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La señora McGinty ha muerto

Электронная книга - «La señora McGinty ha muerto». Краткое содержание книги:

La señora McGinty aparece asesinada. James Bentley, su inquilino, es acusado del crimen y condenado a la horca, pero el superintendente Spence de Scotland Yard no cree que sea el verdadero culpable y, para demostrarlo, pide ayuda a Hércules Poirot. El detective belga conseguirá desentrañar una verdad que las pistas más superficiales habían ocultado.
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Miss Horsefall no podía concederle una entrevista muy larga porque, según dijo, tenía que marchar a Sheffield.

Miss Horsefall era alta, de aspecto masculino, gran bebedora y fumadora, y al mirarla se hubiese creído improbable que su pluma hubiera destilado tan pegajoso sentimentalismo en el Sunday Comet. Y, sin embargo, ella había sido.

—Escupa, escupa... —le dijo miss Horsefall a Poirot con impaciencia—. Tengo que marcharme.

—Se trata de su artículo publicado en el Sunday Comet. En noviembre. La serie de Mujeres Trágicas.

—¡Ah!, esa serie... Una porquería, ¿no le parece?

Poirot se negó a emitir opinión. Dijo:

—Me refiero, en particular, al artículo sobre mujeres Asociadas con el Crimen, que se publicó el diecinueve de dicho mes. Trataba de Eva Kane, Vera Blake, Janice Courtland y Lily Gamboll.

Miss Horsefall se echó a reír.

¿Dónde se hallan estas trágicas mujeres ahora? Ya me acuerdo.

—Supongo que recibe usted a veces correspondencia después de escribir artículos semejantes.

—¡Y que lo diga! Hay gente que no parece tener otra cosa que hacer que escribir cartas. Alguien "vio una vez al asesino Craig caminando calle abajo". Otra quisiera contarme "la historia de su vida, mucho más trágica que cuanto pudiera yo imaginarme".

—¿Recibió usted alguna carta firmada por una tal mistress McGinty, de Broadhinny?

—Mi querido amigo: ¿cómo rayos quiere que lo sepa? Recibo las cartas a espuertas. ¿Cómo he de recordar un nombre en particular?

—Creí que pudiera usted recordarlo —dijo Poirot—, porque unos días más tarde asesinaron a esa señora.

—Eso es hablar —miss Horsefall olvidó su impaciencia por marchar a Sheffield y se sentó a horcajadas en la silla—. McGinty... McGinty... Me suena el nombre. Le pegó en la cresta su huésped. Un crimen muy poco interesante desde el punto de vista del público. Carecía de atractivo sexual. ¿Dice usted que me escribió esa mujer?

—Creo que escribió al Sunday Comet.

—Viene a ser lo mismo. Vendría a parar a mis manos. Y habiendo muerto asesinada... y publicando su nombre los periódicos... debiera recordar... —se interrumpió—. Escuche... No escribió desde Broadhinny, sino desde Broadway.

—Así, pues, ¿la recuerda usted?

—No estoy segura... Pero el nombre... Es un nombre cómico, ¿verdad? ¡McGinty! Sí... una letra atroz y de una semianalfabeta. Si hubiese caído yo en la cuenta... Pero estoy segura de que vino de Broadway.

—Usted misma asegura que la letra era infame. Broadway y Broadhinny... podrían parecer igual.

—Sí... tal vez sí. Después de todo, no es probable que conociese una esos nombres rurales tan raros. McGinty, sí. Recuerdo, definitivamente. Quizá el asesinato fijara el nombre en mi memoria.

—¿Recuerda usted lo que le decía en su carta?

—Algo relacionado con una fotografía. Ella sabía dónde se encontraba un retrato igual a uno de los publicados. ¿Estaríamos dispuestos a comprárselo? ¿Y por cuánto?

—Y... ¿ustedes contestaron?

—Mi querido amigo, no nos interesa nada de esa clase. Dimos la respuesta de ritual. Gracias cortésmente, pero no hay nada que tratar; y como la mandamos a Broadway, supongo que no la llegaría a recibir.

"Ella sabía dónde se encontraba un retrato..." A la mente de Poirot acudió el recuerdo de la voz de Maureen Summerhayes: "Claro que husmeaba un poco."

Mistress McGinty había husmeado. Era honrada. Pero le gustaba enterarse de las cosas. Y la gente solía guardar ciertas cosas tontas, sin significado, de tiempos pasados. Las guardaba por razones sentimentales o, simplemente, porque se olvidaba de su existencia...

