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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Capitán, decidió usted no dejarme en Brigit. Ha preferido llevar a un civil a un posible combate. ¿Puedo preguntarle por qué?

—Desde luego, señor Bury. Supuse que le sería más incómodo quedar aislado en una bola de hielo sin ningún medio de transporte garantizado. Quizás me equivoqué.

Bury sonrió… o al menos intentó hacerlo. Todos los hombres de a bordo parecían tener doble edad de la que tenían, con cuatro gravedades pesando sobre la piel de sus rostros. Bury sonrió como si levantara un peso.

—No, capitán, no se equivocó usted. Vi sus órdenes en la sala de oficiales. Sí. Vamos al encuentro de una nave espacial no humana.

—Eso es lo que parece, desde luego.

—Quizás tengan cosas que intercambiar. Sobre todo si vienen de un mundo no terrestre. Ojalá. Capitán, ¿me mantendrá informado de lo que suceda?

—Probablemente no tenga tiempo —dijo Blaine, eligiendo la más cortés de las diversas respuestas que se le ocurrieron.

—Claro, por supuesto. No quería decir personalmente. Sólo quiero tener acceso a las informaciones sobre nuestro avance. A mi edad no me atrevo a moverme de esta bañera de goma mientras dure nuestro viaje. ¿Cuánto tiempo seguiremos a cuatro gravedades?

—Ciento veinticinco horas. Ciento veinticuatro ya.

—Gracias, capitán. —Bury se desvaneció de la pantalla.

Rod se frotó la nariz pensativo. ¿Conocía Bury su situación a bordo de la MacArthur? En realidad daba igual. Pasó al camarote de Sally.

Ésta parecía como si no hubiese dormido en una semana o no hubiese sonreído en años.

—Hola, Sally —dijo Blaine—. ¿Lamenta haber venido?

—Ya le dije que puedo soportar todo lo que pueda soportar usted —dijo sosegadamente Sally.

Se apoyó en los brazos de su asiento y se levantó. Extendió luego los brazos para demostrar su capacidad de movimiento.

—Tenga cuidado —dijo Blaine intentando mantener la voz serena—. No haga movimientos bruscos. Mantenga las rodillas derechas. Puede partirse la espalda sólo sentándose. Ahora permanezca erguida, pero extienda las manos hacia atrás. Apóyese en los brazos del asiento antes de intentar doblarse por la cintura…

Ella no creyó que fuese tan peligroso hasta que empezó a sentarse. Entonces sintió un nudo en los músculos de los brazos, brilló en sus ojos el pánico y se sentó con excesiva brusquedad, como si la gravedad de la MacArthur la hubiese chupado.

¿Se ha hecho daño?

—No —contestó ella—. Sólo se ha dañado mi orgullo.

Entonces no se mueva de esa silla. ¡Maldita sea! ¿Acaso me ha visto a mí ponerme de pie? No, ¿verdad? ¡Y no me verá!

—Está bien. —Sally giró la cabeza a un lado y a otro. Evidentemente se sentía mareada por el esfuerzo.

—¿Ha mandado marchar a sus criados?

—Sí. Tuve que engañarles… no habrían querido irse sin mi equipaje —rió, y era una risa de vieja—. Lo que llevo puesto es todo lo que poseo hasta que lleguemos a Nueva Caledonia.

—¿Dice que los engañó? Supongo que como me engañó a mí. Debí hacer que Kelley la desembarcara. —La voz de Rod era áspera. Sabía que parecería el doble de viejo, un inválido en una silla de ruedas—. En fin —añadió—, está usted a bordo. Ahora no puedo echarla.

—Piense que puedo ayudarle. Soy antropóloga —pestañeó ante la idea de intentar levantarse otra vez—. ¿Puedo comunicarme con usted a través del intercom?

—Le responderá el guardiamarina que esté de guardia. Si necesita usted hablar realmente conmigo dígaselo a él. Pero, Sally… éste es un navío de guerra. Esos alienígenas quizás no sean amistosos. ¡Recuerde, por amor de Dios, que mis oficiales de guardia no tienen tiempo para una discusión científica en mitad de un combate!

