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Электронная книга - «Glosa». Краткое содержание книги:

¿Qué fue lo que realmente sucedió esa noche en la fiesta donde se festejó al poeta Jorge Washington Noriega? En una caminata por el centro de la ciudad, Ángel Leto y el Matemático reconstruyen esa fiesta en la que no estuvieron pero que conocen bien: circulan distintas versiones, todas enigmáticas y un poco delirantes, que son revisadas y vueltas a contar y discutidas o rectificadas.
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– ¿Eh? -dice el Matemático, inclinándose un poco hacia la vereda de enfrente para oír mejor, y cuando Tomatis vuelve a dirigirse a él, alzando un poco más la voz, el ruido de una motoneta que acelera entre las dos filas de autos tapa otra vez sus palabras. El Matemático hace muecas exageradas, tratando de escuchar, sacude varias veces la cabeza sin dejar de reírse, para mostrar su contrariedad, y después, haciendo un ademán repetido con el que le indica a Tomatis que no se precipite, baja a la calle y, sorteando con rapidez, y a los saltitos, los autos que pasan lentos, empieza a cruzar. Más prudente, Leto, del que el Matemático parece haberse olvidado por completo, se resigna a seguirlo, pensando, mientras llega junto a ellos, en la vereda de enfrente, con un par de metros de retraso, maravillado por el contraste que presentan, en su aspecto exterior, Tomatis y el Matemático: "Por el modo de vestirse, cada uno hace de su cuerpo una ficción".

Ahí están, en efecto, abrazándose, en la vereda, dándose palmadas en los hombros, en la espalda, en los brazos: el Matemático, todo vestido de blanco, incluso los, etc., etc., ¿no?, como decía, y Tomatis, el pelo oscuro y revuelto, la barba de tres días, la camisa y el pantalón que hubiese debido cambiarse esta mañana, después de afeitarse y darse una buena ducha tibia, si la amenaza, ocupando el lugar del Todo -que podría ser otro nombre, ¿no?- no le hubiese arrebatado a cada uno de sus actos, incluso los más banales, necesidad, gusto y sentido: "Si de todos modos voy a… y el universo entero tarde o temprano también va a… para qué diablos darse una ducha y cambiarse el pantalón", piensa, con estremecimientos minúsculos y depresivos, más que con imágenes claras o palabras, abandonándose, entre uñas negras y pies mal lavados, a una descomposición anticipada. Separándose del Matemático, Tomatis le lanza a Leto una mirada severa y chistosa al mismo tiempo.

– Te veo hasta en la sopa -dice. Y después, al Matemático, volviéndose a reír y aludiendo a los gritos de hace unos instantes-: No, yo decía si ese bronceado viene de la Costa Azul.

– En parte -responde, modesto, el Matemático.

– ¿Y? -dice Tomatis-. ¿Dónde la tienen las europeas?

– Una en cada axila -dice el Matemático.

– ¡No digas!

– Palabra -dice el Matemático-. Que te caigas muerto ahora mismo.

– ¡Guá, Matemático! -dice Tomatis, con admiración distraída. Algún pensamiento extraño lo atraviesa, porque se queda en silencio unos segundos, mirando con atención sombría y rápida la brasa de su cigarrillo, y después se vuelve hacia Leto-: ¿Cómo va la cosa?

– La cosa bien. Yo más o menos -dice Leto.

Tomatis se echa a reír.

– Qué humor tan fino -dice. Y al Matemático-: ¿Hay humor así de fino en Europa?

– Hay, hay -contesta el Matemático, ratificando su afirmación con un movimiento solemne de la cabeza.

– Entonces respiro -dice Tomatis.

Y así, en fin, más o menos. Leto y el Matemático han, como se dice, registrado el cambio brusco en su actitud, cada uno por su lado, y los dos están convencidos en su fuero interior de ser el único que se da cuenta, a diferencia de Tomatis que, desde luego, no parece enterado y sigue actuando de modo tal que los otros perciben, a través de su euforia dicharachera, la confusión turbia y el agobio, apelmazados en el revés de sus risas hábiles y de sus sentencias ingeniosas. La diferencia entre la expresión ausente y ansiosa que han sorprendido desde la vereda de enfrente y la jovialidad actual, tan repentina y mecánica, produce en Leto y en el Matemático cierta incomodidad, como si en el disimulo repentino de Tomatis hubiese algo obsceno y vergonzante, mientras Tomatis, ajeno a esas impresiones y persistiendo en su retórica mundana, alza hacia el Matemático la cara oscurecida por la barba: no, fuera de broma, ¿cómo le ha ido por Europa? El Matemático vacila. Un sentimiento de pena y de irritación lo traba unos segundos ante la jovialidad compulsiva de Tomatis -desearía, no es cierto, que Tomatis, al tanto de que los otros lo han sorprendido en medio de una perturbación íntima, mostrase menos duplicidad o mayor lucidez adecuando su comportamiento a su estado de ánimo verdadero, pero al mismo tiempo se dice, el Matemático, ¿no?, que se trata tal vez de un orgullo semejante al que lo induce a él mismo a ocultarle al mundo, con precauciones minuciosas, los signos del Episodio, y Leto, que sin que el Matemático lo sospeche, está experimentando los mismos sentimientos, llega casi al mismo tiempo que él a la misma conclusión: "Tanta alegría de vernos muestra más desconfianza que amor"; todo esto, desde luego, sin palabras ni imágenes precisas y, desde luego, más o menos.