Se puso en pie.

—Gracias, miss Horsefall. Me perdonará usted, pero ¿eran exactos los datos que publicó en el artículo? Observo, por ejemplo, que el año del procesamiento de Craig está equivocado... En realidad fue doce meses después de lo que usted dice. Y, en el caso de Courtland, el nombre del marido era Herbert, si mal no recuerdo, y no Hubert. La tía de Lily Gamboll tenía su residencia en Buckinghamshire, no en Bergshire.

Miss Horsefall agitó un cigarrillo.

—Mi querido amigo, la exactitud era totalmente innecesaria. El artículo no era más que una empalagosa y estúpida mezcolanza de romanticismo desde el principio al fin. Me empollé unos cuantos datos para liarme después a decir sandeces.

—Lo que yo quiero decir es que ni siquiera el carácter de sus heroínas sería acaso tal como usted lo representó.

Pamela soltó una risa que parecía un relincho.

—Claro que no. ¿Usted qué cree? No me cabe la menor duda de que Eva Kane era una perfecta ramera y no una inocente atropellada. En cuanto a la Courtland, ¿por qué sufrió en silencio ocho años con un sádico pervertido? Porque tenía dine ro a espuertas y el amiguito romántico carecía de un penique.

—¿Y la trágica niña Lily Gamboll?

—Me haría muy poca gracia que anduviera haciendo cabriolas en torno mío con una cuchilla de carnicero[3].

Poirot fue contando las frases con los dedos:

—Abandonaron el país... se fueron al Nuevo Mundo... al extranjero... "a los Dominios"... "para empezar una vida nueva". Y no hay nada, ¿verdad?, que demuestre que no volvieron, andando el tiempo, a Inglaterra.

—Nada en absoluto —asintió miss Horsefall—. Y ahora... sí que tengo que salir corriendo...

Más tarde, aquella misma noche, Poirot llamó por teléfono a Spence.

—Me he estado preguntando qué habría sido de usted, Poirot. ¿Ha descubierto algo? ¿Algún detalle?

—He hecho pesquisas —contestó Poirot, sombrío.

—¿Bien?

—Y el resultado de ellas es el siguiente: la gente que vive en Broadhinny es, toda ella, muy buena gente.

—¿Qué quiere decir con eso, monsieur Poirot?

—¡Ah, amigo mío!, imagínese: "Muy buena gente." No sería esta la primera vez en que ese mero hecho fuera motivo de asesinato.

Capítulo IX

1

—Toda ella muy buena gente —murmuró Poirot, al entrar por la verja de Crossways, cerca de la estación.

Una lámina de bronce anunciaba que aquella era la residencia del doctor Rendell, licenciado en Medicina.

El doctor Rendell era un hombre corpulento y alegre, de unos cuarenta años de edad. Saludó a su visitante con verdadera solicitud.

—Nuestro tranquilo pueblo se siente honrado —dijo— con la presencia del gran Hércules Poirot.

—¡Ah! —murmuró Poirot, halagado—. Así, pues, ¿ha oído usted hablar de mí?

—Claro que hemos oído hablar de usted. ¿Quién no?

Responder a semejante pregunta hubiera resultado perjudicial para el amor propio de Poirot. Se limitó a decir con su exquisita cortesía:

—Me considero afortunado con haberle encontrado en casa.

No tenía la cosa nada de afortunada. En realidad, se trataba de puro y astuto cálculo. Pero el doctor Rendell replicó, cordialmente:

—Sí. Por poco no me pilla. Tengo que estar en la clínica dentro de un cuarto de hora. ¿Qué pue do hacer en su obsequio? Me devora la curiosidad por saber qué está usted haciendo aquí. ¿Una cura de reposo? O... ¿se ha cometido entre nosotros un crimen?

—En pasado, no en presente.

—¿En pasado? No recuerdo...

—Mistress McGinty.

—Claro, claro. Olvidaba. Pero no me diga que se ocupa usted en eso... después de tanto tiempo.

—Permítame que le diga, en confianza, que ha solicitado mis servicios la defensa. Busco nuevos indicios sobre los que pueda basarse una apelación.

El doctor Rendell dijo vivamente:

—Pero ¿qué nuevos indicios puede haber?

—Eso, por desgracia, no soy libre de decirlo.

—Sí, comprendo. Le ruego que me perdone.

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