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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Lynley lo sabía. Tenía que saberlo. Por lo tanto, su elección de Nkata parecía menos la selección lógica de un hombre que sopesaba los talentos de sus subordinados y los utilizaba según las necesidades del caso, que un ejemplo de descarada crueldad.

– ¿Tommy está enfadado? -preguntó St. James.

Pero no se había traslucido irritación tras las acciones de Lynley, y Barbara, aunque estaba desolada, no quiso acusarle de eso.

Deborah se reunió con ellos.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó, y besó a su marido en la mejilla cuando pasó a su lado para servirse un poco de jerez.

Barbara repitió la historia, St. James añadió los detalles, y Helen escuchó en un silencio pensativo. Al igual que Lynley, los demás estaban en conocimiento de los hechos relacionados con la insubordinación de Barbara y su agresión a un superior. Al contrarío que Lynley, no obstante, parecían capaces de ver la situación tal como Barbara la había considerado: inevitable, lamentable, pero plenamente justificada, la única alternativa para una mujer sometida a una situación límite y en posesión de la razón.

– Al final Tommy te dará la razón, Barbara -dijo St. James-. Lo malo es que hayas tenido que pasar por esto.

Las otras dos mujeres coincidieron con él.

Todo esto tenía que haber sido gratificante para Barbara. Al fin y al cabo, solidaridad era lo que había ido a buscar a Chelsea. Pero descubrió que la solidaridad solo alimentaba su dolor y la sensación de haber sido traicionada.

– Creo que todo se reduce a esto -dijo-. El inspector quiere que alguien de su confianza trabaje con él.

Y pese a las inmediatas protestas de la mujer y los amigos de Lynley, Barbara sabía que, en ese momento, ella no era ese alguien.

4

Julian Britton podía imaginar lo que estaba haciendo su prima al otro extremo de la línea telefónica. Oía un rítmico «choc choc choc» que puntuaba sus frases, y el sonido le reveló que la joven estaba en la antigua y mal iluminada cocina de Broughton Manor, troceando algunas de las verduras que cultivaba al fondo de su jardín.

– No he dicho que no quisiera ayudarte, Julian. -El comentario de Samantha fue acompañado por un «choc» más decidido que los anteriores-. Solo he preguntado qué está pasando. No tiene nada de malo, ¿verdad?

Julian prefirió no contestar. No quería contarle lo que estaba pasando. Al fin y al cabo, Samantha nunca había ocultado su aversión hacia Nicola Maiden.

¿Qué podía decir? Muy poca cosa. Cuando la policía de Buxton había llegado a la conclusión de que tal vez sería conveniente telefonear al cuartel general de Ripley, cuando éste envió dos coches policiales para examinar el lugar en que estaban aparcados el Saab de Nicola y la vieja moto Triumph, y cuando Ripley y Buxton llegaron a la evidente conclusión de que se necesitaba la colaboración de Rescate de Montaña, una anciana que paseaba con su perro había entrado en el pueblo de Peak Forest, llamado a una puerta y contado una historia sobre un cadáver que había encontrado en Nine Sisters Henge. La policía había acudido al instante, mientras Rescate de Montaña esperaba en el punto de encuentro para recibir instrucciones. Cuando esas instrucciones llegaron, fueron bastante ominosas: Rescate de Montaña no era necesario.

Julian sabía todo esto porque, como miembro de Rescate de Montaña, había ido al encuentro de su equipo en cuanto se recibió la llamada, que Samantha le había comunicado aquella mañana, pues la había interceptado en su ausencia de Broughton Manor. Por lo tanto, se encontraba con su grupo revisando el equipo mientras el responsable leía una sobada lista de verificación, cuando el teléfono móvil sonó, y la verificación del equipo se interrumpió, para luego cancelarse hasta nueva orden. El líder del grupo transmitió la información recibida: la anciana, su perro, su paseo matutino, el cadáver, Nine Sisters Henge.

Julian había regresado de inmediato a Maiden Hall, pues quería ser el primero que comunicara la noticia a Andy y Nan, antes que la policía. Su intención era decir que, a fin de cuentas, solo se trataba de un cadáver. Nada indicaba que fuera el de Nicola.

Pero cuando llegó, había un coche de la policía aparcado delante del restaurante. Y cuando entró como una exhalación, encontró a Andy y Nan en un rincón del albergue, donde los cristales en forma de diamante de una ventana salediza proyectaban arco iris en miniatura sobre la pared. Estaban en compañía de un agente uniformado. Tenían el rostro ceniciento. Nan aferraba el brazo de Andy, que contemplaba con aire ausente la mesita auxiliar que les separaba del agente.

Los tres levantaron la vista cuando Julian entró. El agente dijo:

– Perdone, señor, pero si pudiera conceder unos minutos a los señores Maiden…

Julian comprendió que el agente había supuesto que era uno de los huéspedes de Maiden Hall. Nan aclaró su relación con la familia, y le identificó como el «novio de mi hija. Acaban de prometerse. Ven, Julian».

Extendió una mano y le obligó a sentarse en el sofá, los tres reunidos como la familia que no eran y nunca serían.

El agente había llegado a la parte más inquietante. El cuerpo de una mujer había sido encontrado en el páramo. Podía ser el de la hija desaparecida de los Maiden. Lo lamentaba, pero uno de ellos debía acompañarle a Buxton para la identificación.

– Yo iré -dijo impulsivamente Julian. Le resultaba inconcebible que los padres de Nicola padecieran una tortura tan espantosa, que la identificación del cadáver de Nicola recayera en alguien que no fuera éclass="underline" el hombre que la amaba y deseaba.

El agente dijo con pesar que debía ser un miembro de la familia. Cuando Julian se ofreció a acompañar a Andy, este se negó. Alguien debía quedarse con Nan, dijo.

– Telefonearé desde Buxton si… -dijo a su mujer.

Cumplió su palabra. La llamada se demoró unas cuantas horas, debido al tiempo que tardaron en trasladar el cadáver hasta el hospital donde se practicaría la autopsia. Pero cuando hubo visto el cadáver de la joven, telefoneó.

Nan no se derrumbó, como Julian suponía.

– Oh, no -dijo, entregó el auricular a Julian y salió corriendo del hostal.

Julian confirmó con Andy lo que ya sabía. Después fue en busca de la madre de Nicola. La encontró arrodillada en el huerto de Christian-Louis, situado detrás de la cocina de Maiden Hall. Estaba removiendo puñados de tierra recién regada, como si deseara enterrarse.

– No, no -decía, pero no lloraba.

Se revolvió cuando Julian apoyó las manos en sus hombros y empezó a ponerse en pie. Julian no sospechaba que una mujer tan menuda tuviera tanta fuerza, y tuvo que pedir ayuda a gritos. Las dos mujeres de Grindleford acudieron a toda prisa. Junto con Julian, lograron arrastrar a Nan hasta el hostal y subirla por la escalera. Julian la obligó a beber dos tragos de coñac. Fue entonces cuando la mujer rompió a llorar.

– ¡He de…! -gritó-. ¡Dadme algo que hacer! -Las últimas palabras fueron un aullido lastimero.

Julian comprendió que había llegado al límite. Necesitaban un médico. Fue a telefonear a uno. Habría podido encargar la tarea al dúo de Grindleford, pero se dio cuenta de que la decisión de llamar a un médico le alejaría del dormitorio de Nan y Andy, un espacio repentinamente tan asfixiante que le robaría el aliento antes de que transcurriera un minuto más.

Por lo tanto, bajó la escalera y pidió el teléfono. Llamó a un médico. Y por fin llamó a Broughton Manor y habló con su prima.

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