El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– ¿Qué…?
Chip vestía vaqueros, camiseta y botas de marcha, era de tez bronceada, tenía aspecto de estar en magnífica forma física y aparentaba menos edad de la que tenía. Todo el mundo en California está bronceado y en forma, excepto los tipos como yo, que están sólo de paso.
– Señor Wiggins -dijo Tom-, nos gustaría hablar unos minutos con usted.
– ¿A qué viene todo esto?
La amiga asomó la cabeza por la puerta y preguntó:
– ¿Qué ocurre, Chip?
Chip le explicó de dónde habían salido las gorras del FBI.
Al cabo de uno o dos minutos, Chip estaba sentado, la amiga se hallaba en el cuarto de la televisión acompañada por Edie y Chip permanecía relajado pero lleno de curiosidad. Por cierto, que la chica era un bombón, pero yo no me fijé.
– Señor Wiggins, esto guarda relación con la misión de bombardeo en que usted participó el 15 de abril de 1986 -empezó diciendo Tom.
– Oh, mierda.
– Nos hemos tomado la libertad de entrar en su casa sobre la base de la información de que un terrorista libio…
– Oh, mierda.
– …se encontraba en la zona y trataba de atacarlo.
– Oh, mierda.
– Tenemos controlada la situación pero me temo que vamos a pedirle que se abstenga durante algún tiempo de acudir a su trabajo y se tome unas vacaciones.
– ¿Qué…?
– Ese hombre está todavía en libertad.
– Mierda.
Tom puso a Chip parcialmente en antecedentes de la situación y añadió:
– Me temo que tenemos malas noticias para usted. Algunos de sus compañeros de escuadrilla han sido asesinados.
– ¡Qué!
– Asesinados por ese hombre, Asad Jalil.
Tom le dio una fotografía de Jalil y le indicó que la mirase y se la guardara.
Chip miró la fotografía, la dejó a un lado y preguntó:
– ¿Quién ha sido asesinado?
– El general Waycliff y su esposa… -dijo Tom.
– Oh. Dios mío… ¿Terry ha muerto? ¿Y Gail…?
– Sí, señor. Lo siento. También Paul Grey, William Satherwaite y James McCoy.
– Oh, Dios mío… oh, mierda… oh…
– Y, como tal vez sepa, el coronel Hambrecht fue asesinado en Inglaterra en enero.
Chip se dominó y empezó a comprender lo cerca que había estado de tropezarse con la Parca.
– Mierda… -Se puso en pie y miró a su alrededor, como si tratase de descubrir a un terrorista-. ¿Dónde está ese tipo?
– Estamos tratando de apresarlo -le aseguró Tom-. Podemos quedarnos aquí esta noche con usted o esperar a que recoja sus cosas y acompañarlo…
– Me largo de aquí.
– Muy bien.
Chip Wiggins se sumió durante unos momentos en una profunda reflexión, quizá la reflexión más profunda que había tenido en algún tiempo.
– ¿Sabe? -dijo-. Siempre supe… se lo dije a Bill aquel día, después de haber soltado las bombas y cuando nos volvíamos… le dije que aquellos bastardos no iban a dejar pasar la cosa así… oh, mierda… ¿Bill está muerto?
– Sí, señor.
– ¿Y Bob? ¿Bob Callum?
– Está bajo estrecha protección.
– ¿Por qué no va a visitarlo? -intervine.
– Sí… buena idea. ¿Está en la Academia de la Fuerza Aérea?
– Sí, señor -respondí-. Podemos custodiarlos a los dos allí. -Y así sale más barato.
Bueno, de nada servía quedarnos más tiempo, de modo que Kate y yo nos despedimos mientras Chip se iba a hacer la maleta. Parecía la clase de tipo que le prestaría a uno un par de calzoncillos, pero el hombre ya tenía bastante en qué pensar.
Kate y yo salimos al aire fragante del exterior y nos quedamos esperando a Chuck.
– Chip Wiggins es un hombre muy afortunado -observó Kate.
– Además de verdad. ¿Has visto qué tía?
– No sé por qué intento siquiera hablar contigo.
– Lo siento. -Reflexioné unos instantes y dije-: ¿Por qué necesita el rifle?