Después de esa vacilación que Tomatis, obcecado, no percibe, y que Leto atribuye, no sin cierta razón, al cansancio anticipado del Matemático que ya ha debido salmodiarla muchas veces, el Matemático empieza a proferir, monocorde, su lista de ciudades: Aviñón, un calor matador; Barcelona, la quintaesencia del alma rosarina; Copenhague, parecieran más orgullosos de An-dersen que de Kierkegaard; Nápoles, el mismo ambiente que en el Mercado de Abasto; Bruselas, por el Censo de Belén; Fribourg, el Herr Professor debía estar de vacaciones; Roma, se la imaginaba de otra manera; Nantes, el término medio meteorológico. Como Tomatis parece no escucharlo, ocupado, con seriedad, en darle la última chupada al cigarrillo y tirarlo después a la vereda, el Matemático se interrumpe, pero una mirada impaciente y un poco sorprendida de Tomatis lo incita a proseguir: Rennes, a las siete de la tarde, las calles se vacían; Atenas, Pergamino más el Partenón; Lisboa, les parecía que podía verse Entre Ríos desde la plaza del Comercio; Varsovia, no dejaron nada; Oxford, una manga de snobs. Fugaces, sucesivas, pulidas y simplificadas por la memoria caprichosa, las imágenes que las palabras del Matemático van sacando al exterior, al aire soleado de la mañana, parecen rebotar contra la expresión deshecha, oscurecida por la barba, de Tomatis -Tomatis, ¿no?, pálido y barbudo, con el pelo revuelto, la camisa arrugada y el pantalón lleno de manchas que, entre Leto y el Matemático, no sólo por su posición en la vereda sino también por su estatura e incluso por su edad, ha adoptado, sin mirar a ninguna parte aunque con la cabeza ligeramente alzada hacia el Matemático, tal actitud de inmovilidad que el sacudimiento rápido y un poco nervioso de sus párpados para defenderse de la luz parece una facultad autónoma, un poco extraña y sin relación con el resto del cuerpo; Tomatis, decía, ¿no?, asido, por decir así, desde el despertar, por la amenaza, lo sin nombre, que lo tendrá el día entero, la semana entera quizás, en una zona ensombrecida; y mientras oye hablar al Matemático piensa: "si voy a… y el universo entero también va a… tarde o temprano va a… va a…", en tanto que el Matemático, sin dejar de vigilar la expresión ruinosa de Tomatis ni de recitar, con aplicación, sus impresiones europeas, está pensando: "Ahora, por lo menos, no simula escuchar". Y Leto: "Por su versión de los hechos, más larga y más irónica, se nota que lo estima más que a mí".

En fin, todo eso, más o menos, ¿no? -y después de todo, qué más da. Han visitado, concluye el Matemático, varios centros científicos importantes. ¿Científicos?, lo interrumpe Tomatis, sacudiendo con violencia rencorosa la cabeza y clavando la mirada en los ojos límpidos y ahora contentos del Matemático, a quien la rabia súbita de Tomatis, más genuina que su volubilidad bonachona, parece producirle una gran satisfacción. ¿Científicos?, repite casi gritando Tomatis. Y después, de esta manera: mercachifles a sueldo de la policía más bien, que pretenden conocer lo que ellos llaman realidad porque creen saber que lo que han decidido sin consultar a nadie que son plantas necesitan efectuar algo a lo que le han puesto el nombre arbitrario de fotosíntesis para lo que ellos dicen que es crecer.

– En cierto sentido, no estoy en desacuerdo -dice, imperturbable, el Matemático, sin ignorar que, de algún modo, sus estudios de ingeniería y tal vez su persona entera están incluidos en la caracterización de Tomatis. Y metiendo la mano en el bolsillo y sacando una hoja doblada en cuatro, agrega-: Ya que estamos, ¿te sería incómodo alcanzarle a tu colega correspondiente el comunicado de la Asociación? Gracias.

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