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Электронная книга - «La Fuga De La Novia». Краткое содержание книги:

Mientras caminaba por el pasillo central de la iglesia, Ashley Carrington supo que estaba cometiendo la mayor equivocación de su vida. Y antes de que concluyera la marcha nupcial se convirtió en una fugitiva, ocultándose de su familia, amigos y prometido, en una casa de la playa que creía desierta.
Su inesperado y poco dispuesto anfitrión, un tipo serio llamado Kam Caine, pensó que estaba loca, pero al menos no la arrojó a la oscuridad de la noche con su arrugado vestido de novia. Y de alguna forma, sin proponérselo, le estaba mostrando toda la pasión que Ashley había echado en falta en su noviazgo.
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– Tener a mi familia alrededor fue una verdadera lata. Además me hizo pensar en la inutilidad de lo que iba a hacer.

– ¿Qué quieres decir?

– Fíjate en mis padres. Nunca han sido capaces de comprometerse por más de seis meses. No tienen ni idea de cómo mantener una relación íntegra. Yo soy el resultado de su desastroso matrimonio. ¿Por qué habría de ser capaz de hacer las cosas mejor?

Kam esperó a que continuara, pero no lo hizo.

– ¿Es eso lo que te hizo cambiar de idea? -dijo, al fin.

Ashley suspiró, preguntándose si debía seguir adelante.

– No exactamente, aunque sí fue el comienzo. Lo que acabó por decidirme fue la aparición de Wesley cli mi habitación cuando me estaba poniendo el traje de novia.

Kam se volvió para mirarla atentamente.

– ¿Quieres decir que huiste de tu boda porque el novio te vio antes de la ceremonia? No puedo creerlo.

– Claro que no -Ashley, aturdida, frunció el ceño-. ¿Cómo se te ocurre una idea así?¿Cómo iba a dejarme llevar por una convencionalidad como esa?

– ¿Qué ocurrió?

– Me besó -dijo Ashley, balbuceante.

Kam volvió a mirarla con sorpresa.

– Imagino que ya te había besado antes.

– Sí -dijo ella, haciendo una mueca-. Pero esta vez trató de mostrarse apasionado.

Kam no la comprendía, y lo que decía le daba ganas de reír.

– Ashley -dijo-. Iba a convertirse en tu marido. No creo que pensara mantener una relación platónica contigo.

– Lo sé -dijo ella, sacudiendo la cabeza vehementemente-. Y creí estar preparada para soportarlo. Ya sabes. Las mujeres somos capaces de apretar la mandíbula, cerrar los ojos y aguantar lo que sea.

Kam se apoyó en el respaldo y soltó una carcajada.

– ¡Qué filosofía del matrimonio tan victoriana! ¡Pobre Wesley!

– Ese no era mi plan. Sólo iba a adoptarlo si las cosas iban realmente mal.

– Entiendo. Veo que estabas preparada para cualquier eventualidad.

– Para cualquiera menos la que al fin se presentó -dijo Ashley, quedamente.

Kam sonrió en la oscuridad y deseo cogerla entre sus brazos. Apartó ese pensamiento de su cabeza de inmediato y se dijo que no había cabida para aquellos sentimientos.

– ¿Y qué fue lo que pasó?

Ashley titubeó.

– ¿Recuerdas cuando me besaste esta mañana? -preguntó, dulcemente.

Kam no sólo lo recordaba, si no que no había logrado quitárselo de la cabeza.

– ¿Te refieres a cuando me provocaste para que te besara? -bromeó.

Ashley abrió los ojos.

– ¿Me culpas a mi?

– ¿Por qué no?

– Tú fuiste tan culpable como yo.

Kam pensó que si la dejaba, Ashley se pasaría el resto de la noche hablando de aquel beso.

– De acuerdo -dijo, impaciente-. Acepto toda la responsabilidad. Continúa.

Ahora venía lo más difícil. Ashley tomó aire. -Cuando me besaste sentí algo -se detuvo, avergonzada.

Kam se movió, incómodo.

– Ashley, tienes treinta años. ¿Tengo que explicarte la naturaleza de la atracción heterosexual?

– Esa es la cuestión. Cuando Wesley me besó no sentí absolutamente nada. Fue como besar una almohada.

– Has dicho que estabas mentalizada en caso de que eso pasara.

– Eso creía. Pero cuando pasó, me entró el pánico. Me di cuenta de que no podía casarme con Wesley. Incluso pensé que el problema era mío. Pero cuando me besaste esta mañana…

– ¿SÍ? -la animó él.

– Creo que deberías besarme de nuevo -dijo ella, quedamente.

Kam iba a encontrar difícil rechazar esa proposición.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Para que pueda comprobar…

Kam rió. Si Ashley quería confirmar si se excitaba besándole, él, por su parte, ya sabía la respuesta.