– ¿Quién? Oh, te refieres a Jalil.
– Sí, Jalil. ¿Por qué necesita el rifle?
– No sabemos si era un rifle.
– Supongamos que lo era. ¿Por qué necesita el rifle? No para matar a Chip en su casa.
– Eso es verdad. Pero quizá quería matarlo en algún otro sitio. En el bosque.
– No, a ese tipo le gusta el trato de cerca y personal. Sé que habla con sus víctimas antes de matarlas. ¿Por qué necesita el rifle? Para matar a alguien al que no puede acercarse. Alguien a quien no necesita hablar.
– Creo que tienes razón.
Llegó el coche y montamos, yo delante, Kate detrás, Chuck al volante.
– Ha habido suerte -dijo Chuck-. ¿Queréis un buen motel?
– Claro. Con espejos en el techo.
Alguien detrás de mí me dio un cachete en la cabeza.
Así que enfilamos en dirección a la costa, donde Chuck dijo que había varios buenos moteles con vistas al océano.
– ¿Hay en la zona un sitio donde conducir toda la noche en paños menores? -pregunté.
– ¿Qué?
– Ya sabes. Como California tiene esos sitios donde conducen toda la noche en paños menores, me preguntaba si…
– Cierra la boca, John -dijo Kate-. No le hagas caso, Chuck.
Mientras el coche avanzaba, Chuck y Kate conversaban sobre logística y planes de acción para el día siguiente.
Yo estaba pensando en el señor Asad Jalil y en nuestra conversación. Estaba tratando de introducirme en su perturbada mente, tratando de pensar qué haría a continuación si fuese él.
De lo único que estaba seguro era de que Asad Jalil no se iba a su país. Volveríamos a tener noticias de él. Y Pronto.
CAPÍTULO 49
Chuck hizo una llamada desde su teléfono móvil y nos reservó dos habitaciones en un sitio llamado Ventura Inn, junto a la playa. Utilizó el número de mi tarjeta de crédito, consiguió la tarifa reducida de funcionario y me aseguró que era un gasto reembolsable.
Luego le entregó una bolsita de papel a Kate y dijo:
– Te he comprado pasta de dientes y cepillo. Si necesitas alguna otra cosa, podemos parar.
– Estupendo.
– ¿Qué has comprado para mí? -pregunté.
Sacó de debajo del asiento otra bolsita y me la dio.
– Unos cuantos clavos para que los mastiques.
Ja, ja.
Abrí la bolsa y encontré pasta de dientes, cepillo, una navaja y un bote de viaje de crema de afeitar.
– Gracias.
– Paga el gobierno.
– Me abrumas.
– Vale.
Me lo guardé todo en los bolsillos de la chaqueta. A los diez minutos llegamos a un edificio de varios pisos en cuya marquesina un letrero lo anunciaba como hotel de Playa Ventura Inn. Chuck detuvo el coche ante la puerta de recepción.
– Nuestra oficina estará atendida toda la noche -dijo-, de modo que, si necesitáis algo, llamad.
– Si surge algo -respondí-, no dejes de llamarnos tú, o me enfadaré de veras.
– Tú eres nuestro hombre, John. Tom quedó impresionado por la forma en que indujiste a ese tipo a colaborar voluntariamente.
– Con un poco de sicología se llega muy lejos.
– A decir verdad, hay un montón de lotófagos por aquí. De vez en cuando es bueno ver un dinosaurio carnívoro.
– ¿Es un cumplido?
– Más o menos. Bien, ¿a qué hora queréis que os recoja por la mañana?
– A las siete y media -respondió Kate.
Chuck saludó con la mano y se alejó.
– ¿Estás loca? -dije a Kate-. Son las cuatro y media de la madrugada, hora de Nueva York.
– Son las diez y media de la mañana, hora de Nueva York.
– ¿Estás segura?
Me ignoró y entró en el vestíbulo del motel. La seguí.
Era un sitio agradable, y por la puerta que daba al salón se oía música de piano.
El recepcionista nos saludó cordialmente y nos informó de que tenía para nosotros unas lujosas habitaciones en el piso doce con vistas al océano. Nada demasiado bueno para los defensores de la civilización occidental.