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Isla Misterio

Электронная книга - «Isla Misterio». Краткое содержание книги:

Herido en acto de servicio, John Corey, detective de la brigada de homicidios de la policía de Nueva York, se recupera en un pueblecito de Long Island habitado por agricultores, pescadores y, por lo menos, un asesino. Tom y Judy Gordon, una joven y atractiva pareja de biólogos conocidos de Corey, han sido hallados en su jardín con sendas balas en la cabeza. Los primeros indicios apuntan a un robo frustrado, pero el rumor de guerra bacteriológica que salpica al centro de investigación de patologías animales de Long Island hace que circule el rumor de que los Gordon se habían apoderado de una sustancia muy peligrosa. El asesinato del matrimonio se convierte en un crimen de repercusiones mundiales y Corey acaba tomando cartas en el asunto. Sus investigaciones nos conducen por tradiciones, leyendas y secretos ancestrales del norte de Long Island, a la vez que el astuto detective se ve envuelto en una trama mucho más compleja de lo que esperaba. Isla Misterio, con un ritmo trepidante y salpicada de ingeniosas pinceladas cómicas, constituye sin duda la novela más lograda de Nelson DeMille.
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– Corta el rollo.

– En serio, Beth, aquí tengo unas copias del ordenador con dos años de datos financieros, podríamos examinarlos esta noche.

– ¿Quién te ha autorizado a cogerlos?

– Tú, ¿no es cierto?

Asintió después de titubear.

– Quiero que estén en mis manos mañana por la mañana -dijo.

– De acuerdo. Tendré que trabajar toda la noche. Ayúdame.

– Dame tu dirección y número de teléfono -respondió después de reflexionar unos instantes.

Busqué un papel y un lápiz en mis bolsillos, pero ella tenía ya su pequeño cuaderno en la mano.

– Adelante.

Le di los datos y las indicaciones para llegar.

– Te llamaré antes si decido ir.

– De acuerdo.

Me senté en el banco y ella en el extremo opuesto, con las hojas impresas del ordenador entre ambos. Guardamos silencio, supongo que para reorganizar mentalmente nuestras ideas.

– Espero que seas mucho más listo de lo que aparentas -dijo finalmente Beth.

– Permíteme que lo diga de este modo: lo más inteligente que ha hecho el jefe Max en su vida ha sido llamarme para este caso.

– Y modesto.

– No tengo por qué serlo; soy uno de los mejores. En realidad, la CBS está preparando una serie titulada Expediente Corey.

– No me digas.

– Puedo conseguirte un papel.

– Gracias. Si puedo devolverte el favor, estoy segura de que me lo dirás.

– Me daría por satisfecho con verte en «Expediente Corey».

– Estoy segura. Por cierto… ¿Puedo llamarte John?

– Te lo ruego.

– John, ¿qué ocurre aquí? Me refiero a este caso. Sabes algo que te callas.

– ¿Cuál es tu estado actual?

– ¿Cómo dices?

– ¿Comprometida, divorciada, separada, con pareja?

– Divorciada. ¿Qué sabes o sospechas de este caso que no hayas mencionado?

– ¿No tienes novio?

– No tengo novio ni hijos. Once admiradores, cinco están casados, tres son unos controladores obsesivos, dos posibilidades y un imbécil.

– ¿Te hago preguntas demasiado personales?

– Sí.

– Si tuviera un compañero masculino y le hiciese estas preguntas, sería perfectamente normal.

– Bueno… pero no somos compañeros.

– Quieres llevar siempre las de ganar, típico.

– Bien… cuéntame algo acerca de ti, rápido.

– De acuerdo. Divorciado, sin hijos, docenas de admiradoras pero ninguna especial -agregué-. Ninguna enfermedad venérea.

– Ni partes venéreas.

– Exactamente.

– De acuerdo, John, ¿qué me dices de este caso?

– Bien, Beth -respondí después de acomodarme en el banco-, lo que ocurre con este caso es que lo evidente conduce a lo improbable y todo el mundo intenta encajar lo improbable en lo evidente. Pero no es así como funciona, compañera.

– Sugieres que puede no tener nada que ver con lo que nosotros creemos -dijo ella después de asentir.

– Estoy empezando a pensar que aquí ocurre otra cosa.

– ¿Por qué lo crees?

– Bien… ciertas pruebas parecen no encajar.

– Puede que lo hagan dentro de unos días, cuando hayan llegado todos los informes del laboratorio y se haya interrogado a lodo el mundo. Ni siquiera hemos hablado aún con el personal de Plum Island.