– ¿Quieres que te bese para estudiar la respuesta de tu líbido? -dijo, socarrón.

– Así es -dijo ella, dubitativa.

– Ashley…

– Sólo una vez -dijo ella, señalándose los labios-. Aquí. Para que pueda comprobarlo.

Aunque no había dicho qué quería comprobar, Kam lo intuía. Era una situación absurda que debía concluir en aquel mismo momento. Sin embargo, no consiguió moverse y se encontró volviéndose hacia ella, con el corazón latiéndole aceleradamente.

Sus labios tocaron los de ella levemente, en una rápida caricia. Su intención era detener el beso ahí, pero en cuanto sus bocas se encontraron, Ashley sintió la aceleración y la fuerza que había sentido por la mañana, y, abrazándose a él, le exigió más.

Kam no pudo evitar responder. Con una mano le cogió por la barbilla y la atrajó hacia sí. La otra la hundió en su cabello, sujetando su cabeza con firmeza.

Era una sensación maravillosa. Ashley creyó navegar en un sueño, volar. Kam la sujetaba protector.

Ashley sintió que podía abrirse a la inconsciencia y dejar que él se ocupara de ella. Con su lengua trató de alcanzar el fondo de la boca de Kam, y él respondió saliendo a su encuentro. Ashley nunca pensó que aquel calor húmedo pudiera resultarle tan imprescindible.

Kam se movía con una lentitud casi dolorosa. Ashley se apretaba contra él, ansiando cada vez más. Sentía un fuego abrasarla, bajándole desde el cuello hasta el pecho. Sólo deseaba seguir así un poco más.

Kam se apartó de ella y la contempló, a la vez que ella le acariciaba la mejilla.

– Gracias -dijo Ashley, con la respiración entrecortada.

Kam no necesitó preguntarle si había sentido algo porque ya lo sabía. El había percibido su inmediata reacción y supo que Ashley no tenía ningún problema. Todo estaba dicho.

– Será mejor que entremos a cenar -dijo, bruscamente, a la vez que se sentaba lo más lejos posible de ella-. Está haciéndose tarde

– De acuerdo -respondió ella, esforzándose por reprimir la risa que se agolpaba en su garganta. Kam era un ser especial y, lo supiera o no, aquel beso marcaría para siempre un hito en la vida de Ashley. Era la primera vez que deseaba a un hombre.

Había tenido varias relaciones íntimas, pero ninguna había sido particularmente satisfactoria. Nunca había estado enamorada. Eran tan sólo compañeros de una aventura que para ella no tenía mayor interés. Nunca antes había sentido la aceleración del deseo.

Miró a Kam y sonrió. Se alegraba de haber entrado en su casa y haberlo conocido. Ahora sabía que rn a un mago.

Entraron en la cocina y prepararon una gran ens,ilada que apenas probaron. Kam le contó anécdolas (le casos divertidos del pasado y ella le habló de cuentos de niños. Ambos pusieron especial cuidado ru no tocarse.

Mientras, Ashley no dejaba de pensar en el beso, tratando de convencerse a sí misma de que no tenía ninguna importancia, excepto la de haberle demos¡ nado que era una mujer normal. Sin embargo, algo Ir decía que era mucho más relevante que eso.

– Esta noche tú duermes en la cama -dijo Kam al acabar de fregar.

– No -dijo ella, sacudiendo la cabeza-. El sofá es inuy cómodo. La cama es tuya.

Kam la miró, receloso.

– Si es tan cómodo ¿Por qué no te quedaste en él?

– ¿Tienes miedo de que vaya a hacerte una visita esta noche? -bromeó ella.

Kam nunca lo hubiera admitido, pero así era.

Después de veinte minutos de discusión, acordaron dormir tal y como Kam había sugerido.

Ashley se arrebujó en el sofá mucho más tranquila que la noche anterior. Se sentía una mujer distinta a la atemorizada y temblorosa criatura de la noche anterior, y estaba segura de que dormiría de un tirón, sin verse asaltada por terrores nocturnos.

Al cabo de cuatro horas, sin embargo, se encontró con los ojos abiertos. La noche era silenciosa. La luna estaba en lo alto e iluminaba todo con un resplandor plateado. Ashley se quedó inmóvil, contemplando las sombras que se proyectaban contra la pared.

Estaba segura de que no volvería a dormirse. Estaba demasiado tensa y alerta. Por dentro comenzaba a invadirla la misma sensación que la noche anterior. No era ni miedo ni angustia, sino más bien una ansiedad que se resistía a abandonarla. La necesidad de ser confortada era tan intensa que la sentía como un dolor físico.

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