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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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– En eso te equivocas. Yo sé que algún día hablaré a los reyes…

Maleo observaba a su amigo, intentando discernir las razones de semejante seguridad, cuando apareció Cloe, con la mirada vacilante del que no sabe si la noticia que trae va a suscitar alegría o fastidio.

– Pattig está aquí -dijo.

Mani se levantó y dio un paso hacia la puerta; por el contrario, su anfitrión lo hizo de mala gana, preocupado aún, inquieto, pero cuando Pattig entró en la habitación, vestido todavía a la manera de los Túnicas Blancas, le tendió los brazos efusivamente. El viejo «hermano» no le concedió más que un abrazo apresurado; sólo tenía ojos para su hijo, al que, sin embargo, no se acercaba, contemplándole a distancia como a una aparición ardiente e incierta, un poco peligrosa.

– ¡Estaba convencido de que jamás volvería a verte! Cuando te fuiste, lloré, quise ayunar hasta la muerte. Y Sittai también lloró como si hubiera perdido a su verdadero hijo. Luego llegaron unos hermanos que te habían visto cruzar el puente de Seleucia y supuse que habías venido a casa de Maleo, ya que no conoces a nadie más en estas ciudades. Por lo tanto, te seguí. Todos los hermanos deseaban acompañarme en cortejo. Tu partida les ha apenado y conmovido. Si al menos pudiera llevarte de regreso a nuestro palmeral, toda la Comunidad exultaría. Nadie, ¿me oyes?, nadie pensaría en reprocharte nada, podrías hablar en voz alta, exponer tus ideas…

El rostro de Mani se iba endureciendo a cada palabra de su padre.

– Si has venido para decirme esto, más te habría valido quedarte con los Túnicas Blancas. Entérate de una vez por todas, no volveré jamás a tu palmeral, ya no pertenezco a esa religión.

– ¿Y yo, Mani? ¿Has pensado un instante en mí? Abandoné el mundo y sus placeres, abandoné a mi mujer para vivir en esa comunidad, creyendo encontrar allí pureza y fraternidad, y ahora resulta que mi propio hijo me dice que el sacrificio de toda mi vida ha sido inútil. Si te escucho, reniego de todo a lo que me había consagrado, y si permanezco unido a la Comunidad, pierdo al único ser que está emparentado conmigo. Sólo te tengo a ti en este mundo.

– Entonces quédate conmigo. Escucha mis palabras. Si responden a tus esperanzas, me seguirás en mi camino, como en el pasado seguiste a Sittai. Si no, volverás al palmeral.

Mani había hablado a su padre como a un extraño. O a un rival. Sentía las efusiones de Pattig como agresiones y toda alusión a su lazo de parentesco le parecía fuera de lugar. Maleo y Cloe observaban la escena con pudor, testigos azarados de un arreglo de cuentas entre dos destinos. El padre había sometido a su hijo y a todos los suyos a los caprichos de un piadoso extravío, y ahora sobrevenía el irreal desquite: de pronto, Pattig cayó de rodillas, como bajo el efecto de una exhortación divina,

– Me quedaré contigo, Mani, escucharé tus palabras esforzándome para que penetren en mi corazón. Impónme las manos, seré tu primer discípulo.

Mani no respondió. Con los ojos cerrados, vagaba en medio de sus recuerdos a la búsqueda de alguna señal, de algún presagio que hubiera podido anunciarle esta extraña escena que estaba viviendo. Jamás habría podido imaginar que las cosas sucederían así. Luego, abriendo lentamente los párpados, puso la palma de la mano derecha sobre la cabeza de su padre arrodillado. De este modo, reproducía sin saberlo, y de alguna manera borraba, el gesto con el que, antaño, Sittai había adquirido tanta influencia sobre Pattig en el jardín del templo de Nabu.

Los siguientes días, Maleo refunfuñaba, echaba pestes, se embrollaba e iba de un lado a otro por sus talleres, impotente para realizar cualquier trabajo útil. Ciertamente, Mani le había intrigado siempre, pero jamás le había parecido tan desconcertante, tan incomprensible. A veces, tenía gestos de maestro rodeado de sus discípulos y, al instante siguiente, gestos de niño; a veces, Maleo le admiraba, casi le veneraba y, al instante siguiente, sólo sentía deseos de protegerle como a un hermano menor.

Sobre todo, el tirio no cesaba de dar vueltas en la cabeza a los acontecimientos de la víspera: una curiosa Iglesia había visto la luz en su propia casa, nacida del vasallaje antinatural de un padre ante su hijo. ¿Qué papel le hacían representar a él, Maleo de Tiro, dedicado a comerciante, sectario arrepentido que había huido de Iglesias y de Comunidades?

