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La Caída De Los Gigantes

Электронная книга - «La Caída De Los Gigantes». Краткое содержание книги:

La caída de los gigantes sumerge al lector en una historia cargada de épica. Ésta primera novela, que forma parte de una trilogía, sigue los destinos de cinco familias diferentes a lo largo y ancho del mundo. Desde América a Alemania, Rusia, Inglaterra y Gales, Follet sigue la evolución de sus personajes a través de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y las primeras luchas por los derechos de la mujer.
Como siempre, Follet pone un especial interés por su tierra natal, Gales, al comenzar con la historia de Billy Williams, un sencillo minero; en América encontramos a Gus Dewar, un estudiante de derecho con el corazón partido por un desengaño amoroso. En Rusia, dos hermanos huérfanos, Grigori y Lev se ven en medio de una revolución que trastoca sus vidas y acaba por separar sus caminos. Como nudo entre las historias encontramos a la hermana de Williams, quien trabaja en Inglaterra como ama de llaves de Lady Fitzherbert, enamorada de un espía alemán, Walter von Ulrich.
Poco a poco estos personajes irán encontrándose a medida que la inmensa maquinaria creada por Follet avance, tan deprisa y violenta como el principio del siglo XX en el que se ven inmersos.
En los siguientes volúmenes de la trilogía, Follet seguirá con las mismas familias, creando un gran texto generacional con el que escribir y retratar uno de los siglos más terribles y maravillosos de la historia de la humanidad.
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– Lo único que puedo decir es que desearía hacerla feliz a usted.

Ella lo miró con severidad.

– Tu primo Robert no llegó a casarse. A ninguno nos sorprende, en su caso. Confío en que no se trate de un problema de esa naturaleza…

Walter se sintió azorado por la alusión a la homosexualidad de Robert.

– ¡Oh, madre, por favor! Sé perfectamente a qué se refiere, y yo no soy como Robert en ese aspecto, de modo que tranquilícese.

Ella apartó la mirada.

– Siento haberlo mencionado. Pero ¿de qué se trata, entonces? ¡Tienes treinta años!

– No es fácil encontrar a la mujer adecuada.

– No exageres.

– Estoy buscando a alguien como usted.

– Y ahora me tomas el pelo… – le espetó, enojada.

Walter oyó una voz masculina fuera del salón. Instantes después, su padre, uniformado, entró frotándose las manos.

– Sigue nevando – dijo. Besó a su esposa y saludó con la cabeza a Walter -. ¿Ha ido bien la fiesta? Me ha sido imposible venir. Toda la tarde de reuniones…

– Ha sido fantástica – contestó Walter -. Madre ha hecho aparecer unos aperitivos deliciosos de la nada, y el Perrier-Jouët, soberbio.

– ¿De qué cosecha era?

– De 1899.

– Deberías haber sacado el de 1892.

– No queda mucho.

– Ah.

– He mantenido una conversación interesante con Gus Dewar.

– Lo recuerdo… El chico norteamericano cuyo padre es una figura muy cercana al presidente Wilson.

– Ahora el hijo lo es incluso más. Gus está trabajando en la Casa Blanca.

– ¿Y qué ha dicho?

La madre se puso en pie.

– Os dejo que habléis – dijo.

Los dos se levantaron.

– Por favor, piensa en lo que te he dicho, Walter, querido – le pidió mientras salía.

Momentos después, el mayordomo entró con una bandeja en la que llevaba una generosa copa de un coñac de color marrón dorado. Otto cogió la copa.

– ¿Te apetece una? – preguntó a Walter.

– No, gracias. He bebido mucho champán.

Otto se tomó el coñac y estiró las piernas hacia el hogar.

– Así que el joven Dewar ha venido… ¿con alguna clase de mensaje?

– Es absolutamente confidencial.

– Por supuesto.

Walter no conseguía sentir mucho afecto por su padre. Sus desavenencias eran demasiado viscerales, y la intransigencia de Otto era excesivamente férrea. Era un hombre estrecho de miras, anticuado y que no atendía a la razón, y persistía en estos defectos con una especie de alegre obstinación que a Walter le resultaba repulsiva. La consecuencia de su estupidez, y de la estupidez de su generación en todos los países europeos, era la matanza del Somme. Walter no podía perdonar eso.

Con todo, se dirigió a él con voz templada y actitud cordial. Quería que aquella conversación fuese lo más amistosa y razonable posible.

– El presidente de Estados Unidos no quiere verse arrastrado a la guerra – empezó a explicarle.

– Bien.

– De hecho, le gustaría que propusiéramos la paz.

– ¡Ja! – Fue un grito escarnecedor -. ¡La vía fácil para vencernos! ¡Qué cara dura tiene ese hombre!

Walter se sintió consternado con su inmediato desdén, pero insistió, escogiendo sus palabras con cuidado.

– Nuestros enemigos sostienen que fueron el militarismo y la agresividad alemanas lo que provocó esta guerra, pero obviamente no es así.

