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Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:

Este es otro de los libros traducidos al castellano del escritor sudafricano. En 1869 un novelista ruso exiliado vuelve a St. Petersburgo para recoger los efectos personales de su hijastro muerto. El novelista se ve envuelto en un mundo de sospechas revoluci?n y peligro cuando descubre que la polic?a zarista ha descubierto entre sus enseres ciertos papeles incriminatorios. En este libro de alto contenido psicol?gico, Coetzee recrea la mente de Feodor Dostoievski (autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov). El gran novelista est? obsesionado con descubrir si la muerte de su hijastro fue un asesinato o un suicidio, encontr?ndose sumergido en la subcultura violenta revolucionaria de la Rusia de 1869. Lo que Coetzee nos muestra es un retrato psicol?gico entremezclado con la trama t?pica de un Thriller.
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Mientras habla, mira a la niña de soslayo. Está agitada, y por un instante incluso llega a meterse el pulgar en la boca.

– Puedes imaginarte cómo se lo pasaron en Tver a cuenta de María y de su pretendiente fantasma. Pero ahora deja que te hable de Pavel. Cuando Pavel se enteró de lo que se contaba, fue directamente a encargar un traje blanco muy elegante. Y en cuanto lo tuvo hecho fue a visitar a los Lebyatkin, con su traje blanco y con un ramo de flores, creo que eran rosas. Y aunque el capitán Lebyatkin no se lo tomó al principio de buen grado, Pavel lo conquistó enseguida. A María la trató con mucha consideración, con gran cortesía, como un perfecto caballero, aunque todavía no había cumplido veinte años. Siguió visitándoles durante todo el verano, hasta que se marchó de Tver para volver a Petersburgo. Fue una lección para todo el mundo, una lección de auténtica caballerosidad. Fue una lección también para mí. Así era Pavel. Y esa es la historia del traje blanco.

– ¿Y María?

– ¿María? María aún vive en Tver, al menos por lo que yo sé.

– Pero ¿lo sabe?

– ¿Que si sabe lo que le ha ocurrido a Pavel? Lo más seguro es que no.

– ¿Por qué se quitó la vida?

– ¿Tú crees que se quitó la vida?

– Mamá dice que se quitó la vida.

– Nadie se quita la vida, Matryosha. Uno puede poner su vida en peligro, pero nadie puede matarse de veras. Es más probable que Pavel decidiera correr un riesgo para averiguar si Dios lo amaba lo suficiente y si estaba dispuesto a salvarle. Hizo a Dios una pregunta: ¿me salvarás? Y Dios le dio su respuesta: No. Dios dijo: muere.

– ¿Dios lo mató?

– Dios dijo que no lo iba a salvar. Dios podría haberle dicho que sí, que lo salvaría, pero prefirió decir que no.

– ¿Por qué? -susurra.

– Él le dijo a Dios, si me amas, sálvame. Si estás ahí, sálvame. Pero solo encontró el silencio. Y dijo después: se que estás ahí. Me juego la vida a que me salvarás. Y Dios siguió sin decir nada. El añadió por muy callado que estés, sé que me oyes. Voy a correr el riesgo ¡ahora! E hizo su apuesta. Y Dios no apareció. Dios no intervino.

– ¿Por qué? -susurra de nuevo.

Él le sonríe con su fea sonrisa, torcida y barbuda.

– Pues ¿quien sabe? A lo mejor a Dios no le gusta que le tienten. Quizá el principio de que Dios no ha de ser tentado es mas importante para el que la vida de uno de sus hijos. O quizá la razón sea sencillamente que Dios anda algo duro de oído. A estas alturas. Dios debe de ser viejísimo, por lo menos tan viejo como el mundo, o tal vez mas. A lo mejor es duro de oído, a lo mejor también le falla la vista, tomo a cualquier viejo

Ella se siente derrotada. No hay más preguntas. Ahora está preparada, piensa él. Y da unas palmadas sobre la cama.

Cabizbaja, se acerca a el. El la abarca con un solo brazo, la siente temblar. Le acaricia el pelo, las mejillas. Por último, ella cede al impulso y, apretándose contra el, cerrando los puños bajo el mentón, solloza sin contenerse.

– No lo entiendo- solloza ¿Por que tema que morir?

A el le gustaría decirle no ha muerto, está aquí, yo soy él. Pero no puede.

Piensa en la semilla que siguió viviendo un tiempo en el cuerpo después de que cesara la respiración, sin saber aún que nunca iba a encontrar salida.

– Se que tú lo quieres- murmura él con aspereza. El lo sabe también. Tienes un gran corazón.

¿Si esa semilla pudiera haber sido arrebatada al cuerpo, aunque nada mas fuera una, y si se le hubiese dado un hogar?

Piensa en una pequeña estatua de terracota que vio en el museo etnográfico de Berlín, era Shiva, el dios indio, tendido de espaldas, muerto, azulado, mientras sobre él cabalgaba la imagen de una diosa terrible, de múltiples brazos y de ancha boca, de ojos fijos, en éxtasis cabalgaba sobre el para extraerle de dentro la divina semilla.