En sus relaciones con su amigo, había un malentendido cuya amplitud y consecuencias no había valorado hasta entonces. Uno y otro habían abandonado con alivio el palmeral de los Túnicas Blancas, pero sus motivaciones eran muy diferentes. Él había sabido siempre con certeza lo que quería de la vida: la fortuna, la mujer amada, la vivienda confortable a la espera de construirse un palacio… ¿Y Mani? ¿Con qué soñaba al abandonar la secta? ¿Con una nueva religión? Seguramente había en él ese deseo de predicar, y ahora hacía frecuentes alusiones a una voz celeste… Pero entonces, cómo explicar que, la misma noche de la llegada de Pattig, Maleo hubiera oído de su boca esta frase desconcertante: «¡A veces me pregunto si no será el señor de las Tinieblas el que inspira las religiones, con el único fin de desfigurar la imagen de Dios!».

¿Eran éstas las palabras de un nombre de religión?

Dos

Fue durante esta primera estancia fuera del palmeral cuando el padre y el hijo hablaron de Mariam. Anteriormente, jamás la habían mencionado e incluso ese día Mani consiguió no pronunciar su nombre. Dijo simplemente:

– ¿Supiste alguna vez qué fue de ella?

Caminaban juntos por una tranquila alameda de Ctesifonte, ambos pensativos, desde hacía un rato. Amanecía y el sol no había lanzado aún su hoguera sobre la ciudad que se despertaba lentamente envuelta en la dulzura de una brisa fluvial. Pattig no vaciló, como si estuviera convenido que la sombra que flotaba entre ellos desde hacía un cuarto de siglo debiera unirse al fin a esa reunión tardía.

– Hace algunos años, volví a pasar por Mardino. Me mostraron su tumba en el jardín de nuestra antigua casa. Quisiera explicarte algunas cosas, Mani…

Pero el hijo se había inmovilizado tan bruscamente que su bastón se había clavado en el suelo. Con la palma levantada, muy cerca del rostro de Pattig, hizo ese gesto que este último empleaba antaño para someter a su esposa, un gesto que quería decir «ni una palabra más».

Pattig obedeció. Fuera de su casa, siempre había sabido obedecer. Y cuando Mani reanudó su marcha a grandes zancadas, le siguió en silencio a dos pasos de él.

En lo sucesivo, nunca se volvería a tocar ese tema, pero la herida seguía abierta y algunas torpes palabras la reavivarían a veces.

Entre Pattig y Mani iba a entablarse la más extraña relación que pueda concebirse entre un padre y su hijo. A lo largo de los años, nacería y crecería una amistad, un afecto real, profundo, que, sin embargo, no se debería a su lazo de sangre. Muy al contrario, se formaría a pesar de ese lazo y como para negarlo. Pattig sería hasta su muerte un discípulo inseparable de Mani, su más fiel compañero de viaje, su oyente más asiduo.

Asiduo, pero muy circunspecto durante los primeros tiempos. Cada vez que Maleo cruzaba el jardín donde su amigo solía pintar y enseñar, veía al padre sentado a distancia sobre el tronco de un árbol caído, aguzando el oído hacia el orador y constantemente absorto y como atormentado. El tirio iba a veces a sentarse a su lado, saludándole con un gesto rígido y una débil sonrisa y evitando pronunciar la menor palabra que pudiera distraerle. Él mismo se ponía a escuchar el discurso de Mani, a la vez que permanecía atento a las reacciones del auditorio entre el cual intentaba divisar algunos rostros familiares. A alguien que le estuviera observando le habría parecido tan atormentado como Pattig, aunque fuera por razones diferentes.

Los temores que abrigaba desde la llegada de su amigo iban a revelarse plenamente fundados, puesto que un día, cuando Mani estaba hablando con voz potente ante una multitud más numerosa que de ordinario, un ruido de pasos distrajo a Maleo, unos pasos fuertes que hacían crujir la hierba seca. Al volverse, sus ojos se cruzaron con los de un gzyr, un guardián del orden, que le llamó con un gesto.

– ¿Quién es aquel hombre?

– Un joven sacerdote del país de Babel. Su nombre es Mani.

– ¿De qué está hablando?

– De oración y de ayuno.

– ¿Qué religión profesa?

¡También Maleo habría querido saberlo! Pero juzgó prudente responder con una mueca:

– Creo que la del Nazareno.

El oficial inscribió la respuesta en el registro de su cabeza.

– ¿Y tú quién eres? Te he visto ya por este barrio.

– Mi nombre es Maleo. Soy negociante, originario de Tiro. Pasaba…

Irritado por el murmullo que se estaba produciendo tras él, Pattig se volvió con mano amenazadora, dispuesto a imponer silencio a los perturbadores; pero la mano cayó cuando el hombre divisó al gzyr de uniforme, que le ordenó acercarse.

– ¿Le conoces? -preguntó el oficial señalando a Mani.

– ¡Es mi hijo!

– ¿Cuál es tu nombre?

– Pattig.

– Si no me equivoco, es un nombre parto.

– Si, soy parto, originario de Ecbatana.

– ¿Y cómo es que tu hijo y tú habláis tan bien el arameo?

– Vine muy joven al país de Babel y mi hijo nació por aquí, en el pueblo de Mardino.

– ¿A qué clan perteneces?

– A los Haskaniya -dijo Pattig, recobrando de pronto un orgullo de ordinario enterrado.

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