Muerto y enterrado
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Muerto y enterrado». Краткое содержание книги:
Aunque para la mayor parte de la población humana, los vampiros son criaturas misteriosas y seductoras, y eso que ni siquiera saben de la existencia de los cambiantes… Hasta ahora. Se han decidido a seguir la línea de los no muertos y revelar por fin su existencia al resto del mundo.
Al principio todo parece ir como la seda… pero el cuerpo mutilado de una pantera aparece en el parking del Merlotte's. Sin embargo, un peligro todavía mayor que el susodicho asesino amenaza Bon Temps. Una raza de seres mayores, más sabios y mucho más reservados que los vampiros o los cambiantes, se prepara para una guerra. Y Sookie se verá convertida en el títere humano de todos ellos en su batalla.
Nunca me había resultado tan distinto a un hombre moderno.
– ¿Qué edad tenías?
Se lo pensó.
– Veintipocos -dijo-. Puede que veintitrés. Aude tenía más. Había sido la mujer de mi hermano mayor, y cuando éste murió en la batalla me correspondió a mí casarme con ella para que nuestras familias siguieran unidas. Pero siempre me gustó, y ella también estaba dispuesta. No era una cría tonta; había perdido dos bebés de mi hermano, y se alegraba de tener alguno más aún vivo.
– ¿Qué pasó con vuestros hijos?
– ¿Cuándo me convertí en vampiro?
Asentí.
– No podían ser muy mayores.
– No, eran pequeños. Ocurrió poco después de la muerte de Aude -dijo-. La echaba de menos, y necesitaba a alguien que los criase. Entonces no existían los amos de casa -se rió-. Tenía que salir a saquear. Tenía que asegurarme de que los esclavos cumplían con su trabajo en los campos. Necesitaba otra mujer. Una noche, fui a visitar a la familia de una muchacha que esperaba quisiera casarse conmigo. Vivía a una o dos millas. Tenía algunos bienes terrenales, mi padre era caudillo, me consideraban un hombre atractivo y era un guerrero, así que no era mal partido. Sus hermanos y su padre se alegraron de reunirse conmigo y ella parecía… agradable. Traté de conocerla un poco. Era una buena noche. Tenía bastantes esperanzas. Pero hubo mucha bebida, y el camino de vuelta a casa… -Hizo una pausa y vi cómo se le movía el pecho. Recordando sus últimos instantes como humano, trataba de tomar aliento-. Había luna llena. Vi a un hombre herido a un lado del camino. Normalmente hubiese mirado alrededor en busca de quienes le habían atacado, pero estaba bebido. Me acerqué para ayudarlo; seguro que imaginas lo que pasó a continuación.
– No estaba herido en realidad.
– Él no. Pero, poco después, yo sí. Estaba hambriento. Su nombre era Appius Livius Ocella. -Eric esbozó una sonrisa, aunque carente de todo sentido del humor-. Me enseñó muchas cosas, y la primera fue no llamarle nunca Appius. Decía que aún no lo conocía lo suficiente.
– ¿Y qué más?
– Me enseñó cómo llegar a conocerlo.
– Oh. -Supuse que había comprendido lo que me decía.
Eric se encogió de hombros.
– No estuvo tan mal… En cuanto dejamos el lugar lo supe. Con el tiempo, dejé de sufrir por los hijos y el hogar perdidos. Nunca había estado alejado de mi gente. Mis padres aún estaban vivos. Sabía que mis hermanos se encargarían de que mis hijos fuesen criados como era debido, y dejé riqueza suficiente como para que no se convirtieran en una carga. Estaba preocupado, por supuesto, pero de nada iba a servirme.
Tenía que mantenerme alejado. En aquellos días, en las aldeas pequeñas, ningún extranjero pasaba desapercibido, y si me aventuraba en las cercanías de donde vivía, me reconocerían y me darían caza. Sabrían en lo que me había convertido, o al menos sabrían que era una… aberración.
– ¿Adonde fuisteis Appius y tú?
– Nos dirigimos a las mayores ciudades que pudimos encontrar, que por aquel entonces no eran muchas. Siempre estábamos viajando, en paralelo a los caminos para poder cazar a los viajeros.
Me estremecí. Resultaba doloroso imaginarse a Eric, tan extravagante y sagaz, moviéndose furtivamente por los bosques en busca de sangre fácil. Y resultaba terrible pensar en los desafortunados a quienes tendía las emboscadas.
– No había demasiada gente -dijo-. Los aldeanos echarían de menos a sus vecinos de inmediato. Teníamos que movernos sin parar. Al principio, los jóvenes vampiros están tan hambrientos que, como me pasó a mí, matan aunque no sea su intención.