—Lo sé. Podría atribuirme por lo menos un poco de sentido común —intentó reír—. Aunque me dedique a ponerme de pie imprudentemente con cuatro gravedades.

—De acuerdo. Ahora hágame otro favor. Métase en su baño de gravedad.

—¿He de quitarme la ropa para eso?

Blaine no pudo ruborizarse; no afluía suficiente sangre a su cabeza.

—Es una buena idea, sobre todo si tiene hebillas. Apague el sistema visual del comunicador.

—De acuerdo.

—Y tenga cuidado. Puedo enviarle a algún tripulante casado para que le ayude a…

—No, gracias.

—Entonces espere. Tendremos unos cuantos minutos de gravedad más baja a intervalos. ¡No se levante de esa silla sola con esta gravedad!

No se sentía ni mucho menos tentada a hacerlo. Con una experiencia le bastaba.

—La Lermontov llama de nuevo —dijo Whitbread.

—Olvídelo. No conteste.

—De acuerdo, señor. No contestaremos.

Rod suponía lo que deseaban los de la otra nave. La Lermontov quería abordar primero al intruso… pero cuando la nave hermana de la MacArthur pudiese aproximarse a los alienígenas el sol estaría ya demasiado cerca. Era mejor interceptarla donde hubiese más espacio para maniobrar.

Al menos eso era lo que Rod decía. Podía confiar en Whitbread y en la gente de comunicaciones; las señales de la Lermontov no se reseñarían.

Tres días y medio. Dos minutos de una gravedad y media cada cuatro horas para cambiar la guardia, coger objetos olvidados, cambiar de posiciones; luego sonaban las señales y volvía el peso excesivo.

Al principio la proa de la MacArthur había tomado un ángulo de sesenta grados respecto a Cal. Tenían que ajustarse al rumbo de los intrusos. Logrado esto, la MacArthur giró de nuevo. Su proa enfiló hacia la estrella más brillante de los cielos.

Cal empezó a crecer. Cambió también de color, pero levemente. Nadie advertiría aquel tono azul a simple vista. Lo que los hombres veían en las pantallas era que la estrella más brillante se había convertido en un disco y crecía de hora en hora.

No aumentaba su brillo porque las pantallas lo mantenían constante; pero el pequeño disco solar iba haciéndose amenazadoramente grande, y quedaba situado directamente enfrente. Tras ellos había otro disco del mismo color, el blanco de una estrella F8. También ella crecía de hora en hora. La MacArthur estaba emparedada entre dos estrellas enfrentadas.

Al segundo día Staley llegó con un nuevo brigadier al puente, ambos en sillas de aceleración móviles. Salvo por una breve entrevista en Brigit, Rod no conocía al brigadier: Gavin Potter, un muchacho de dieciséis años de Nueva Escocia. Potter era alto para su edad. Parecía encogerse, como si temiese que fijaran la atención en él.

Blaine pensó que Potter estaba simplemente mirando la nave; una buena idea, pues si los intrusos resultaban ser hostiles, el muchacho tendría que moverse por la MacArthur y debía conocerla bien… posiblemente tuviese que hacerlo en la oscuridad y con gravedad variable.

Evidentemente Staley se proponía algo. Blaine lo comprendió al advertir que intentaba llamar su atención.

—¿Sí, señor Staley?

—Éste es el brigadier Gavin Potter, señor —dijo Staley—. Me ha dicho algo que creo que le gustaría a usted oír.

—Muy bien, adelante. —En alta gravedad se agradecía cualquier distracción.

—Había una iglesia en nuestra calle, señor. En un pueblo agrícola de Nueva Escocia. —La voz de Potter era suave y apagada, y hablaba cuidadosamente, intentando borrar el acento.

—Una iglesia —dijo Blaine animándose—. No una iglesia ortodoxa, supongo…

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