– Vamos al embarcadero -dije después de levantarme.

Se puso los zapatos y nos dirigimos hacia allí.

– A unos centenares de metros de aquí, Albert Einstein se enfrentó a la cuestión moral de la bomba atómica y decidió seguir adelante. Los buenos no tuvieron ninguna alternativa porque los malos ya habían decidido seguir adelante, sin tener que debatir ninguna cuestión moral. Yo conocía a los Gordon -agregué.

– Me estás diciendo que no crees que fueran capaces, moralmente capaces, de vender microorganismos letales -añadió después de reflexionar unos instantes.

– No, no lo creo. Como los científicos atómicos, respetaban el poder del genio de la botella. No sé exactamente lo que hacían en Plum Island, y con toda probabilidad nunca lo sabremos, pero creo que los conocía lo suficiente para afirmar que ellos no venderían al genio de la botella.

No dijo nada.

– Recuerdo que en una ocasión Tom me contó que Judy estaba afligida porque una ternera con la que se había encariñado había sido deliberadamente infectada con algo y se estaba muriendo. No estamos hablando del tipo de personas que querrían ver a niños muriéndose de peste. Cuando hables con sus colegas de Plum Island lo descubrirás por ti misma.

– A veces la gente tiene otra faceta oculta.

– Nunca advertí el menor indicio en la personalidad de los Gordon que sugiriera la posibilidad de traficar con enfermedades mortales.

– A veces la gente racionaliza su conducta. ¿Qué me dices de los norteamericanos que facilitaron secretos atómicos a los rusos? Dijeron que lo habían hecho por convicción, para que no lodo el poder estuviera del mismo lado.

Volví la cabeza y comprobé que me miraba mientras andábamos. Me encantó descubrir que Beth Penrose era capaz de pensamientos más profundos y sabía que para ella era un alivio comprobar que yo no era el imbécil que suponía.

– En cuanto a los científicos atómicos -repuse-, era otra época y otros secretos. Aunque sólo fuera por eso, ¿qué podría impulsar a los Gordon a vender bacterias y virus que acabarían con su propia vida, y la de sus familias en Indiana o donde fuera, y que arrasarían todo lo demás?

Beth Penrose reflexionó unos instantes y respondió.

– Puede que les pagaran diez millones, que el dinero esté en Suiza, que tuviesen un castillo en una montaña abarrotado de champán y comida enlatada y que hubieran invitado a sus amigos y parientes a vivir con ellos. No lo sé, John. ¿Por qué comete locuras la gente? Racionalizan, se convencen a sí mismos, están enojados con algo o con alguien. Diez millones de dólares, veinte millones, doscientos dólares: todo el mundo tiene un precio.

Llegamos al embarcadero, donde había un policía uniformado de Southold sentado en una silla de jardín.

– Tómese un descanso -dijo la detective Penrose.

El agente se levantó y se dirigió a la casa.

Las olas acariciaban el casco del barco de los Gordon, que con su bamboleo golpeaba las defensas de goma de los pilotes. La marea estaba baja y me di cuenta de que la lancha estaba ahora amarrada a unas poleas, que permitían extender los cabos. La cubierta había descendido un metro y medio por debajo del embarcadero y me percaté de que en el casco estaba escrito Fórmula 303, que, según Tom, significaba que medía más de nueve metros de eslora.

– Entre los libros de los Gordon he encontrado un atlas marítimo, un libro de cartas de navegación, con un número de ocho dígitos escrito a lápiz en una de sus páginas -dije-. Le he pedido a Sally Hines que lo examine meticulosamente en busca de huellas y te presente un informe. Deberías coger ese libro y guardarlo en lugar seguro. Conviene que lo veamos juntos. Puede que tenga otras marcas.

– Dime, ¿de qué crees que va todo esto? -preguntó después de mirarme fijamente unos segundos.

– Bueno… si rebajamos la consideración moral un cincuenta por ciento, pasamos de vender virus a vender drogas.

– ¿Drogas?

– Sí. Moralmente ambiguas para algunas mentes, pero mucho dinero para todas. ¿Qué opinión te merece?

Contempló la potente lancha y agitó la cabeza.

– Puede que nos hayamos dejado llevar por el pánico respecto al vínculo con Plum Island -respondió.

– Es posible.

– Deberíamos comentárselo a Max y los demás.

– No.

– ¿Por qué no?

– Porque no es más que una especulación. Deja que sigan con su teoría de la plaga. Si es cierta, mejor que esté cubierta.

– De acuerdo, pero ésa no es razón suficiente para no confiar en Max y los demás.

– Confía en mí.

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