La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
Jofre era demasiado tímido y yo no tenía ninguna intención de charlar durante ese embarazoso rituaclass="underline" uno de los más desagradables requisitos de la nobleza y el poder, y no había nada que pudiese librarnos de cumplirlo.
Cuando el rey y el cardenal Borgia, que debían ser testigos del acontecimiento nupcial, entraron en la habitación, Jofre los saludó con una amable sonrisa.
Quedó claro que el cardenal Borgia compartía el aprecio de su primo Rodrigo por las mujeres jóvenes, porque miró con insistencia mis pechos y exhaló un suspiro.
– Qué hermosos. Son como rosas.
Luché contra el impulso de cubrirme. Rabié de resentimiento porque ese viejo disfrutase carnalmente a mi costa; también estaba incómoda porque mi padre nunca me había visto desnuda.
La mirada del rey pasó por mi desnudez con un distancia- miento que me hizo temblar; sonrió con una pequeña sonrisa helada.
– Como todas las flores, no tardarán en marchitarse. -Su mirada ya no era de preocupación; esa noche, sus ojos brillaban. Había conseguido todo lo que deseaba en este mundo; era rey, con la bendición del Papa, y todo era aún más dulce porque muy pronto se libraría de su molesta hija. Ese era el momento de su mayor triunfo sobre mí; ese era el momento de mi mayor derrota.
Nunca el odio hacia mi padre ardió con tanto fulgor como en aquel momento; nunca mi humillación había sido tan completa. Volví el rostro, para que Jofre y el cardenal no viesen el odio en mis ojos. Deseaba con desesperación envolverme con las sábanas y salir de la cama, pero la intensidad de mi furia me había dejado paralizada, incapaz de moverme.
Jofre rompió el breve silencio con una encantadora sinceridad.
– Perdonadme, majestad, eminencia, si me encuentro a merced de los nervios.
El cardenal rió lascivamente.
– Eres joven, muchacho; a tu edad, ni todos los nervios de Nápoles podrían impedir que cumplas con tu deber.
– No es mi edad la que me da esperanzas de éxito -replicó Jofre-, sino la extraordinaria belleza de mi esposa.
Pronunciados por otros labios -excepto quizá los de mi Alfonso- tales palabras hubiesen sido una bonita exhibición de ingenio cortesano. Pero Jofre las manifestó con sinceridad y una tímida mirada de reojo.
Los dos hombres rieron; mi padre con claro desdén, el cardenal con aprecio. Este último se dio una palmada en el muslo.
– Entonces adelante, muchacho. ¡Tómala! ¡Puedo ver por cómo se levanta la sábana que estás preparado!
Jofre se movió hacia mí con torpeza. En aquel momento, su atención estaba puesta en mi persona: no podía ver cómo nuestros dos testigos se inclinaban hacia delante en sus sillas, muy atentos a cada uno de sus movimientos.
Con mi ayuda, consiguió ponerse encima; era más delgado que yo y más bajo, así que cuando apretó sus labios fruncidos contra los míos, su duro miembro golpeó mi vientre. Tembló de nuevo, pero esta vez, no era por los nervios. Dada su apariencia afeminada, había temido que Jofre pudiese ser de aquellos que preferían a los chicos en vez de a las mujeres, pero resultaba evidente que no era ese el caso.
Con un esfuerzo para no soslayar la humillante situación, lo sujeté y abrí las piernas mientras él se deslizaba hacia abajo para buscar la meta. Para su desdicha, comenzó a empujar demasiado pronto contra mi muslo. A diferencia del Borgia mayor, este joven no sabía nada del acto amoroso. Moví una mano ron la intención de guiarlo, pero en el instante en que lo toqué soltó un grito, y mi mano se llenó con su simiente.
En un gesto instintivo, saqué la prueba de debajo de las sábanas y sin darme cuenta revelé lo sucedido a nuestros testigos. Jofre soltó otro gemido, este de puro fracaso, y se colocó boca arriba.
Mi padre sonreía con una sonrisa tan amplia como nunca le había visto. Extendió la mano, con la palma hacia arriba hacia el cardenal que se reía, y exigió:
– Su bolsa, eminencia.
Con buen humor, el cardenal sacudió la cabeza y sacó de un bolsillo de la sotana de satén una pequeña bolsa de terciopelo rojo, llena de monedas. La dejó caer en la mano del rey.