– Ciertamente, no – convino Otto -. Nos vimos amenazados por la movilización rusa en nuestra frontera oriental y la de Francia en la occidental. El Plan Schlieffen fue la única solución posible. – Como era habitual, Otto hablaba como si Walter aún tuviera doce años.

Walter replicó pacientemente:

– Exacto. Recuerdo que dijo que para nosotros era una guerra defensiva, una respuesta a una amenaza intolerable. Tuvimos que protegernos.

Si Otto se sorprendió al oír a Walter repitiendo los tópicos para justificar la guerra, no dio muestra de ello.

– Correcto – dijo.

– Y es lo que hemos hecho – añadió Walter, jugando su baza -. Ahora hemos logrado nuestros propósitos.

Su padre estaba perplejo.

– ¿A qué te refieres?

– Hemos zanjado la amenaza. El ejército ruso está destruido, y el régimen del zar se tambalea al borde del colapso. Hemos conquistado Bélgica, invadido Francia, y combatido a los franceses y a sus aliados británicos hasta quedar en este punto muerto. Hemos hecho lo que nos propusimos hacer. Hemos protegido Alemania.

– Un triunfo.

– Entonces, ¿qué más queremos?

– ¡La victoria absoluta!

Walter se inclinó hacia delante, mirando fijamente a su padre.

– ¿Por qué?

– ¡Nuestros enemigos deben pagar por sus agresiones! ¡Debe haber reparaciones, quizá ajustes de fronteras, concesiones coloniales!

– Esos no eran nuestros objetivos iniciales.

Otto no cedía ni un ápice de su postura.

– No, pero ahora que hemos invertido tanto esfuerzo y dinero, y las vidas de tantos alemanes jóvenes y brillantes, debemos recibir algo a cambio.

Era un argumento endeble, pero Walter sabía que no era conveniente intentar hacer cambiar de opinión a su padre. Aun así, había insistido en que los objetivos bélicos de Alemania se habían alcanzado. En ese momento decidió cambiar de tercio:

– ¿Está seguro de que la victoria absoluta es factible?

– ¡Sí!

– En febrero lanzamos un asalto a gran escala contra el bastión francés de Verdún. Fracasamos. Los rusos nos atacaron en el este, y los británicos invirtieron todos sus recursos en la ofensiva del río Somme. Ninguno de esos tremendos esfuerzos por parte de ambos bandos ha conseguido poner fin al punto muerto – dijo, y aguardó la respuesta.

A regañadientes, Otto contestó:

– De momento, no.

– De hecho, nuestro propio alto mando lo ha reconocido. Desde agosto, cuando Von Falkenhayn fue destituido y Ludendorff fue nombrado jefe del Estado Mayor, cambiamos de táctica, del ataque a la defensa en profundidad. ¿Cómo cree que la defensa en profundidad nos llevará a la victoria absoluta?

– ¡Guerra submarina sin restricciones! – contestó Otto -. Los aliados se mantienen gracias a los suministros procedentes de Estados Unidos, mientras que nuestros puertos están bloqueados por la Royal Navy. Tenemos que cortar ese cordón umbilical; entonces se rendirán.

Walter no había querido llegar a eso, pero ya que había comenzado tenía que seguir. Apretando las mandíbulas y, con la voz templada, dijo:

– Eso sin duda arrastraría a Estados Unidos a la guerra.

– ¿Sabes cuántos hombres componen el ejército de Estados Unidos? – replicó su padre.

– Solo unos cien mil, pero…

– Correcto. ¡Ni siquiera son capaces de pacificar México! No suponen una amenaza para nosotros.

Otto nunca había ido a Estados Unidos. Pocos hombres de su generación lo habían hecho. Sencillamente, no sabían de lo que hablaban.

– Estados Unidos es un país grande y rico – dijo Walter, que, pese a bullir de frustración, mantenía un tono coloquial para tratar de seguir fingiendo una discusión amistosa -. Puede aumentar sus tropas.

– Pero no de inmediato. Tardará al menos un año en hacerlo. Para entonces, los británicos y los franceses se habrán rendido.

Walter asintió.

– Ya hemos tenido esta discusión, padre – dijo con voz conciliadora -. Al igual que todos los expertos en estrategia militar. Ambos bandos tienen sus argumentos.

Difícilmente podía Otto negar eso, de modo que se limitó a emitir un gruñido reprobatorio.

– En cualquier caso, no está en mis manos decidir la respuesta de Alemania al acercamiento informal de Washington – afirmó Walter.

Otto captó la indirecta.

– Ni en las mías, por descontado.

– Wilson dice que si Alemania escribe formalmente a los aliados proponiendo conversaciones de paz, respaldará públicamente la propuesta. Supongo que es nuestro deber transmitir este mensaje a nuestro soberano.

– Por supuesto – convino Otto -. El káiser deberá decidir.

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