El misterio del tren azul
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #6
- Год: 1928
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427285094
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «El misterio del tren azul». Краткое содержание книги:
—No creo que se trate de un suicidio —insinuó Katherine con un tono de duda.
—No, no se trata de un suicidio. La estrangularon con un cordón de seda negro.
—¡Qué horror! —exclamó Katherine.
Monsieur Caux abrió los brazos en un gesto de disculpa.
—No es algo agradable. Creo que nuestros ladrones de trenes son mucho más brutales que los de su país.
—¡Es horrible!.
—Sí, sí. —El comisario se mostraba conciliador—. Pero es usted una mujer valerosa, mademoiselle. Al verla me dije: «Mademoiselle es muy valiente.» Por eso voy a pedirle que haga algo más, algo desagradable pero que es muy necesario.
Katherine le miró con recelo.
Él extendió las manos a modo de disculpa.
—Le voy a pedir a usted, mademoiselle, que tenga la bondad de acompañarme al compartimiento contiguo.
—¿Tengo que hacerlo? —preguntó en voz baja Katherine.
—Es necesario identificarla —explicó el comisario—, y como su doncella ha desaparecido... —tosió significativamente—. Usted es la persona que la vio más tiempo desde que ella subió al tren.
—Bien —murmuró Katherine—, si es necesario...
Se puso de pie. Poirot hizo un gesto de aprobación.
—Mademoiselle es muy comprensiva. ¿Puedo acompañarles a ustedes, monsieur Caux?.
—Desde luego, monsieur Poirot.
Salieron al pasillo y el comisario abrió la puerta del compartimiento ocupado por la mujer asesinada. Las cortinas de las ventanillas estaban medio levantadas, para dejar entrar algo de luz. El cadáver estaba en la litera que quedaba a la iz-quierda, en una postura tan natural que parecía estar durmiendo. La ropa de cama la cubría y la cabeza estaba vuelta hacia la pared, de forma que sólo se veían unos rizos color caoba. Con mucha delicadeza, monsieur Caux apoyó una mano en el hombro de la mujer y movió el cuerpo hasta que el rostro quedó a la vista.
Katherine se tambaleó ligeramente y se clavó las uñas en las palmas de las manos. Un fuerte golpe había desfigurado de tal modo las facciones de la muerta que hacía imposible la identificación. Poirot soltó una fuerte exclamación.
—¿Cuándo le hicieron eso? —preguntó—. ¿Antes o después de su muerte?.
—El forense dice que después —contestó monsieur Caux.
—¡Qué cosa más rara! —murmuró Poirot que frunció el entrecejo. Se volvió hacia Katherine y añadió—: Sea usted valiente, mademoiselle; mírela detenidamente. ¿Está segura de que ésta es la mujer con la que habló ayer en el tren?.
Katherine poseía unos nervios excelentes. Observó durante un buen rato y con mucha atención la figura acostada. Luego, se adelantó y cogió una mano de la muerta.
—Estoy completamente segura —afirmó al fin—. El rostro está demasiado desfigurado para reconocerlo; pero la forma, el porte y los cabellos son los mismos; además, me fijé en esto —indicó una pequeña verruga en la muñeca de la muerta— mientras hablaba con ella.
—Bon —dijo Poirot—. Es usted una excelente testigo, mademoiselle. No cabe la menor duda acerca de su identidad, pero de todas maneras es extraño.
Se inclinó, perplejo, sobre la mujer.
Monsieur Caux se encogió de hombros:
—Sin duda, el asesino lo hizo en un acceso de rabia —opinó.
—Si la hubiese matado a golpes, sería comprensible —musitó Poirot—; pero el hombre que la estranguló lo hizo por detrás y la cogió desprevenida. Un ligero grito, un gorgoteo, es todo lo más que se pudo oír y, sin embargo, después la golpeó brutalmente en el rostro. ¿Por qué?. ¿Acaso creía que así sería imposible identificarla?. ¿O bien la odiaba tanto que no pudo resistir la tentación de desfigurarle la cara después de muerta?.
Katherine se estremeció y el detective se volvió hacia ella con amabilidad.
