedirles que lo alcanzaran en la estrecha celda y le pusieran las manos encima.

Entonces, de repente, se apaciguó. Soltó al viejo, que rápidamente se sentó en el suelo y empezó a frotarse el cuello, y se quedó allí plantado, con los hombros hundidos y la mirada perdida.

– No sé -decía con voz confusa, meneando la cabeza-. No sé…

Los dos guardias lo agarraron de los brazos.

– Nosotros sí sabemos -dijo uno de ellos. El segundo le dijo, con calma, al tercero-: Se ha vuelto loco. Nunca lo hubiera pensado de él.

No muchas paredes más allá, el camión alquilado rodaba silenciosa y oscuramente para detenerse junto al muro exterior de la cárcel. Había unas torres en ambas esquinas del muro y mucha luz en otras partes, como, por ejemplo, alrededor de la entrada principal y junto al patio de recreo, pero en aquella zona todo era silencio y oscuridad -esta última interrumpida intermitentemente por un reflector que desde el interior del recinto recorría con su haz de luz la superficie del muro-, por la sencilla razón de que no había ni celdas ni entradas en esa parte del muro. Al otro lado del muro, según los mapas de Greenwood, se hallaban los edificios que albergaban la planta de la calefacción, la lavandería, las cocinas y los comedores, la capilla, varios cobertizos de almacén y cosas así. Ninguna parte del muro estaba totalmente desprotegida, pero la vigilancia en aquella zona era más superficial. Además, con una población de reclusos tan transitoria como la de Utopía Park, las tentativas de fuga eran escasas.

Tan pronto como el camión se detuvo, Dortmunder se levantó y apoyó la escalera contra la pared. Llegaba casi hasta arriba. Subió rápidamente, mientras Chefwick la mantenía firme, y una vez arriba se puso a atisbar, esperando el haz de luz del reflector. La luz se aproximaba, mostrándole la disposición de los techos de los edificios, que coincidía con los planos de Greenwood. Dortmunder se apartó, antes de que la trayectoria del haz de luz pasara por donde había estado su cabeza. Bajó la escalera y susurró:

1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 48
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)