– Pura suerte, majestad. Pura suerte y nada más.
Mientras entraba una de mis damas a toda prisa para limpiar mi mano con un trapo húmedo, Jofre se levantó sobre los codos y miró a los dos hombres. Se sonrojó al comprender que su actuación había sido objeto de una apuesta.
El cardenal advirtió su vergüenza y se echó a reír.
– No te avergüences, muchacho. Perdí porque no creí que pudieses llegar tan lejos. Has aguantado más que la mayoría de los de tu edad. Ahora podemos hacer las cosas en serio.
Pero los ojos de mi marido se habían llenado de lágrimas de mortificación; se apartó de mí y se acurrucó en su lado de la cama.
Su sufrimiento me permitió superar mi propia vergüenza. Mis acciones no surgieron del deseo de acabar cuanto antes con aquel sórdido asunto, sino de la voluntad de librar a Jofre de su desdicha. Parecía un joven amable; no merecía esa crueldad.
Me volví hacia él y le susurré al oído:
– Se burlan de nosotros porque nos envidian, Jofre. Míralos: son viejos. Su tiempo ha pasado. Pero nosotros somos jóvenes. -Apoyé sus palmas en mis pechos-. No hay nadie más en la habitación. Solo tú y yo juntos, aquí en nuestro lecho nupcial.
Solo por piedad, lo besé; muy suave y con tierna pasión, como una vez me había besado Onorato. Cerré los ojos, para evitar la visión de nuestros torturadores, e imaginé que estaba con mi antiguo amante. Pasé mis manos por la huesuda y estrecha espalda de Jofre; luego entre sus muslos. Se estremeció y gimió cuando acaricié su miembro, tal como me habían enseñado; muy pronto volvió a estar lo bastante firme para ser guiado dentro de mí, esta vez con éxito.
Mantuve los ojos cerrados. En mi mente, no había nada en el mundo excepto yo misma, mi nuevo marido y el trueno que se acercaba.
Jofre no era Onorato. Era pequeño, y yo recibía poco estímulo; de no ser por sus violentos empujes y porque yo había ayudado a entrar, apenas me hubiese dado cuenta de que me había penetrado.
A pesar de todo, lo abracé con fuerza; dada la presión que ejercía contra mi pecho, no pude evitar los jadeos. Rogué que los interpretase como sonidos de placer.
Después de quizá un minuto, los músculos de sus piernas se tensaron; con un grito, echó el torso hacia atrás. Abrí los ojos y vi los suyos abiertos por el asombro, luego se giró hacia arriba, momento en el que supe que habíamos culminado con éxito.
Se dejó caer sobre mí, jadeante. Sentí la sutil sensación de su miembro que se encogía dentro de mí, y después se deslizaba al exterior; con el movimiento llegó un calor líquido.
En ese momento, supe que no habría placer sexual para mí. Onorato se había preocupado de satisfacer mi deseo, pero ese no era el interés de ninguno de los tres hombres que se encontraban allí esa noche.
– Bien hecho, bien hecho -dijo el cardenal con una débil nota de desilusión al ver que su trabajo se había acabado tan rápido. Nos bendijo a nosotros y a la cama.
Detrás de él estaba mi padre. Con Jofre todavía sobre mí, miré al hombre que me había traicionado, mantuve mi mirada Iría, desapasionada. No quería darle el placer de ver la desdicha que me había infligido.
Él mostraba una pequeña sonrisa de victoria; no le importaba que le odiase. Se alegraba de haber acabado conmigo, y se i legraba todavía más por haber recibido algo valioso a cambio.
Los dos hombres se marcharon, y mi nuevo marido y yo nos quedamos por fin a solas. Mis damas no nos molestarían hasta la mañana, cuando recogerían las sábanas como una prueba más de la consumación de nuestro contrato.
Durante un largo rato, Jofre permaneció sobre mí en silencio. No hice nada, porque después de todo, él era ahora mi amo y señor y sería una descortesía interrumpirlo. Luego él empujó mis cabellos detrás de mis orejas y susurró:
– Eres muy hermosa. Me habían descrito cómo eras, pero las palabras no te hacían justicia. Eres la mujer más hermosa que he visto.