—No debe usted afligirse, mademoiselle. Para usted todo esto es muy nuevo y terrible. Para mí es una vieja historia. Les pido a los dos que me disculpen un momento.
Ambos permanecieron junto a la puerta, y le miraron mientras él hacía una rápida inspección del compartimiento. Se fijó en los vestidos de la mujer muerta, cuidadosamente doblados a los pies de la litera, en el abrigo de piel colgado de una percha y en el sombrerito de laca roja en la red de equipajes. Luego entró en el compartimiento contiguo, donde Katherine viera sentada a la doncella. Aquí no habían hecho la cama. Había tres o cuatro mantas amontonadas sobre el asiento, una caja de sombreros y un par de maletas. De pronto, Poirot se volvió hacia Katherine.
—Usted estuvo ayer aquí. ¿Encuentra algo cambiado?. ¿Falta alguna cosa?.
Katherine miró con atención los dos compartimientos.
—Sí, falta un neceser de tafilete rojo que llevaba las iniciales R.V.K. Parecía un maletín pequeño o un joyero grande. Cuando lo vi, la doncella lo tenía sobre las rodillas.
—¡Ah! —exclamó Poirot.
—Seguramente... —añadió Katherine—... claro está que yo no sé nada de estas cosas, pero parece muy claro que, si la doncella y las joyas han desaparecido...
—¿Quiere usted decir que la ladrona es la doncella? —preguntó el comisario—. No, mademoiselle, hay una muy buena razón en contra.
—¿Cuál es?.
—La doncella se quedó en París.
El comisario se volvió hacia Poirot.
—Estoy seguro de que le gustará escuchar la declaración del conductor —murmuró en un tono confidencial—. Es un relato muy interesante.
—Seguramente, a mademoiselle también le gustará oírlo —señaló Poirot—. Si usted no tiene inconveniente, monsieur le commisaire...
—No —accedió el comisario, aunque se veía claramente que le contrariaba muchísimo—, si usted lo desea, monsieur Poirot. ¿Ha terminado aquí?.
—Sí, pero espere un instante.
Había estado registrando las mantas y ahora se llevó una junto a la ventanilla y la examinó. Con gran cuidado, cogió algo con los dedos.
—¿Qué es? —preguntó monsieur Caux con viveza.
—Cuatro cabellos rojizos. —Se acercó al cadáver—. Sí, son de la cabeza de madame.
—¿Y qué?. ¿Cree usted que son importantes?.
Poirot dejó la manta sobre el asiento.
—¿Qué es importante y qué no lo es?. No se puede saber a estas alturas. Pero hemos de fijarnos en los menores detalles.
Volvieron al primer compartimiento y, a los pocos instantes, llegó el conductor para ser interrogado.
—Se llama usted Pierre Michel, ¿verdad? —preguntó el comisario.
—Sí, señor comisario.
—Le ruego que repita usted a este caballero lo que me ha contado respecto a lo ocurrido en la estación de París.
—Muy bien, señor comisario. Al poco rato de salir de la Gare de Lyon, entré a preparar las camas pensando que la señora estaría en el vagón restaurante, pero ella tenía una cesta con viandas en el compartimiento. Me dijo que se había visto obligada a dejar a su doncella en París y que, por lo tanto, sólo tenía que hacer una cama. Cogió la cesta y entró en el otro compartimiento y esperó allí mientras yo preparaba la cama. Después me dijo que no la despertase temprano porque le gustaba dormir hasta muy tarde.
—¿Entró usted en el compartimiento contiguo?.
—No, señor.
—¿Entonces no tuvo ocasión de ver si entre el equipaje había un neceser de tafilete rojo?.
—No, señor.
—¿Hubiera sido posible que un hombre estuviera escondido en el otro compartimiento?.
El conductor reflexionó.
—La puerta estaba entreabierta. Si un hombre hubiese estado escondido detrás de ella, yo no hubiese podido verlo, pero, desde luego, lo hubiese visto la señora cuando entrara allí.
—Bien —asintió Poirot—, ¿puede usted decirnos algo más?.
—Creo que eso es todo, monsieur. No recuerdo nada más.
—¿Y esta mañana? —preguntó Poirot.