La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Sus oyentes se quedaron en silencio hasta que Griffoni exclamó:
– ¡Por todos los santos! Por si no teníamos ya bastantes problemas con nuestra propia basura, ¿nos van a traer ahora la de otros países?
Los hombres se quedaron atónitos ante este exabrupto. Normalmente, Griffoni hablaba de la conducta criminal con ecuanimidad. El silencio se prolongó hasta que ella dijo, con una voz totalmente distinta:
– El año pasado, dos primas mías murieron de cáncer. Una tenía tres años menos que yo. Grazia vivía a menos de un kilómetro de la incineradora de Tarento.
– Lo lamento -dijo Brunetti con voz mesurada.
Ella alzó una mano y dijo:
– Yo trabajaba en eso antes de venir a Venecia. No puedes trabajar en Nápoles sin saber lo que pasa con la basura. Se amontona en las calles o tenemos que buscar vertederos ilegales: en el campo de los alrededores de Nápoles ves basura por todas partes.
Dirigiéndose a ella, Vianello dijo:
– He leído cosas sobre Tarento. He visto fotos de los corderos en el campo.
– Parece que también los corderos mueren de cáncer -dijo Griffoni con su voz habitual. Brunetti la vio menear la cabeza y mirarle-. ¿Hemos de ocuparnos de esto o es competencia de los carabinieri?
– Oficialmente, es cosa de ellos -respondió Brunetti-. Pero, si se busca a ese hombre, entramos nosotros.
– ¿Tiene que autorizarlo el vicequestore? -preguntó Griffoni con voz neutra.
Antes de que Brunetti pudiera contestar, entró en el despacho la signorina Elettra. Saludó a Brunetti, sonrió a Vianello e inclinó la cabeza en dirección a Griffoni. Brunetti recordó entonces a uno de los personajes de Dickens que Paola solía mencionar, el cual analizaba las situaciones según de dónde soplara el viento. Del Norte, supuso Brunetti.
– He hablado con uno de los médicos del barrio, comisario -dijo la joven con exagerada formalidad-. Pero no recuerda a nadie. Me ha dicho que preguntará a su compañero cuando llegue -era una suerte, pensó Brunetti, que siguieran llamándose de usted al cabo de los años: era el tratamiento más apropiado para esta glacial conversación.
– Gracias, signorina. Le agradeceré que, cuando él le diga algo, me lo comunique -dijo Brunetti.
Ella miró, uno a uno, a los tres y respondió:
– Por supuesto, comisario. Confío en que nada se me haya pasado por alto -lanzó una rápida mirada a la comisaria Griffoni, como desafiándola a contemplar tal posibilidad.
– Gracias, signorina -dijo Brunetti. Sonrió y miró su nuevo calendario de sobremesa mientras esperaba, y luego oyó el sonido de los pasos de ella que se alejaban y el de la puerta que se cerraba.
Tardó en levantar la mirada lo suficiente como para evitar toda complicidad en el gesto que intercambiaron Griffoni y Vianello. La comisaria se levantó diciendo:
– Me parece que volveré al aeropuerto -antes de que alguno de ellos pudiera preguntar, aclaró-: El caso, no el sitio.
– ¿El personal de equipajes? -preguntó, con un suspiro de cansancio, Brunetti, que se había encargado de las investigaciones anteriores.
– Interrogar al personal de asistencia es como escuchar los Grandes Éxitos de Elvis: los has oído todos mil veces, en distintas versiones, y preferirías no volver a oírlos -dijo ella con gesto de resignación. Fue hasta la puerta, desde donde los miró y terminó-: Pero sabes que no podrás evitarlo.
Cuando ella se fue, Brunetti descubrió que aquel día, pasado escuchando a gente que le contaba cosas y trabajando poco en realidad, lo había fatigado. Dijo a Vianello que se hacía tarde y propuso volver a casa. Vianello, aunque miró el reloj, se levantó y dijo que le parecía una idea excelente. Cuando el ispettore se fue, Brunetti decidió bajar a la oficina de los agentes antes de irse a casa, para ver qué podía averiguar él sobre Cataldo. Los hombres estaban acostumbrados a estas visitas, en las que procuraban que uno de los agentes jóvenes permaneciera en la oficina mientras el comisario estaba allí, por si tenía que ayudar. Pero esta vez la búsqueda resultó relativamente fácil, y Brunetti no tardó en encontrar varios links con artículos de prensa.
Muy pocos contenían algo que no le hubiera dicho el conte. En un número de Chi encontró una foto de Cataldo dando el brazo a Franca Marinello antes de su matrimonio. Estaban en un balcón o una terraza, de espaldas al mar, Cataldo con la cara seria y la ancha figura vestida con traje de lino gris claro, y ella, con pantalón blanco y camiseta negra de manga corta y expresión de felicidad. La definición de la imagen era lo bastante nítida como para que Brunetti pudiera apreciar lo bonita que había sido: frisando los treinta, rubia y más alta que su futuro marido. Su cara parecía… -Brunetti tuvo que pensar un momento antes de encontrar la expresión-… sin complicaciones. La sonrisa era tímida; las facciones, regulares; y los ojos, tan azules como el mar que estaba a su espalda.
– Una chica bonita -dijo entre dientes. Pulsó una tecla para hacer avanzar el texto y la pantalla se borró.
Esto fue la última gota: él necesitaba su propio ordenador. Se levantó, dijo al hombre que estaba más cerca que la máquina no funcionaba y se fue a casa.
Capítulo 8
A la mañana siguiente, Brunetti llamó desde el despacho a los carabinieri de Marghera, preguntó por el maggiore Guarino y fue informado de que éste no se hallaba en el puesto, donde no se le esperaba hasta el final de la semana. Brunetti dejó de pensar en Guarino y volvió a la idea de solicitar un ordenador. Si lo conseguía, ¿podría seguir pidiendo a la signorina Elettra que encontrara lo imposible? ¿Esperaría ella que él hiciera lo más básico como… como encontrar números de teléfono y horarios de los vaporetti? Una vez pudiera hacer estas cosas, probablemente ella supondría que también era capaz de encontrar el historial médico de los sospechosos y localizar transferencias de fondos a y de cuentas numeradas. Por otra parte, además de buscar información, él podría leer periódicos online: tanto el del día de la fecha como los atrasados. Pero ¿y la sensación de tener en la mano II Gazzettino, y el olor a tinta, y el tizne que dejaba en el bolsillo derecho de todas sus americanas?
¿Y ese punto de orgullo, la conciencia le obligó a confesar, que sentía al abrir este diario en el vapporetto, con lo que manifestaba su pertenencia a este tranquilo pequeño mundo? ¿Qué persona que estuviera en su sano juicio leería Il Gazzettino, salvo un veneciano? Il Giornale delle Serve, el diario de las criadas, sí, ¿y qué? No estaban mejor escritos muchos diarios de circulación nacional, ni contenían menos inexactitudes, erratas y fotos con el pie cambiado.
La signorina Elettra eligió este momento para aparecer en la puerta del despacho. Él la miró y dijo:
– Adoro Il Gazzettino.
– Siempre tiene a su disposición el Palazzo Boldu, dottore -dijo ella aludiendo al centro psiquiátrico-. Quizá le prescriban descanso y nada de lecturas, desde luego.
– Gracias, signorina -dijo él cortésmente, y fue a lo que le interesaba, sobre lo que había reflexionado durante la noche-. Me gustaría tener un ordenador en mi despacho.
Ella no trató de disimular la sorpresa.
– ¿Usted? -preguntó-. Comisario -añadió, recordando los buenos modales.