No le cuesta imaginar el éxtasis de esta criatura. Su imaginación parece no tener límites.

Piensa en un bebé helado, muerto, enterrado en un ataúd de hierro, bajo un montón de tierra nevada, a la espera del invierno, a la espera de la primavera.

La violación no va más allá, la niña amparada por su brazo, los cinco dedos de su mano, blancos y entumecidos, la sostienen por el hombro. Pero igual podría estar tendida, desnuda, abierta de piernas. Una de esas niñas que se entregan porque su inclinación natural no es otra que ser buenas, someterse. Piensa en las niñas prostitutas que ha conocido aquí y en Alemania, piensa en los hombres que buscan a esas niñas, porque bajo el maquillaje llamativo y bajo las ropas provocativas encuentran algo que los ultraja, una especie de inviolabilidad, una virginidad intacta. Así prostituye a la Virgen, suele decir ese hombre al reconocer el sabor de la inocencia en el gesto con que la niña se cubre los pechos con ambas manos para que él la vea, o en el movimiento con que separa los muslos. En el reducido cuarto, con sus olores rancios, ella despide un débil y desesperado aroma de primavera, de flores, que el no puede soportar. Deliberadamente, con los dientes apretados, le hace daño, y le hace daño otra vez, y otra, mirándolo en todo momento a la cara, en busca de algo que vaya más allá de una simple mueca, de un mero gesto de dolor en busca de esa mirada repentina, atónita, del ser que comienza a entender que su vida corre peligro.

La visión, el acceso, el rictus de la imaginación por fin termina. La apacigua por última vez, retira el brazo, encuentra una manera de estar con ella parecida a la de antes.

– ¿No va a hacer una hornacina? -dice ella.

– No lo había pensado.

– Puede hacer una hornacina fácilmente, en esa esquina, con una vela. Luego, basta con poner su retrato. Si quiere, yo mantendré la vela encendida mientras usted no esté aquí.

– Una hornacina se hace para que permanezca por siempre, Matryosha. Y tu madre querrá alquilar el cuarto cuando yo me haya marchado.

– ¿Cuándo se va a marchar?

– Aún no estoy seguro -dice evadiéndose de la trampa que ella le tiende. El llanto por un ser querido, sobre todo por un niño, no termina nunca. ¿Es eso lo que quieres que diga? Pues lo digo. Es verdad.

Ya sea porque ella nota que ha cambiado de tono, o porque él le ha tocado la fibra más sensible, la niña se asusta notoriamente.

– Si tú murieses, tu madre te lloraría durante el resto de su vida. Y yo también- añade, sorprendiéndose enseguida por lo dicho.

¿Es verdad? No, aún no lo es, pero quizá esté a punto de serlo.

Entonces, ¿puedo encender una vela por él?

– Sí, claro que puedes.

– ¿Y puedo mantenerla encendida?

– Sí. Dime una cosa. ¿Por qué es tan importante la vela?

Incómoda, la niña se retuerce.

– Pues para que no esté a oscuras -dice por fin.

Es curioso, pero así es como algunas veces también lo ha imaginado él. Un barco en la mar, una noche tormentosa, un muchacho que cae al agua. Manotea entre las olas, se mantiene a flote como sea; el muchacho grita aterrorizado respira y grita, respira y grita después de que el barco que ha sido su hogar deje de serlo del todo.

A popa hay un farol en el que fija la vista, un ápice de luz en una desolación de agua y noche. Mientras alcance a ver esa luz, se dice, no estaré perdido.

– ¿Puedo encender la vela ahora? -pregunta ella-

– Como quieras Pero todavía no pondremos el retrato ahí. Todavía no.

Ella enciende una vela y la coloca bajo el espejo. Luego, con una confianza que a él le pilla totalmente desprevenido, vuelve a la cama y apoya la cabeza contra su brazo. Juntos contemplan la llama de la vela. Desde la calle llegan los ruidos de los niños que juegan abajo. Sus dedos se cierran sobre el hombro de la niña, la estrecha con fuerza hacia sí. Siente cómo se pliegan sus jóvenes huesos, uno sobre otro, tal como se pliega el ala de un ave.

8 Ivanov

Ingresa en el sueño tal como ingresa en el sueño cada noche, con la intención de hallar un camino que le lleve a Pavel. Solo que esta noche se despierta casi de inmediato, a lo que parece cuando oye una voz, una voz escueta hasta el punto de resultarle descarnada, que llama desde la calle ¡Isaev!, llama la voz una y otra vez, con paciencia.

El viento en los juncos, eso debe de ser, se dice, y vuelve a rodar agradecido por la pendiente del sueño. Es verano, sopla el viento en los juncos, el cielo está azul, moteado solamente por algunas nubes altas, y él va de paseo por la orilla del riachuelo, silbando, lleva un bastón en la mano con el que a veces acaricia perezosamente los juncos. El canto de unos pájaros tejedores. Se detiene, se queda quieto, a la escucha. También cesa el canto de las chicharras, solo se oye su respiración pausada y los juncos mecidos por el viento ¡Isaev!, llama el viento.

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