Respiré hondo. Eso era lo que hacían los vampiros; cuando eran jóvenes, mataban. En aquel entonces no había un sustitutivo de la sangre fresca. Era matar o morir.
– ¿Se portaba Appius Livius Ocella bien contigo? -¿Qué puede haber peor que ser el eterno compañero del hombre que te ha asesinado?
– Me enseñó todo lo que sabía. Había servido en las legiones y era un guerrero, como yo, así que algo teníamos en común. Le gustaban los hombres, por supuesto, y necesité tiempo para acostumbrarme a eso. Nunca lo había hecho. Pero cuando eres un retoño de vampiro, cualquier cosa sexual te parece excitante, así que hasta me permití disfrutar… con el tiempo.
– Tenías que obedecer -dije.
– Oh, él era infinitamente más fuerte… a pesar de que yo era más grande; más alto, con los brazos más largos. Hacía tantos siglos que era vampiro que había perdido la cuenta. Y, por supuesto, era mi señor. Tenía que obedecer. -Eric se encogió de hombros.
– ¿Es algo místico o una norma establecida? -le pregunté, cuando la curiosidad me había empapado del todo.
– Ambas cosas -dijo-. Es algo compulsivo, no te puedes resistir por mucho que quieras…, por muy desesperado que estés por salir huyendo. -Su blanco rostro estaba encerrado en sus cavilaciones.
No alcanzaba a imaginar a Eric haciendo algo que no quisiera desde una posición de servidumbre. Claro que ahora tenía un jefe; no era autónomo. Pero no debía inclinarse y arrastrarse, y tomaba la mayoría de sus decisiones.
– No puedo imaginarlo -dije.
– No te lo desearía. -Un extremo de su boca se torció hacia abajo dando lugar a una expresión abyecta. Justo cuando empezaba a sopesar la ironía de todo aquello, ya que quizá se había casado conmigo al estilo vampírico sin preguntarme, Eric cambió de tema, dando un portazo a su pasado-. El mundo ha cambiado mucho desde que yo era humano. Los últimos cien años han sido especialmente emocionantes. Y ahora los licántropos salen del armario, junto con los demás hijos de la doble estirpe. ¿Quién sabe? Quizá las brujas o las hadas sean las siguientes. -Me sonrió, aunque con un poco de rigidez.
Su idea me inspiró la feliz fantasía de ver a mi bisabuelo Niall de forma diaria. Me había enterado de su existencia tan sólo hacía unos meses y no habíamos tenido mucho tiempo para estar juntos. Pero saber que contaba con un ascendiente vivo era muy importante para mí. Tenía muy poca familia.
– Eso sería maravilloso -contesté melancólicamente.
– Querida, eso nunca ocurrirá-dijo Eric-. Las criaturas feéricas son las más secretas de todos los seres sobrenaturales. No quedan muchas en este país. De hecho, apenas quedan en el mundo. El número de sus hembras y su fertilidad desciende cada año. Tu bisabuelo es uno de los pocos supervivientes con sangre real. Jamás admitiría tratar con humanos.
– Pues habla conmigo -añadí, insegura de a qué se refería exactamente con «tratar».
– Porque compartes su sangre -respondió Eric con un meneo de la mano libre-. De no ser así, jamás hubieses sabido de su existencia.
Pues la verdad es que no. Niall no iba a pasarse por el Merlotte's para tomar un trago y una cesta de pollo y estrechar las manos de los parroquianos. Miré a Eric con tristeza.
– Ojalá ayudase a Jason -deseé-. Jamás pensé que diría esto. A Niall no parece gustarle en absoluto, pero Jason tendrá muchos problemas a raíz de la muerte de Crystal.
– Sookie, si lo que quieres es saber lo que pienso, no tengo ni idea de por qué mataron a Crystal. -Y tampoco le importaba demasiado. Al menos, con Eric una sabía a qué atenerse.
De fondo, el DJ de la KDED decía:
– A continuation, And It Rained All Night, de Thom Yorke.
Mientras Eric y yo habíamos mantenido nuestra conversación, los sonidos del bar parecían haber enmudecido en la lejanía. Ahora volvían de golpe.
– La policía y las panteras buscarán al culpable -dijo-. Me preocupan más los agentes del FBI. ¿Qué persiguen? ¿Quieren arrestarte? ¿Pueden hacer eso en este país?
– Querían identificar a Barry. Después querían saber de lo que él y yo éramos capaces y cómo lo hacíamos. A lo mejor tenían instrucciones para pedirnos que trabajásemos para ellos y la muerte de Crystal interrumpió la conversación antes de que pudieran hacerlo.